JUDICIAL

El TSXG abre una pieza por “mala fe procesal” contra un abogado por el uso sin verificar de IA en un recurso


En el foro gallego ha ocurrido algo que parece sacado de una novela con toques de advertencia moderna.

Un trabajador, Fausto, pide que su cáncer de pulmón sea considerado enfermedad profesional. Dice que viene del polvo del trabajo con electrodos de grafito. La empresa y la mutua responden lo contrario: aquello no era zona peligrosa, sino almacén de producto ya terminado. Sin humos industriales, sin exposición relevante. Y además, un dato que pesa como una losa: Fausto lleva media vida fumando.

El juzgado de primera instancia no ve relación con el trabajo y lo deja en enfermedad común. El asunto sube al Tribunal Superior.

Hasta aquí, un pleito más, de los de siempre: medicina, trabajo, peritos, porcentajes, y la eterna discusión sobre qué causa qué.

Pero entonces aparece el giro.

El recurso del trabajador venía muy cargado de citas judiciales. Sentencias, autos, resoluciones… todo muy bien colocado, muy convincente, muy “de manual”. El problema es que, cuando el tribunal fue a comprobarlo, empezó el desconcierto: aquello no existía.

Una cita tras otra resultaban inventadas, deformadas o directamente irreales. Veinticuatro en total. Ni más ni menos. Algunas no eran sentencias, otras no tenían nada que ver con el tema, y otras sencillamente nunca habían sido dictadas.

El tribunal no se lo toma a la ligera. Concluye que ese tipo de errores no son simples despistes, sino algo más serio: un uso descuidado —o ciego— de herramientas automáticas que fabrican textos y referencias sin comprobar si son verdad.

Y ahí está la clave del asunto: la máquina no sabe de Derecho. Puede escribir con soltura, pero también puede inventar con la misma facilidad con la que respira. Y si nadie revisa lo que produce, el papel aguanta todo… hasta que llega un juez y lo contrasta.

Resultado: el recurso se rechaza. La sentencia de primera instancia se mantiene. Y además, el tribunal decide abrir una pieza separada para investigar la conducta del abogado que presentó aquel escrito.

La advertencia es clara, aunque no se diga con estridencias: el Derecho no admite atajos. Las citas no son adornos. Y lo que no existe en los libros, no existe en el proceso.

Moraleja de despacho antiguo con herramientas nuevas: la tecnología puede ayudar, pero no sustituye la comprobación humana. Porque en los tribunales, al final, la verdad no se improvisa ni se inventa. Se verifica.

Y cuando no se verifica… el papel, por muy brillante que parezca, se cae solo.


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