REFLEXIONES

La sabiduría del instante: lo que las aves enseñan al tiempo humano 

Observando desde el balcón de mi casa en estas primeras horas de la mañana, mientras la ciudad todavía se despereza lentamente, me gusta detener la mirada en las aves que habitan mi entorno. Las veo ir y venir con una naturalidad que siempre me llama la atención. Palomas, cotorras, gorriones, urracas, mirlos... cada especie con su comportamiento particular, con sus colores, sus sonidos y sus costumbres. Sin embargo, todas parecen compartir algo en común que los seres humanos hemos olvidado hace mucho tiempo: la capacidad de vivir plenamente el instante presente.

Las observo volar de un árbol a otro buscando alimento. Las veo posarse sobre una rama para acicalarse las plumas con infinita paciencia. Algunas revolotean juntas, persiguiéndose en juegos que parecen simples expresiones de alegría. Otras permanecen inmóviles durante largos minutos, contemplando el paisaje desde las alturas. Cuando llega la época adecuada, construyen sus nidos con una dedicación admirable, preparan el hogar para los futuros polluelos y continúan con el ciclo de la vida sin cuestionarse demasiado lo que vendrá después.

Nada parece perturbarlas más allá de las necesidades inmediatas de su existencia. No cargan con recuerdos dolorosos de años anteriores ni parecen inquietarse por lo que pueda suceder dentro de unos meses. Viven aquí y ahora.

A veces me pregunto si no habrá en ello una enseñanza silenciosa para nosotros.

Los seres humanos solemos considerarnos racionales, inteligentes y superiores al resto de las especies. Hemos construido ciudades, desarrollado tecnologías extraordinarias y explorado los secretos del universo. Sin embargo, en ocasiones tengo la impresión de que hemos perdido algo esencial por el camino.

Vivimos atrapados entre dos territorios que no existen realmente: el pasado y el futuro.

El pasado nos persigue con sus nostalgias, sus errores, sus oportunidades perdidas y sus heridas mal cerradas. El futuro nos inquieta con incertidumbres, temores, proyectos, cálculos y expectativas. Nuestra mente viaja constantemente entre lo que fue y lo que podría llegar a ser, mientras el único momento verdaderamente real, el presente, el que importa, apenas recibe nuestra atención.

Las aves parecen desconocer ese conflicto.

No necesitan preguntarse si dentro de unos meses habrán alcanzado sus objetivos. No comparan el día de hoy con el que tuvieron ayer, simplemente viven el presente. No se angustian pensando en cuánto tiempo les queda por vivir. Su existencia transcurre dentro de un ritmo mucho más sencillo y, quizá por ello, mucho más sabio.

Da igual que una de estas aves viva apenas unos meses o que otra alcance varios años de vida. Ninguna parece obsesionada con la duración de su existencia. En cambio, nosotros solemos convertir la longevidad en una especie de conquista personal. Escuchamos con admiración a quien afirma tener ochenta, noventa o incluso cien años. Y no digo que sea algo negativo. Cuidar la salud y aspirar a una vida larga es perfectamente razonable.

Lo paradójico es que, en ocasiones, dedicamos tantos esfuerzos a prolongar la vida que olvidamos vivirla.

Corremos detrás de los días como si fueran una meta que alcanzar. Celebramos los años acumulados como si fueran trofeos, pero rara vez nos detenemos a preguntarnos cuántos de esos años hemos vivido verdaderamente conscientes de cada instante.

Mientras contamos los años, los días se escapan.

Mientras planeamos el mañana, perdemos el hoy.

Mientras recordamos lo que fuimos, dejamos de ser plenamente lo que somos.

Quizá las aves no posean nuestra inteligencia, ni nuestra capacidad para construir civilizaciones o escribir libros. Pero contemplándolas desde mi balcón, en la tranquilidad de una mañana cualquiera, tengo la sensación de que conocen un secreto que nosotros hemos complicado innecesariamente.

Ellas viven segundo a segundo.

No parecen preocuparse de si el instante anterior fue mejor ni de si el siguiente será peor. Simplemente habitan el momento que les corresponde vivir.

Y tal vez la auténtica felicidad consista precisamente en eso: en dejar de perseguir constantemente la vida para empezar, de una vez por todas, a vivirla.

Porque al final, tanto para las aves como para los hombres, la vida siempre sucede en el mismo lugar: en este instante. Nunca en el pasado. Nunca en el futuro. Siempre aquí. Siempre ahora.


Comentarios

Entradas populares de este blog

PRIEGO DE CÓRDOBA, UN RECORRIDO POR SU HISTORIA Y SU ALMA

El enigma de los mercheros: Origen, historia y situación actual