PRIEGO DE CÓRDOBA, UN RECORRIDO POR SU HISTORIA Y SU ALMA
PRIEGO DE CÓRDOBA: UN RECORRIDO POR SU HISTORIA Y SU ALMA
sábado, 15 de noviembre de 2025
Hay lugares que no solo forman parte del mapa, sino que se convierten en un punto fijo dentro de la memoria. Priego de Córdoba es uno de ellos. Para quienes nacieron allí o llevan su sangre —como mis antepasados, los Rojas y los Molina— este rincón de la Subbética no es solo un paisaje: es un modo de estar en el mundo. Un pueblo hecho de agua, piedra, trabajo y silencios antiguos, que guarda en cada calle lo que fuimos y, en cierto modo, lo que seguimos siendo.Mucho antes de que Priego tuviera nombre, estas tierras ya estaban habitadas. Los íberos fueron los primeros en asentarse, atraídos por la abundancia de agua y la fertilidad de la campiña. Después llegaron los romanos, que organizaron villas agrícolas y dejaron sus huellas en forma de calzadas, cerámicas y una temprana estructura administrativa.
Los visigodos continuaron esa ocupación, aunque sin dejar grandes obras; fueron más una transición que una etapa propia. Pero con la llegada de los musulmanes comenzó la verdadera transformación: el lugar se convirtió en Bāguh, una medina fortificada que prosperó gracias al agua, la artesanía, las huertas y el comercio.
Rodeada de murallas y torres defensivas, la ciudad creció en cultura, arquitectura y vida cotidiana. Las fuentes, los jardines y los sistemas de riego dejaron una marca que aún hoy se respira. Más tarde, tras la conquista cristiana en el siglo XIII, Priego pasó a integrarse en los señoríos
castellanos y empezó a perfilar su identidad moderna, manteniendo la estructura defensiva heredada de la época andalusí.
En los siglos posteriores, Priego siguió desarrollándose en manos de órdenes nobiliarias y de una burguesía local que impulsó el comercio del aceite y la seda. Fue un tiempo de relativa estabilidad, que permitió que la creatividad y el arte encontraran su espacio.
La verdadera explosión llegó con los siglos XVII y XVIII, cuando el barroco se convirtió en el sello más reconocible de la villa. Iglesias, palacios, conventos y casas señoriales comenzaron a poblar el casco histórico con una elegancia que todavía hoy maravilla a cualquiera que pasea por sus calles.
El Barrio de la Villa
El siglo XIX fue convulso en toda España, y Priego no fue la excepción. Entre guerras carlistas, epidemias, crisis agrícolas y transformaciones políticas, el pueblo avanzó como pudo. La desamortización cambió la organización de propiedades y modificó la economía local, que seguía estando muy ligada al olivar y a las manufacturas tradicionales.
Aun así, Priego mantuvo su espíritu laborioso, adaptándose a los nuevos tiempos y consolidando actividades que serían esenciales durante décadas: el comercio local, la artesanía y el cultivo del olivo.
El inicio del siglo XX trajo algunos avances: mejoras urbanas, mayor presencia de educación, impulso de la vida social y cultural. Pero también llegaron nuevas tensiones. La desigualdad en el campo, la precariedad de los jornaleros y los cambios políticos que agitaban toda España se reflejaron también en Priego, que vivía entre la tradición heredada y un deseo creciente de transformarse.
Los años 20 y 30 estuvieron marcados por una modernización tímida y por debates sociales que siempre terminaban en lo mismo: la lucha por la tierra y por el futuro.
En 1936 estalló la triste Guerra Civil, y Priego quedó pronto en manos del bando sublevado. Aunque no fue escenario de grandes batallas, sí sufrió lo que tantos otros pueblos andaluces: detenciones, represalias, fracturas familiares y una sombra de silencio que duró décadas.
La posguerra fue aún más dura. Pobreza, ruina y hambre marcaron los años 40 y 50. El trabajo era escaso, y muchos jóvenes no vieron otra salida que emigrar.
Ahí entran las historias de tantas familias prieguenses —entre ellas la mía— cuyos apellidos siguen resonando en la memoria del pueblo: los Rojas, los Molina, y tantos otros que pusieron rumbo al norte, a Cataluña, a Madrid o a Alemania, como a muchas otras familias del país. En nuestro caso, el camino les llevó a Asturias.
Los que emigraron no lo hicieron por gusto, sino por necesidad. Dejaban atrás las casas encaladas, los olivares interminables, las campanas de las iglesias y el olor a pan recién hecho de los hornos del barrio.
En la década de los 60, al compás de una economía que comenzaba a respirar con alivio, una oleada de hijos pródigos emprendió el camino de vuelta a su Priego natal. Entre aquellos emigrantes se contaban mis abuelos Adela y Eleuterio que llevaron consigo algo más que una maleta: trajeron un nuevo comienzo.
No tardaron en montar un pequeño quiosco de churros en la plaza de Abastos, que bien se puede ver en la imagen virtual, y donde cada mañana, se cocinaba un pequeño milagro: aquellos tejeringos tan sabrosos que destilaban sabor a aceite, harina y sabor intrínseco de aquella tierra. recuerdo la imagen precisa aquellos lazos humeantes que bien sabía hacer la abuela Adela, y que ensartados en el tallo de un junco, con buen hacer vendía el abuelo Eleuterio. Recuerdo aquellos madrugones donde mi hermano Juan y yo nos íbamos con los abuelos a preparar la tarea.
Aquellos veranos pasados junto a ellos se grabaron como un pequeño y preciado paréntesis de felicidad en la memoria. El barrio de la Villa se extendía frente al Balcón del Adarve desde donde se podía divisar aquella sierra tan bonita de la subbética, donde el único ruido constante era el del rumor del agua de las fuentes, donde el aire se espesaba con el olor dulce e intenso de las higueras, mientras la libertad de nuestros juegos se desbordaba sin límites por aquellas estrechas calles. Todo allí parecía medirse con una cadencia distinta. El sabor de Priego era el sabor de los tejeringos y el eco de una vida emigrante recuperada.
Priego, mientras tanto, iniciaba su renacimiento moderno en aquellos años, donde se mejoraba poco a poco la urbanización de un pueblo que comenzaba a extenderse, con nuevas escuelas, nuevos comercios y se iba aumentando despacio el bienestar de los prieguenses, se expandía el olivar como motor económico, a la vez que se recuperaba la tradición arquitectónica y se daba a conocer al turista su cultura. El pueblo volvía a respirar después de décadas difíciles.
Hoy, Priego es una ciudad que combina la belleza heredada con los retos del presente. La demografía, como en casi toda la España interior, muestra un envejecimiento progresivo y una pérdida de población joven que busca oportunidades en otros lugares. Pero también existe un movimiento inverso: familias que vuelven, nuevas iniciativas culturales, turismo de calidad y proyectos que intentan renovar la economía local sin perder la esencia.
El futuro de Priego pasa por lo que siempre lo sostuvo: su gente, su agua, su olivar, su patrimonio y ese espíritu silencioso que hace que quienes se marcharon sigan sintiéndolo como su casa.
Y ahí, en ese recorrido que va de los íberos a los nuestros, de las murallas andalusíes a los patios barrocos, de la guerra y la emigración al renacimiento de los 60, aparecen mis raíces:
los Rojas, los Molina, y tantas historias familiares que forman parte del tejido íntimo de Priego de Córdoba.
Un pueblo que no solo guarda siglos de historia, sino también la memoria sencilla y profunda de quienes lo vivieron, lo sufrieron y lo amaron.
Porque al final, Priego no es un lugar del pasado:
es un latido que sigue vivo en quienes llevamos un trocito de su alma.
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