SOCIEDAD

Torrente Presidente: La sátira que españa necesitaba

lunes, 16 de marzo de 2026

Era toda una expectación: la película que teníamos muchas ganas de ver en familia, con los amigos, bien provistos de chuches, palomitas y bebida para disfrutar de Torrente Presidente. Había que ir preparados, y la verdad es que fue todo un acierto. Desde que empieza la película hasta que terminan los créditos finales, no paras de reírte. Una pasada de comedia, totalmente recomendable. De esto se trata cuando vas al cine.

Y en todas las salas de cine ha triunfado la película de una España que se mira al espejo y no sabe si reír o escupir, Torrente Presidente ha llegado como un trueno de brocha gorda, un esperpento electoral que no se conforma con parodiar la política, sino que la agarra por el cuello y la sacude hasta que suelta los dientes postizos. No hablo de su argumento —que ya conocéis sobradamente, con sus cameos estrafalarios y sus mitines de taberna—, sino de lo que esta sexta entrega de la saga significa en el cuerpo social de un país que, desde la Transición hasta el vértigo de 2026, ha pasado de soñar con una democracia serena a convivir con un grotesco que ya no sabe si es caricatura o espejo fiel.

José Luis Torrente, ese comisario corrupto, racista, machista y homófobo que Santiago Segura parió en 1998 como arma arrojadiza contra los vicios de la España cañí, ha mutado. Antes era un monstruo fácil de señalar: el brazo tonto de la ley, el gañán que todos repudiábamos con una risa nerviosa. Hoy, en plena ola reaccionaria que sigue al apogeo woke, Torrente ya no es solo un personaje; es un síntoma. Representa la “España profunda” que, cansada de eufemismos y corrección política, encuentra en su vulgaridad una catarsis brutal. Para miles de espectadores —esos que llenan las mil salas donde se estrenó sin tráiler, sin pases de prensa, sin más cebo que el boca a boca—, la película es un desahogo. Reímos con las salidas de tono porque sentimos que, por fin, alguien dice “lo que todos pensamos” sin filtros. Es el cuñado de WhatsApp elevado a candidato, el pícaro que se burla de las élites, de las banderas arcoíris y de los discursos inclusivos que, para la mayoría, suenan a impostura. En una encuesta promocional que circula por redes, el 28 % de los jóvenes entre 18 y 29 años lo elegiría presidente: campechanía, autenticidad, sinceridad. Palabras que, en boca de un fascista de opereta, revelan una desafección que va más allá de la risa.

Pero esa misma carcajada, para otra parte del público, suena a puñalada. Aquí radica la grieta que Torrente Presidente abre en el tejido social: la sátira se ha vuelto peligrosa porque la realidad la ha devorado. Lo que Segura pretendía como brochazo grotesco —inspirado en Trump, en los populistas que mienten con chulería y en un partido ficticio llamado NOX que huele a VOX hasta en el logotipo— se lee, para algunos, como apología. El personaje oscila entre lo absurdo y lo aplaudible; sus discursos sobre “la causa trans” o sobre “los rojos” ya no suenan tan lejanos de mítines reales. En un país donde la parodia ya no puede superar a la realidad, como apuntan las críticas más afiladas, Torrente ha dejado de ser un monstruo para convertirse, en labios de ciertos diputados, en “antihéroe simpático que simboliza lo que muchos españoles honrados piensan”. La ironía se ha evaporado. Lo que en 1998 era crítica feroz a los estereotipos franquistas hoy se humaniza, se abraza, se vota. Y eso duele.

Socialmente, la película es un diagnóstico sin anestesia de la España partida. Recuerda la Transición que invocan sus créditos iniciales con “Habla, pueblo, habla”: aquella democracia que quiso ser armónica y que, tras el 15-M y la irrupción de Vox, se rompió en pedazos. Torrente encarna el retroceso: la nostalgia machista, el rechazo al progreso que algunos llaman “woke” y otros, simplemente, derechos. Mientras una parte del público ve en él la liberación de lo políticamente incorrecto —un antídoto contra la supuesta censura cultural—, la otra percibe un blanqueo peligroso del fascismo cotidiano. “Se mete con todos”, oyen algunos al salir del cine; pero el “todos” no pesa igual cuando el chiste recae siempre sobre los mismos cuerpos: mujeres, migrantes, disidencias sexuales. El humor de trazo grueso, heredero del esperpento valleinclanesco, se vuelve incómodo porque ya no distingue entre reírse del gañán y reírse con él.

El director de la película, Santiago Segura lo sabía. Por eso blindó el estreno: sin promoción, sin críticas previas, dejando que el público entrara virgen y saliera dividido. No era cobardía; era conciencia de que, en 2026, cualquier avance sobre Torrente se convertiría en munición de guerra cultural. Y acertó. La cinta no es Berlanga —le falta el nervio sutil, la elegancia cruel—, pero tampoco pretende serlo. Es un especial de José Mota con alma de mitin: sketches encadenados, cameos que hacen guiños a la ultraderecha y a la izquierda por igual, una metralla nostálgica que divierte y, a ratos, avergüenza. Para unos, es la comedia del año; para otros, una vergüenza ajena que confirma que la España cañí nunca se fue, solo se puso corbata de campaña.

Al final, Torrente Presidente no es solo una película. Es un espejo roto. Refleja una sociedad que ríe para no llorar, que se abraza a lo grotesco porque lo pulido le resulta sospechoso. Divierte porque toca las tripas; molesta porque toca las conciencias. En un país que ya no sabe si quiere progresar o retroceder, Torrente gana votos de risa y pierde votos de dignidad. Y nosotros, espectadores de una y otra orilla, salimos del cine con la misma pregunta que nos persigue desde 1998: ¿nos reímos de él… o nos reímos de nosotros mismos? Esa, precisamente, es la victoria más amarga de Santiago Segura: haber convertido un chiste en un termómetro roto de nuestra alma colectiva.


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