REFLEXIONES

La queja: esa niebla tóxica que se instala sin pedir permiso

Vivimos en una época curiosa. Nunca habíamos tenido tantas comodidades, tantos avances, tantos recursos al alcance de la mano… y, sin embargo, nunca había sido tan abundante la queja. Nos quejamos del calor cuando llega el verano y del frío cuando aparece el invierno. Nos quejamos de la lluvia y luego de la sequía. Nos quejamos del tráfico, del gobierno, de los jóvenes, de los mayores, de la lentitud, de la rapidez, del ruido y hasta del silencio.

Incluso hay personas que, cuando no tienen motivo real para lamentarse, parecen inquietarse porque todo marcha demasiado bien. Como si la tranquilidad les resultara sospechosa. Entonces buscan una pequeña grieta por la que colar el descontento y seguir alimentando esa costumbre que ya se ha vuelto automática.

La queja, cuando se convierte en hábito, funciona como una energía contagiosa. Entra en una casa y cambia el clima emocional. Se sienta a la mesa, se mete en la conversación, se instala en el salón y termina impregnándolo todo. Una persona que se queja constantemente no suele quedarse sola con su malestar: lo reparte. Lo proyecta sobre la pareja, los hijos, los amigos, los compañeros de trabajo. Va dejando una especie de niebla tóxica que contamina el ambiente.

Lo peor de todo es que muchas veces no somos conscientes de cuánto nos quejamos. Nos pasa como al pez que no sabe qué es el agua porque vive dentro de ella. O como quien está metido dentro del frasco y no puede leer la etiqueta. Cuando la queja se vuelve rutina, deja de parecer un problema y se presenta como una forma normal de vivir.

Hay que distinguir, por supuesto, entre la protesta legítima y la queja estéril. No es lo mismo denunciar una injusticia, reclamar derechos o expresar un dolor real, que convertir cualquier contratiempo cotidiano en un drama permanente. Una cosa busca mejorar la realidad; la otra solo la envenena.

Muchas veces, en lugar de quejarnos, sería más útil preguntarnos: ¿qué puedo hacer yo para mejorar esto?
Si algo tiene solución, actuar suele ser mejor que lamentarse.
Si no la tiene, aprender a aceptarlo puede ser más sabio que rumiarlo sin descanso.

Nos molesta el desorden de casa, pero no recogemos. Nos irrita el cuerpo que tenemos, pero no caminamos. Criticamos la falta de civismo, pero luego tiramos una colilla al suelo. Nos quejamos de la política, pero nos desentendemos de participar. Queremos cosechas distintas sembrando siempre lo mismo.

La vida, además, tiene una verdad desnuda que conviene recordar de vez en cuando: vinimos a este mundo sin haber sido consultados. Nadie nos preguntó si queríamos nacer. Y del mismo modo, tampoco se nos consultará el día de partir. Entre una cosa y la otra existe un intervalo breve, incierto y precioso llamado vida.

Y dentro de ese espacio limitado sí hay algo verdaderamente nuestro: la capacidad de elegir cómo vivir. Elegir la actitud, la mirada, la respuesta ante lo que ocurre. Eso quizá no cambie todas las circunstancias, pero cambia profundamente la manera de atravesarlas.

Podemos pasar ese tramo protestando por cada piedra del camino, o podemos andar aprendiendo, agradeciendo y corrigiendo lo que esté en nuestra mano.

Porque la queja constante empequeñece los días.
La responsabilidad los engrandece.
Y el tiempo, ese sí, no se queja nunca: simplemente pasa.


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