POLÍTICA
El anarquismo, el sistema que quería abolir el Estado…y descubrió que seguía necesitando un rey dentro del pecho
martes, 17 de marzo de 2026
El anarquismo del siglo XIX europeo, ese gran sueño de una sociedad sin amos ni látigos, fue a la vez el más audaz y el más perseguido de los movimientos de su época. Nació en medio del humo de las fábricas, del clamor de las ciudades que crecían como fiebres, y del sudor de los hombres que empezaban a descubrir que eran muchos y que eran pobres. Su promesa era simple y tremenda: que los seres humanos podían vivir juntos sin que nadie les obligara a vivir juntos; que la cooperación voluntaria bastaba para reemplazar al Estado, a las jerarquías y a toda autoridad que lleva revólver en el cinto o decreto en la mano.
Y aquí comienza la paradoja: el anarquismo, que se presentaba como la rebelión suprema contra toda autoridad, fue en realidad una de las formas más autoritarias de soñar con la libertad. Porque para abolir el Estado tuvo que imaginar un mundo donde todos obedecieran la misma ley invisible de la buena voluntad; y para destruir toda jerarquía tuvo que erigir la más perfecta de las jerarquías: la de los libres que, por ser libres, se someten voluntariamente unos a otros en una armonía eterna. Es como si un hombre declarara que odia las cadenas y, para probarlo, se atara él mismo con cadenas de oro hechas de promesas mutuas.
Consideremos a sus profetas. Proudhon, el primero que se atrevió a llamar anarquista a su propia doctrina sin sonrojarse, exclamó: “¡La propiedad es un robo!”. Frase magnífica, frase que resuena como un trueno en la noche. Pero obsérvese la paradoja: el hombre que denuncia el robo como el peor de los pecados propone, en compensación, una sociedad de asociaciones libres donde cada uno robe... no al vecino, sino al concepto mismo de posesión fija. Y sin embargo, en esa negación radical de la propiedad privada late una afirmación apasionada de la propiedad común, que no es sino propiedad multiplicada hasta el infinito.
Luego vino Bakunin, el gigante barbudo que parecía un profeta del Antiguo Testamento disfrazado de conspirador. Quería destruir el Estado como quien derriba un ídolo pagano, y creía que sólo en la destrucción total de toda autoridad política florecería la libertad verdadera. Pero he aquí otra vuelta del tornillo paradójico: para destruir el Estado tuvo que organizar una Internacional, una vasta maquinaria de obediencia revolucionaria; y para predicar la abolición de toda autoridad tuvo que convertirse él mismo en una autoridad indiscutible entre sus seguidores. Su gran pelea con Marx en la Primera Internacional no fue, en el fondo, sino el choque de dos hombres que querían abolir el poder... cada uno a condición de ejercerlo primero.
Y llegó Kropotkin, el príncipe que se hizo geógrafo y anarquista, con su hermosa doctrina del apoyo mutuo. Decía que la evolución no es sólo lucha, sino también cooperación; que la abeja y la hormiga nos enseñan más sobre la verdadera sociedad que el león y el tiburón. Idea encantadora, casi poética. Pero la paradoja asoma de nuevo: el hombre que exaltaba la cooperación natural como fuerza evolutiva proponía una sociedad donde esa cooperación dejara de ser natural para convertirse en obligatoria por principio; donde la ayuda mutua, que en la naturaleza es instintiva y libre, se volviera un deber consciente y organizado. Es como si dijera: “¡Mirad cómo los animales se ayudan sin Estado! ¡Por eso debemos imponernos a nosotros mismos la ayuda mutua sin Estado!”.
El anarquismo prendió con fuerza especial en España, tierra de contrastes feroces y de desconfianzas ancestrales hacia todo lo que venga de Madrid. Allí, entre latifundios andaluces y fábricas catalanas, los jornaleros y los obreros encontraron en esas ideas no una filosofía abstracta, sino un evangelio práctico. La CNT, con su millón de afiliados en los años treinta, no era un partido que aspirara al poder; era una promesa de que el poder podía disolverse en federaciones de trabajadores libres. Y durante la Guerra Civil, en aquellos meses de 1936 en que la revolución estalló como un incendio espontáneo, se colectivizaron tierras, fábricas y tranvías. Fue el experimento más grande de autogestión que ha visto Europa... y sin embargo, duró lo que dura un sueño cuando el despertador es un ejército.
Ahora viene la paradoja mayor, la que envuelve todo el relato como un gran abrigo invertido. El anarquismo, que rechazó siempre el Estado porque lo veía como instrumento de opresión, nunca pudo convertirse en partido político sin traicionarse a sí mismo. Porque presentarse a elecciones es ya aceptar que el Estado existe y que vale la pena disputarle el timón. De modo que el anarquismo, el más radical de los movimientos antiestatales, quedó condenado a ser siempre un movimiento social, sindical, cultural... pero nunca gubernamental. Y en esa negativa a gobernar radica su pureza y también su impotencia. Es el rebelde que, para no convertirse en tirano, renuncia a mandar... y así deja el mando en manos de quienes sí quieren mandar.
Hoy sus ecos resuenan en colectivos autónomos, en sindicatos que no se arrodillan ante urnas, en experimentos como Rojava que sueñan con municipalismo libertario. Pero también en corrientes muy distintas, como el anarcocapitalismo que defiende el mercado sin Estado, o en figuras que rechazan la burocracia pero abrazan el capitalismo con fervor. Y aquí la paradoja final: el anarquismo clásico era ferozmente anticapitalista; sus herederos libertarios de derechas son ferozmente procapitalistas. Ambos odian al Estado; ambos discrepan en qué hacer con la libertad cuando el Estado desaparece.
Y sin embargo, en el fondo de todo late una verdad: que el hombre anhela una sociedad sin opresión, pero que toda sociedad, incluso la más libre, necesita algún tipo de orden; que abolir la autoridad coercitiva es magnífico, pero que abolir toda autoridad es abolir la posibilidad misma de la libertad, porque la libertad sin límites se convierte en la tiranía de los más fuertes o de los más astutos.
El anarquismo del siglo XIX, en suma, fue como un hombre que, para escapar de la cárcel, derribó todas las paredes... y descubrió que sin paredes no hay casa. Soñó con un mundo donde nadie mandara, y en ese sueño mandó la idea misma de no mandar. Fue el más noble de los fracasos, porque fracasó por fidelidad a su propio ideal. Y en esa fidelidad paradójica reside su grandeza: que cuanto más se acerca uno a la libertad absoluta, más descubre que la verdadera libertad consiste en elegir libremente limitarse por amor al prójimo.
Así, el anarquismo nos enseña, a contrapelo, que el hombre no puede vivir sin alguna forma de autoridad; pero que la mejor autoridad es aquella que se ejerce con el consentimiento gozoso, y no con el miedo. Y quizá, en el fondo, la única sociedad sin Estado que funcione sea aquella en que cada uno lleve dentro un Estado diminuto y voluntario: la conciencia misma, convertida en rey coronado por la propia alma.
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