HISTORIA


WINSTON CHURCHILL. El hombre que desafió a la tormenta


«No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor.»

— Discurso ante el Parlamento, 13 de mayo de 1940

Si hay una figura del siglo XX que merece la pena conocer a fondo, esa es Winston Churchill. Un tipo con mayúsculas, lleno de luces, sombras y una capacidad de liderazgo que todavía hoy pone la piel de gallina.

Cuando describo la vida o la historia de un personaje importante tengo en cuenta mis conocimientos astrológicos para aplicarlos sobre su carta natal y de alguna manera aportar  y determinar sus condicionamientos psicológicos que determinan sus acciones a lo largo de su vida.

Lo que más determina a Winston es su signo solar sagitario que le dio ese fuego expansivo, esa visión grandiosas, esa fe casi religiosa en el destino de Inglaterra y en su propio papel histórico. Sir Winston  Leonard Spencer Churchill era un optimista por naturaleza, un aventurero, un hombre que pensaba a lo grande y que necesitaba libertad  y horizonte. De ahí su juventud llena de guerras lejanas, sus viajes, su amor por la historia y su capacidad para ver el panorama completo cuando otros se perdían en detalles.

Pero su Luna en el signo de Virgo le supuso un lastre. Normalmente una luna virginiana  es exigente, autocrítica, perfeccionista y con tendencia a la ansiedad. Necesita orden, utilidad y sentirse competente. Cuando no lo consigue, se castiga. Creo que aquí encontramos gran parte de su “perro negro” (la depresión). Esa luna virginiana, combinada con su sol sagitario que quería volar alto, generaba un conflicto interno brutal: “Tengo que ser el mejor, tengo que salvar a mi país, pero nunca es suficiente”.

Otra de las claves más potentes de su Carta es su Mercurio en Escorpio que le daba al célebre personaje una mente penetrante, estratégica, casi detectivesca. No se conformaba con la superficie, sabía ver las intenciones ocultas. Por eso fue de los pocos que vio el peligro de Hitler tan temprano. Supo convertir la palabra en un arma. Sus discursos no eran bonitos…eran profundos, intensos y transformadores. Esa capacidad para tocar el alma de una nación en el momento más oscuro viene directamente de su Mercurio en Escorpio.

Su Marte en Libra: guerrero y diplomático a la vez. Odiaba la guerra bruta, pero luchaba con elegancia, estrategia y buscando alianzas. Necesitaba tener la razón moral de su lado. Por eso fue tan bueno creando coaliciones, especialmente con Roosevelt. Júpiter también lo tiene en Libra que amplifica esto: tuvo suerte y expansión a través de las relaciones y la justicia. Sus mejores momentos fueron cuando luchaba junto a otros por un ideal mayor.

Sentía una responsabilidad enorme hacia la colectividad y el futuro. Sentía que tenía una misión histórica, aunque también le trajo aislamiento (“sus años del desierto”). Facultado por su Saturno en Acuario.

Urano en Leo suele otorgar genio excéntrico, teatral y creativo, de ahí su forma tan personalísima de vestir, su ingenio rápido y su necesidad de brillar con luz propia.

Su Plutón en Tauro habla de una transformación profunda en lo material y en los valores. Churchill vivió la caída del Imperio Británico y tuvo que reinventar su propio sentido de grandeza.

Su Venus en Sagitario le hacía generoso, jovial y amante de la vida (buen vino, buenos cigarros, buena conversación), pero también algo inquieto en lo afectivo.

En síntesis, Churchill fue un sagitario con alma de virgo obligado a vivir en tiempos épicos. No fue un santo ni un hombre equilibrado. fue un ser humano con una Carta llena de tensiones internas que, en el momento más oscuro del siglo XX, encontró la forma de canalizar todo ese fuego, esa melancolía, esa inteligencia penetrante y esa fe sagitariana hacia un único objetivo: salvar la libertad de su país y de Europa.

Y lo consiguió.

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Todo lo que vais a leer a continuación es un resumen fiel y con cariño del libro “Breve historia de Winston Churchill” del autor José-Vidal Pelaz López.

He querido contároslo capítulo a capítulo, a mi estilo de siempre.  No pretendo sustituir la lectura del libro original, sino animaros a conocer la vida de este personaje extraordinario de una forma cercana y amena.

Pelaz López hace un magnífico trabajo recorriendo la vida de Churchill desde su infancia victoriana hasta su muerte en 1965, y yo simplemente he intentado transmitir su esencia con el tono acostumbrado.

Así que… bienvenidos a la apasionante vida de Winston Churchill, contada bajo la perspectiva del libro “Breve historia de Winston Churchill”.




Del primer capítulo: “El pequeño Winston (1874-1895). Una infancia victoriana. Ascenso y declive de lord Randolph Churchill”

En este capítulo inicial, José-Vidal Pelaz López nos presenta los orígenes familiares y la primera etapa de la vida de Winston Churchill, enmarcada en la esplendorosa y estricta época victoriana.

Winston Leonard Spencer Churchill nace el 30 de noviembre de 1874 en el Palacio de Blenheim, la imponente residencia de los duques de Marlborough. Es hijo de lord Randolph Churchill, un brillante y ambicioso político conservador, y de Jennie Jerome, una hermosa y rica heredera estadounidense. El autor destaca el contraste entre el linaje aristocrático británico del padre y el origen americano, vital y emprendedor, de la madre.

La infancia de Winston es descrita como fría y solitaria. Sus padres, inmersos en la intensa vida social y política de la época, delegan su educación en niñeras y tutores. Especialmente importante es la figura de la niñera Mrs. Everest, quien se convierte en el principal referente afectivo del niño. Winston sufre la distancia emocional de sus progenitores, sobre todo de un padre brillante pero exigente y ausente.

Ascenso y declive de lord Randolph

Gran parte del capítulo se centra en la meteórica carrera de lord Randolph Churchill. Pelaz López lo retrata como un político carismático, ingenioso y ambicioso, que llega a ser Canciller del Exchequer (ministro de Hacienda) y líder de la Cámara de los Comunes con solo 36 años. Era un orador excepcional y un reformista dentro del partido conservador (defendía incluso ciertas medidas “democráticas” para atraer al pueblo).

Sin embargo, su declive es tan rápido como su ascenso. Lord Randolph cae en desgracia por su carácter impulsivo, sus enfrentamientos internos en el partido y problemas de salud (se menciona la sífilis que padeció y que le llevó a una muerte prematura en 1895, con solo 45 años). Su caída deja una huella profunda en el joven Winston, quien admira profundamente a su padre y siente la necesidad de reivindicarlo y superar su legado.

El capítulo cubre también los primeros años de formación de Winston: sus dificultades en el colegio (no era un estudiante destacado, especialmente en latín y griego), su ingreso en Harrow y el progresivo descubrimiento de su vocación militar. Termina en 1895, año de la muerte de su padre, momento que marca el final de la adolescencia de Winston y el comienzo de su vida adulta, ya como oficial del ejército.

Pelaz López usa esta primera etapa para mostrarnos cómo la combinación de una infancia emocionalmente dura, un padre carismático pero trágico y el ambiente del Imperio Británico en su apogeo moldearon el carácter tenaz, ambicioso y algo rebelde del futuro líder.

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Del segundo capítulo 2: “El hombre más joven de Europa (1895-1901). Algunas pequeñas guerras. La elección caqui”

Si el primer capítulo nos dejaba a Winston con la muerte de su padre y recién salido de Sandhurst, este segundo capítulo es puro vértigo y aventura. Aquí es donde el joven Churchill empieza a comerse el mundo con ganas.

En 1895, con solo 20 años, Winston ya es oficial de los húsares. Pero estar quieto en un cuartel no va con él. Busca acción por todos lados y la encuentra. Primero se va a Cuba, donde los españoles luchaban contra los independentistas. Allí vive su bautismo de fuego: recibe balazos por primera vez, celebra su 21 cumpleaños bajo el tiroteo y empieza a mandar crónicas como corresponsal de guerra. Ya se nota que tiene madera de escritor y de buscavidas.

Después llega su destino en la India. Allí combina la vida militar con el periodismo y aprovecha para leer como un loco (se pone al día en historia, filosofía y literatura). Participa en la campaña de Malakand, en la frontera noroeste, y escribe su primer libro importante: The Story of the Malakand Field Force (La Historia de la Fuerza de Campo de Malakand).

Pero no para quieto. En 1898 se las arregla para ir al Sudán con Kitchener y participa en la batalla de Omdurmán, la última gran carga de caballería del ejército británico. De nuevo escribe otro libro: The River War (La Guerra del Río).

El plato fuerte llega con la Guerra de los Bóeres en Sudáfrica (1899). Churchill viaja como corresponsal del Morning Post con un sueldo espectacular. Es capturado por los bóeres, se convierte en prisionero de guerra y protagoniza una fuga espectacular: escapa de un campo de prisioneros y recorre cientos de kilómetros en territorio enemigo hasta llegar a zona segura. Esa hazaña lo convierte en héroe nacional casi de la noche a la mañana. Un periódico lo bautiza como “el hombre más joven de Europa” por su ambición sin límites y su energía desbordante.

Con esa fama recién estrenada, decide que es el momento de meterse en política. En las elecciones de 1900 (las llamadas “elección caqui” por el color de los uniformes militares tras la guerra), se presenta por Oldham, en el condado de Manchester, como conservador y... ¡gana! Con solo 25 años entra en el Parlamento.

Este capítulo nos muestra a un Churchill que pasa de joven oficial inquieto a figura pública famosa en apenas seis años. Guerras pequeñas pero llenas de acción, libros que empiezan a darle dinero y fama, una fuga legendaria y el salto definitivo a la política. El chico rebelde y poco brillante en los estudios del capítulo anterior ya está demostrando que tiene un par de narices y una ambición que no le cabe en el cuerpo.

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Del  tercer capítulo 3: “La rata de Blenheim (1901-1914). El traidor. El reformista radical. El guerrero”

¡Este capítulo es de los que enganchan! Aquí vemos a Winston ya metido de lleno en la política británica, con sus primeras grandes jugadas, sus cambios de chaqueta y su energía desbordante, como buen Sagitario. Pelaz López lo pinta como un tipo ambicioso, listo y con pocas ganas de quedarse quieto en un solo sitio.

Tras entrar en el Parlamento en 1900 como conservador, Churchill no tarda en sentirse incómodo en su partido. Defiende el libre cambio frente al proteccionismo que quería imponer la cúpula conservadora y, en 1904, hace lo que muchos consideraron una traición en toda regla: cruza el hemiciclo y se pasa al Partido Liberal. Los conservadores lo llaman traidor y “rata de Blenheim” (por el palacio familiar). Él lo justifica diciendo que sigue sus principios y no al revés.

Ya como liberal, su carrera despega de verdad. Entre 1906 y 1911 se convierte en uno de los grandes reformistas radicales de la época. Junto a David Lloyd George, impulsa un montón de medidas sociales: seguros contra el paro y la enfermedad, pensiones, reducción de la jornada laboral en minas, tribunales de salarios mínimos… Cosas que en aquella época sonaban bastante avanzadas. También como Ministro del Interior muestra su lado más enérgico (y controvertido), enviando tropas contra huelguistas y reprimiendo disturbios.

En 1911 llega el momento guerrero: es nombrado Primer Lord del Almirantazgo (ministro de Marina). Ahí se pone las pilas de verdad. Moderniza la flota británica a marchas forzadas, apuesta fuerte por los acorazados dreadnought, crea la aviación naval y prepara al país para la guerra que él ya veía venir. Es un periodo de gran actividad: viaja, estudia, innova y demuestra su enorme capacidad de trabajo.

Este capítulo nos muestra a un Churchill en plena ebullición: pasa de ser visto como un joven héroe de guerra a político controvertido, traidor para unos, reformista brillante para otros, y sobre todo un hombre que no para quieto. De 1901 a 1914 construye su imagen de tipo dinámico, ambicioso y con visión de futuro… aunque también se gana enemigos que luego le pasarán factura.

Un Winston que ya apunta maneras de grandeza, pero que todavía tiene mucho que aprender sobre las consecuencias de sus decisiones.

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Resumen del Capítulo 4: Armagedón (1914-1918). De Amberes a Gallipoli. Fuera de escena. De vuelta a la guerra

Este capítulo es puro drama y adrenalina. Aquí entramos de lleno en la Primera Guerra Mundial, la gran prueba de fuego para Churchill, donde pasa de ser uno de los hombres más poderosos de Inglaterra a caer al abismo… y empezar a remontar.

De Amberes a Gallipoli (1914-1915)

Cuando estalla la guerra en 1914, Winston es Primer Lord del Almirantazgo y está en su salsa. Moderniza la Marina, moviliza la flota con decisión y muestra su carácter enérgico.

Destaca su intervención en Amberes (Bélgica), donde envía una brigada naval para intentar frenar el avance alemán. La operación no cambia mucho las cosas, pero le da fama de impulsivo.

El gran capítulo negro llega con la campaña de los Dardanelos / Gallipoli. Churchill es el principal impulsor de la idea: abrir un frente en Turquía para sacar al Imperio Otomano de la guerra y aliviar presión en el frente occidental. Era una estrategia audaz y brillante… sobre el papel. En la práctica se convierte en un desastre absoluto. Falta de coordinación, mala planificación terrestre y un precio terrible: más de 250.000 bajas aliadas.

Churchill carga con toda la responsabilidad política. Aunque no fue el único culpable, se lleva el grueso de las críticas. En mayo de 1915 dimite y cae en desgracia. Muchos piensan que su carrera política ha terminado para siempre.

Fuera de escena (1915-1916)

Aquí empieza uno de los periodos más duros y bonitos de su vida. Apartado del poder, Churchill hace algo poco habitual en un político: se va a la guerra de verdad. Se alista en el ejército y marcha al frente occidental en Francia como oficial.

Manda un batallón del Royal Scots Fusiliers en las trincheras de Ploegsteert (“Plug Street”). Vive el barro, el frío, los bombardeos y la vida miserable de la infantería. Curiosamente, esta experiencia le humaniza y le da una visión más real de lo que es la guerra. También aprovecha para pintar (ya empieza a descubrir el refugio que será la pintura para él) y reflexionar.

Para alguien con el temperamento volcánico de Churchill aquello fue devastador. Él vivía para la acción, para la política, para influir en el destino de su país. De pronto se vio relegado, vigilado y despreciado por muchos de sus compañeros. Las cartas y testimonios de la época muestran a un hombre hundido anímicamente. Su esposa, Clementine Churchill, percibió claramente el peligro psicológico. Churchill tenía una tendencia melancólica que él mismo llamaba “el perro negro”, una especie de sombra depresiva que lo acompañó gran parte de su vida. El fracaso de Gallípoli alimentó ese “perro negro” con una fuerza brutal. Hay testimonios de amigos que lo describen vagando sin rumbo, incapaz de concentrarse, abatido y con la sensación de que su carrera política había terminado para siempre.

Fue entonces cuando ocurrió algo aparentemente banal pero decisivo.

Durante una estancia familiar en el campo, en la finca de Hoe Farm, el cuñado de Churchill, el pintor John Lavery, estaba trabajando al aire libre. Churchill observaba con curiosidad. Lavery le sugirió que probara. Churchill tomó un pincel casi con timidez. Nunca había pintado antes. Y sucedió algo extraordinario: Descubrió que mientras mezclaba colores y trataba de captar la luz del paisaje, su mente dejaba de girar obsesivamente alrededor del fracaso político. La pintura lo obligaba a mirar el mundo inmediato: la forma de una nube, un reflejo en el agua, el contraste entre verdes y amarillos. Aquello actuó casi como una terapia involuntaria. Más adelante escribiría sobre esa experiencia en su libro Painting as a Pastime (La pintura como pasatiempo), donde explica cómo la pintura lo ayudó a escapar de la ansiedad y la desesperación.

Churchill se entregó a la pintura con una intensidad sorprendente. No como simple pasatiempo elegante de aristócrata, sino como necesidad emocional. Compraba lienzos, pigmentos, caballetes. Pintaba jardines, lagos, pueblos franceses, paisajes marroquíes. Le fascinaba especialmente la luz cambiante.


En cierto modo, la pintura le ofrecía algo que la política no podía darle: un espacio sin enemigos parlamentarios, sin periódicos hostiles, sin derrotas militares. Ante un lienzo nadie gritaba. Nadie conspiraba. Nadie votaba. Él mismo escribió algo muy revelador: cuando uno pinta, “el pasado y el futuro desaparecen”. La mente queda absorbida por el presente. Hoy probablemente hablaríamos de un estado de concentración plena o incluso de efecto terapéutico.

Resulta fascinante observar la contradicción de Churchill en esos años. Por un lado era un hombre obsesionado con la guerra, la historia y el poder. Por otro, encontraba paz pintando estanques, árboles y cielos luminosos. 

Muchos historiadores creen que sin la pintura quizá Churchill habría sucumbido psicológicamente a aquella crisis de 1915. La pintura no eliminó su ambición ni su carácter tempestuoso, pero sí le dio una válvula de equilibrio interior.

Y hay algo profundamente humano en todo esto. El hombre que años después movilizaría a un país entero contra el nazismo necesitó antes salvarse a sí mismo con algo tan sencillo y silencioso como un pincel, un poco de óleo y la contemplación de la luz sobre un jardín inglés.

Curiosamente, tras aquel hundimiento Churchill no desapareció. Incluso llegó a marchar voluntariamente al frente occidental como oficial del ejército para recuperar dignidad personal. Poco a poco regresó a la política. Pero ya no era exactamente el mismo hombre. La experiencia del fracaso, unida a aquella inesperada relación con el arte, añadió a su personalidad una dimensión más introspectiva y vulnerable que rara vez mostraba en público. Tal vez por eso su figura sigue resultando tan compleja. Churchill no fue solo el orador monumental de la guerra. También fue un hombre profundamente herido que encontró en la creación artística un refugio contra sus propios fantasmas.

De vuelta a la guerra (1917-1918)

En 1917, su amigo (y rival) David Lloyd George, ya Primer Ministro, le tiende la mano y le nombra Ministro de Municiones. Churchill vuelve al gobierno con fuerza. Organiza la producción de armamento a gran escala, impulsa los tanques (que él ya había apoyado antes) y se convierte en pieza clave para que el ejército británico tenga lo necesario en los últimos y decisivos meses de la guerra.

Un capítulo 4 denso que nos muestra a un Churchill de carne y hueso: ambicioso, visionario, a veces imprudente, capaz de caer desde muy alto y con el coraje suficiente para volver a levantarse. Gallipoli es su gran herida de la Gran Guerra, pero también demuestra su enorme capacidad de resiliencia. De ministro todopoderoso a soldado de trincheras y de nuevo a ministro… todo en cuatro años.

Un periodo durísimo que le deja cicatrices, pero también le forja como el hombre que más tarde liderará a Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial.

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Resumen del Capítulo 5: Después del fin del mundo (1918-1929). En la paz como en la guerra (1918-1922). Cambio de pareja (1922-1924). La toga de lord Randolph (1924-1929)

Este capítulo nos cuenta la etapa más rara y movidita de Churchill después de la Gran Guerra. Es como si el mundo hubiera terminado en 1918 y él tuviera que aprender a vivir en una Inglaterra completamente distinta. Aquí le vemos ganar, perder, cambiar de chaqueta otra vez y, al final, volver a lo grande.

En la paz como en la guerra (1918-1922)

Terminada la guerra, Winston sigue siendo el mismo torbellino de siempre. Lloyd George le mantiene en el gobierno y le da cargos importantes: Ministro de Guerra y del Aire, y después Ministro de las Colonias.

En este periodo se mete en varios fregados: apoya la intervención contra los bolcheviques en Rusia (no le sale bien), participa en la creación de Irak y Jordania, y firma el tratado que crea el Estado Libre de Irlanda. Sigue siendo un tipo hiperactivo, que trabaja como si todavía estuviera en guerra. Pero los tiempos han cambiado. La gente ya no quiere héroes de trincheras, quiere paz y reconstrucción.

Cambio de pareja (1922-1924)

Llegan los años difíciles. En 1922 pierde su escaño en las elecciones. Poco después, los liberales se hunden y Churchill se queda en tierra de nadie.

Es un periodo de incertidumbre: sin partido claro, sin cargo y con problemas económicos (siempre gastaba más de lo que tenía). Pero Winston no es de los que se rinden. En 1924 hace lo que muchos no esperaban: vuelve al Partido Conservador, el mismo que le había llamado traidor veinte años antes. Los tories le aceptan de nuevo porque les conviene su popularidad y su energía. Se presenta en las elecciones y gana con comodidad.

La toga de lord Randolph (1924-1929)

Aquí llega uno de los momentos más simbólicos de su carrera. El nuevo Primer Ministro, Stanley Baldwin, le nombra Canciller del Exchequer (ministro de Hacienda), el mismo cargo que había ocupado su padre, Lord Randolph Churchill, cuarenta años antes. Winston se pone literalmente la toga que había usado su padre. Era su forma de cerrar el círculo y reivindicar el apellido.

Como Canciller, toma decisiones importantes (y controvertidas): devuelve a Inglaterra al patrón oro (algo que luego muchos criticaron), mantiene una política económica bastante ortodoxa y tiene que lidiar con la huelga general de 1926. Su relación con los sindicatos y con los mineros fue muy tensa.

En este capítulo 5 nos muestra a un Churchill que ya no es el joven aventurero ni el ministro de guerra, sino un político maduro que intenta sobrevivir en la posguerra. Pierde y gana partidos, cambia de aliados, sufre reveses… pero nunca deja de estar en primera línea. Es un periodo de transición donde se prepara, a su manera, para los grandes desafíos que llegarían en los años 30.

Un Winston más reflexivo, pero igual de ambicioso y con esa mezcla de genialidad y errores que le hacen tan humano.

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Resumen del Capítulo 6: Profeta en el desierto (1929-1939). Más allá del pasillo (1929-1935). Se aproxima la tormenta (1935-1939)

Este es uno de los capítulos más interesantes y tristes a la vez. Aquí vemos a Churchill en sus famosos “años del desierto”, apartado del poder pero cada vez más lúcido sobre lo que se avecinaba.

Más allá del pasillo (1929-1935)

Tras perder el cargo de Canciller del Exchequer en 1929, Churchill se queda fuera del gobierno. El Partido Conservador no cuenta con él y le deja en una especie de limbo político. Es lo que el autor llama “más allá del pasillo”: sigue siendo diputado, pero ya no está en el núcleo de decisiones.

En lugar de retirarse, Winston se dedica a escribir (publica varios libros importantes que le dan buenos ingresos), viaja, pinta mucho y, sobre todo, observa. Mientras la mayoría de los políticos británicos quieren paz a cualquier precio y recortes en defensa, Churchill empieza a ver el peligro que representa Alemania. Ya en 1932-1933 comienza a alertar sobre el rearme alemán y la llegada de Hitler al poder.

Muchos le miran como un viejo imperialista nostálgico, un alarmista que no se ha enterado de que los tiempos han cambiado. Le llaman belicista y le dejan bastante solo.

Se aproxima la tormenta (1935-1939)

A partir de 1935 la cosa se pone más seria. Mussolini invade Abisinia, antiguo nombre histórico de la región que hoy corresponde a Etiopía. Hitler remilitariza Renania, región de ambos lados del río Rhin, al oeste de Alemania. Apoya a Franco en la Guerra Civil Española y se anexiona Austria. Churchill sube el tono de sus advertencias, tanto en el Parlamento como en sus artículos en la prensa.

Se opone radicalmente a la política de apaciguamiento de Neville Chamberlain. Cuando Hitler se queda con los Sudetes (Checoslovaquia) en 1938 con el Acuerdo de Múnich, Churchill lo califica de derrota y humillación para Inglaterra y Francia. La famosa frase “han elegido el deshonor para evitar la guerra; tendrán deshonor y guerra” resume perfectamente su pensamiento.

Durante estos años se convierte en una voz casi solitaria que molesta a muchos. Pero cada vez más gente empieza a escucharle, especialmente cuando Hitler ocupa el resto de Checoslovaquia en 1939.

Este capítulo 6 nos muestra a un Churchill maduro, tozudo y visionario. Apartado del poder, sin aliados importantes y criticado por casi todos, se dedica a decir lo que casi nadie quería oír: que Hitler era una amenaza mortal y que había que prepararse para la guerra. La historia le daría la razón de la forma más brutal en septiembre de 1939.

Es el clásico periodo del profeta en el desierto: incomprendido, aislado… pero con una claridad de ideas que pocos tuvieron en su tiempo.

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Resumen del Capítulo 7: Sangre, sudor, fatiga y lágrimas (1939-1941). Winston ha vuelto (1939-1940). Su mejor hora (1940). Solos (1940-1941)

Este capítulo es, sin duda, uno de los más intensos y emocionantes del libro. Aquí entramos de lleno en el momento más grande de Winston Churchill, ese instante en el que la historia le pone a prueba de verdad y él responde a lo grande.

Winston ha vuelto (1939-1940)

Al estallar la guerra en septiembre de 1939, Churchill regresa al gobierno como Primer Lord del Almirantazgo, el mismo cargo que tenía en 1914. Muchos lo reciben con alivio y desconfianza a partes iguales. “Winston ha vuelto”, dice la gente.

Durante los primeros meses (la llamada “guerra falsa”) se dedica a organizar la Marina británica. Pero todo cambia drásticamente en mayo de 1940. Cuando Alemania lanza su ofensiva relámpago sobre Francia y los Países Bajos, Neville Chamberlain cae y el rey llama a Churchill. El 10 de mayo de 1940, con 65 años, se convierte en Primer Ministro.

En su primer discurso como jefe de gobierno pronuncia la famosa frase:

«No tengo nada que ofrecer más que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor».

Y lo dice en serio.

Su mejor hora (1940)

Este es el corazón del capítulo y, probablemente, la mejor hora de Churchill en toda su vida.

Con Francia derrumbándose, el ejército británico atrapado en Dunkerque y Hitler dominando Europa, Winston se niega a negociar la paz. Frente a algunos ministros que preferían llegar a un acuerdo con Alemania, él elige la resistencia total.

Sus discursos de 1940 son legendarios: “Lucharemos en las playas…”, “Nunca en el campo de la historia humana tantos debieron tanto a tan pocos” (tras la Batalla de Inglaterra).

Durante la Batalla de Inglaterra, mientras la Luftwaffe (fuerzas aéreas) bombardea el país, sus apariciones radiofónicas se convierten en un arma moral poderosísima. Logra que un pueblo cansado y aterrorizado encuentre valor y orgullo. Pelaz López describe estos meses como el punto culminante de su liderazgo: un hombre que supo usar las palabras para defender a una nación que estaba sola.

Solos (1940-1941)

Tras la caída de Francia, Reino Unido se queda completamente solo contra el Eje. Estados Unidos todavía no entra en guerra y la Unión Soviética es aliada de Hitler. Sí, como lo oyen: la alemania nazi de Adolf Hitler y la Unión soviética de Stalin convertidas, al menos temporalmentem, en socias. 

Visto desde hoy resulta desconcertante. El nazismo había construido parte de su discurso sobre el odio al comunismo y al “bolchevismo judío”. Y el régimen soviético llevaba años denunciando al fascismo como enemigo mortal de la clase obrera. Eran dos sistemas totalitarios distintos, pero ambos se odiaban ideológicamente. Sin embargo, la realidad política tiene a veces una lógica fría y despiadada que deja en segundo plano las ideas. 

Y así ocurrió en 1939.

El 23 de agosto de 1939 se firmó el llamado Pacto Ribbentrop-Mólotov, un acuerdo de no agresión entre Alemania y la Unión Soviética. Oficialmente era solo eso: una promesa mutua de no atacarse. Pero en realidad escondía protocolos secretos para repartirse media Europa oriental como si fuera un tablero de ajedrez. Polonia quedaría partida entre ambos. Los países bálticos quedarían bajo influencia soviética. Hitler así obtenía tranquilidad en el este para poder lanzarse contra Europa occidental. Stalin, mientras tanto, ganaba tiempo para reorganizar su ejército, debilitado por las purgas salvajes que él mismo había realizado pocos años antes.

Era un acuerdo entre dos depredadores que desconfiaban profundamente el uno del otro, pero que necesitaban respirar antes del choque inevitable.

Ante eso, Europa contempla el desconcierto. Para muchos comunistas europeos aquello fue un terremoto moral. Durante años habían combatido el fascismo en las calles, en los sindicatos y hasta en la guerra civil española. De pronto, Moscú cambiaba el discurso y ordenaba moderar la hostilidad hacia Alemania. Muchos militantes quedaron desorientados. Algunos obedecieron disciplinadamente. Otros sintieron una amarga sensación de traición ideológica. Mientras tanto, en Occidente, Francia y Reino Unido observaban con horror cómo Hitler y Stalin se repartían territorios. El 1 de septiembre de 1939 Alemania invadió Polonia. Pocos días después, el Ejército Rojo soviético entró por el este. Polonia desapareció literalmente del mapa.

Aquí aparece uno de los momentos más dramáticos de toda la guerra. En 1940, tras la caída de Francia, Reino Unido quedó prácticamente sola frente a la maquinaria militar alemana. Estados Unidos aún no había entrado en guerra. Gran parte de la sociedad norteamericana seguía instalada en el aislacionismo después del trauma de la Primera Guerra Mundial. Y la Unión Soviética, lejos de combatir a Hitler, mantenía relaciones diplomáticas y comerciales con Alemania. Durante aquellos meses ocurrieron escenas históricas casi surrealistas: trenes soviéticos cargados de materias primas cruzaban hacia Alemania mientras los aviones alemanes bombardeaban ciudades británicas. Petróleo, cereales y minerales soviéticos ayudaban indirectamente al esfuerzo bélico nazi. La imagen del mundo democrático era entonces muy frágil. Gran Bretaña resistía prácticamente sola bajo el liderazgo de Winston Churchill, mientras el resto del continente parecía sometido o neutralizado.

Es importante entender algo esencial: Stalin jamás creyó realmente en la amistad con Hitler. Sabía perfectamente que el nazismo veía el este europeo y Rusia como espacio de conquista futura. El problema era otro: La Unión Soviética necesitaba tiempo. Las purgas estalinistas de finales de los años treinta habían destruido gran parte del mando militar soviético. Miles de oficiales habían sido ejecutados o enviados a gulags. El ejército estaba desorganizado. Stalin temía que una guerra inmediata contra Alemania fuese desastrosa. Por eso aceptó el pacto. No por afinidad ideológica real, sino por cálculo estratégico y miedo. Pero cometió un error gigantesco: pensar que Hitler respetaría el acuerdo durante más tiempo.

Pero el 22 de junio de 1941 todo cambió. La Operación Barbarroja fue la mayor invasión terrestre de la historia. Millones de soldados alemanes y aliados cruzaron la frontera soviética. Hitler rompía el pacto y lanzaba la guerra ideológica y racial que siempre había imaginado contra el comunismo y los pueblos eslavos. Stalin quedó inicialmente paralizado. Había recibido advertencias de inteligencia sobre la invasión y no quiso creerlas. Pensaba que Hitler no abriría un segundo frente antes de derrotar a Gran Bretaña.

Se equivocó dramáticamente.

A partir de ese momento, la Unión Soviética pasó de colaborador táctico de Alemania a convertirse en una de las fuerzas decisivas para destruir el nazismo.

Y todo este episodio muestra algo incómodo: la historia no suele dividirse entre buenos absolutos y malos absolutos perfectamente alineados. Las potencias actúan muchas veces movidas por miedo, interés, supervivencia o ambición. La alianza temporal entre Hitler y Stalin fue uno de esos pactos oscuros nacidos del cálculo y la desconfianza mutua. Dos regímenes totalitarios que se detestaban profundamente, pero que durante un breve periodo se utilizaron el uno al otro. Y mientras tanto, millones de personas comunes quedaban atrapadas entre gigantes ideológicos que movían fronteras, ejércitos y pueblos enteros como piezas sacrificables de una partida monstruosa.

Ese fue sin duda uno de los periodos más duro de la Guerra: el Blitz (los bombardeos nocturnos sobre Londres y otras ciudades), la amenaza de invasión, las pérdidas en el Atlántico por los submarinos alemanes… Churchill vive bajo una presión brutal, trabaja hasta la extenuación, viaja, anima a la población y mantiene la moral alta.

Aun así, nunca pierde el humor ni la esperanza. Sabe que si resiste, tarde o temprano Estados Unidos entrará en la guerra.

Apasionante este capítulo 7 que nos muestra a Churchill en su versión más grande y heroica. Después de años siendo profeta en el desierto, llega su momento. Un hombre imperfecto, pero con una determinación y una capacidad de liderazgo que en 1940 marcaron la diferencia entre la derrota y la continuidad de la lucha.  Es el capítulo del “Blood, toil, tears and sweat”(sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor) hecho realidad. De cuando Inglaterra estuvo sola… y resistió.

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Resumen del Capítulo 8: Victoria y derrota (1941-1945). La gran alianza (1941-1942). El gozne del destino (1942-1944). Sombras sobre la victoria (1945)

Este capítulo es el de la gran epopeya final… pero también el de la paradoja más grande en la vida de Churchill. Aquí vemos cómo se acerca la victoria total sobre Hitler y, al mismo tiempo, cómo se le escapa el poder de las manos.

La gran alianza (1941-1942)

Todo cambia cuando Japón ataca Pearl Harbor en diciembre de 1941. Estados Unidos entra por fin en la guerra y Churchill respira aliviado. Siempre lo había dicho: si conseguía meter a los americanos, la victoria era solo cuestión de tiempo.

Se crea la Gran Alianza (Reino Unido, Estados Unidos y la Unión Soviética). Churchill se convierte en el gran viajero de la guerra: se reúne con Roosevelt y Stalin en varias cumbres. Su relación con Roosevelt es especialmente buena, casi de amistad. Juntos trazan la estrategia general: primero derrotar a Alemania y después a Japón.

Sin embargo, 1942 sigue siendo un año durísimo. Los alemanes avanzan en Rusia, Rommel aprieta en el norte de África y los submarinos alemanes hunden barcos por todo el Atlántico. Son meses de mucha tensión.

El gozne del destino (1942-1944)

A partir de finales de 1942 todo empieza a girar a favor de los Aliados. La victoria en El Alamein (que Churchill llama “el gozne del destino”), la rendición de las tropas alemanas en Stalingrado y el desembarco en el norte de África marcan el punto de inflexión.

Churchill vive estos años a pleno rendimiento: organiza el desembarco de Normandía (Overlord), viaja sin parar, discute estrategias con los americanos y soviéticos y mantiene alta la moral británica. Pero también se nota que ya no es el líder indiscutible. Roosevelt y Stalin llevan cada vez más la voz cantante. Inglaterra, aunque sigue siendo fundamental, ya no es la potencia dominante.

Sombras sobre la victoria (1945)

En mayo de 1945 llega por fin la victoria en Europa. Churchill es aclamado como el gran líder de la guerra. Pero la alegría dura poco.

En julio de 1945 se celebran elecciones generales en Reino Unido. Contra todo pronóstico, los conservadores pierden y el Partido Laborista de Clement Attlee arrasa. Churchill, que había guiado al país a la victoria, es derrotado en las urnas antes incluso de que terminara la guerra contra Japón.

El autor explica muy bien esta paradoja: el pueblo británico estaba profundamente agradecido por su liderazgo en la guerra, pero quería cambios sociales profundos, sanidad pública, vivienda y Estado del Bienestar. Y eso se lo prometía más el Labour Party (partido laborista).

Este capítulo 8 nos muestra a un Churchill colosal en la guerra, pero también humano y vulnerable. Es el periodo de la gran alianza, de las conferencias históricas, de los triunfos militares… y de la derrota electoral más sorprendente de su vida. Victoria en el campo de batalla y derrota en casa. Una lección brutal de cómo la política no siempre reconoce los méritos en el momento justo. Un final agridulce para la etapa más brillante de su carrera.

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Resumen del Capítulo 9: El último rugido (1945-1965). De nuevo en el desierto (1945-1951). El regreso del viejo león (1951-1955). Los años oscuros (1955-1965). Churchill, entre la historia y el mito

Y llegamos al capítulo final. El que cierra la vida de un hombre que ya parecía de otra época, pero que todavía tenía un último rugido que dar.

De nuevo en el desierto (1945-1951)

Tras la sorpresa de perder las elecciones de 1945, Churchill se encuentra otra vez en la oposición. Muchos pensaban que a sus 70 años ya se retiraría, pero él no era de esos.

En estos años escribe sus memorias de la guerra (una obra monumental en varios tomos que le da mucho dinero y el Nobel de Literatura en 1953), pinta más que nunca y viaja. Sobre todo, se dedica a alertar sobre el nuevo peligro: la Unión Soviética. En 1946 pronuncia su famoso discurso del Telón de Acero en Fulton, advirtiendo que Europa estaba dividida y que el comunismo era la nueva amenaza. Otra vez le llaman alarmista… y otra vez tenía razón.

Es un periodo de frustración política, pero también de gran productividad personal.

El regreso del viejo león (1951-1955)

En 1951, con casi 77 años, Churchill vuelve a ser Primer Ministro. El “viejo león” regresa al 10 de Downing Street.

Este segundo mandato es más tranquilo que el primero, pero no fácil. Inglaterra ya no es la superpotencia de antes, hay problemas económicos, la descolonización avanza y su salud empieza a fallar (sufre un ictus leve en 1953). Aun así, mantiene su energía característica, viaja, negocia y sigue siendo un personaje mundial.

En 1955, consciente de que sus fuerzas ya no dan para más, presenta la dimisión. Era el momento.

Los años oscuros (1955-1965)

Los últimos diez años de su vida son, para muchos, los más duros. Su salud se deteriora progresivamente: varios ictus, problemas de movilidad, pérdida de lucidez en los últimos tiempos. La figura del gran orador y hombre de acción va apagándose poco a poco.

Sin embargo, sigue recibiendo homenajes en todo el mundo. En 1963 le conceden la ciudadanía honorífica de Estados Unidos. Muere finalmente el 24 de enero de 1965, a los 90 años. Su funeral de Estado es uno de los más grandiosos que ha visto Inglaterra en toda su historia, el último gran adiós a una era.

Churchill, entre la historia y el mito

El autor cierra el libro reflexionando sobre el personaje: un hombre lleno de contradicciones. Genial y con errores graves, visionario y a veces anticuado, valiente hasta la temeridad y con depresiones profundas (su famoso “perro negro”). Un aristócrata que supo conectar con el pueblo en el momento más oscuro, un escritor brillante, un pintor aficionado notable y un orador insuperable.

Para Pelaz López, Churchill ya pertenece más al terreno del mito que al de la simple historia. Se convirtió en el símbolo de la resistencia británica y de la defensa de la libertad frente a la tiranía.

Este último capítulo nos muestra a un Churchill que, incluso en su ocaso, sigue siendo grande. Pierde el poder, lo recupera, envejece y se apaga… pero nunca deja de ser Churchill. Del rugido más potente en 1940 al último susurro en 1965. 

Una vida épica de principio a fin.


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