LA DINÁMICA DE UN GOLPE DE ESTADO (19 de julio a 2 de agosto de 1936)
Quienes habían planeado sublevarse en contra de la República actuaron en todo momento según unas pautas que, desde luego, no incluían como posibilidad el estadillo de una guerra civil. Se trataba de intentar un pronunciamiento (cuyo éxito se daba como seguro) a través de la sublevación de las guarniciones militares. Como estaba previsto que determinadas capitales, y en especial, la de la nación, ofrecieran dificultades graves, las tropas sublevadas convergerían hacia ella, y con el empleo de una acción rápida y violenta ocuparían el poder. El supremo organizador y dirigente de la conspiración era el general Mola, desde su observatorio de Pamplona (que en sus notas a los restantes conspiradores denominaba "Peloponeso"). La verdad es que la conspiración estuvo muy poco y muy mal organizada y que, incluso, se ha hablado de varias conspiraciones paralelas.
El pronunciamiento, como tal, fue un fracaso en relación con buena parte del país. En algunos sitios, los comprometidos dudaron en exceso (Valencia) o estuvieron mal organizados (Madrid); en otros, a esos factores se añadió la participación de los grupos revolucionarios de izquierda en ayuda de los gubernamentales (Barcelona). En general, a pesar de lo que digan en sus memorias muchos de los hombres del Frente Popular (por ejemplo Prieto), el Gobierno estaba preparado para actuar contra la sublevación , aunque no creyera que pudiera llegar a revestir tanta importancia. Buena prueba de ello fue el hecho de que de los 17 generales con alto mando militar sólo se sublevaran cuatro.
El caso de Queipo de Llano en Sevilla es un buen ejemplo, quizá el mejor, del caso contrario, es decir, del triunfo del pronunciamiento. Andalucía, por sus condiciones políticas, no estaba, en principio, en condiciones de decantarse a favor de los sublevados. Como en el caso del propio Franco, que utiliza la trilogía "libertad, igualdad, fraternidad" de la Revolución Francesa, en el de Queipo de Llano no existe un repudio de las instituciones republicanas, sino tan sólo un rechazo de los grupos revolucionarios. Incluso hay una actitud de paternalismo hacia las reivindicaciones obreras. Si a eso se añade el nacionalismo y la creencia en el papel político que le corresponde al ejército, dado lo excepcional de las circunstancias, tendremos un panorama completo del ideario, muy simple y destinado a cambiar radicalmente, de los generales sublevados.
La derrota del pronunciamiento propiamente dicho, pero su victoria en determinadas zonas, creó una situación en la que, de momento, aunque sólo por unas cuantas horas, era posible todavía la paz. De ahí el intento de un Gobierno, presidido por Martínez Barrio, que venía a ser algo así como el centro absoluto del espectro político. Martínez Barrio trató de negociar con Mola, pero éste se negó a cualquier tipo de "abrazo de Vergara"*. Como mientras tanto los partidarios de Largo Caballero se manifestaban en las calles pidiendo también que no se produjeran componendas, el intento acabó fracasando
Del lado de los gubernamentales podía parecer que el gobierno Martínez Barrio era poco menos que una entrega, porque la confianza en la victoria era muy grande. La verdad es que había razones para ello, como se demuestra por el discurso pronunciado por Indalecio Prieto el julio. El historiador Ramón Salas ha probado que del Ejército español de tierra, aproximadamente un 47 por 100 de sus efectivos permanecieron fieles al Gobierno, y los porcentajes eran bastante más altos en determinadas Armas, como Aviación e Ingenieros. Tenía el Gobierno también dos tercios de las Fuerzas de Orden Público. En total los sublevados controlaban unos 100.000 hombres, y el Gobierno algo más. Sin embargo, estas cifras se veían desequilibradas por el hecho de que los sublevados contaron con la casi totalidad de los 47.000 hombres del Ejército de África, que era además técnicamente el más preparado.
Por otro lado, aunque casi la mitad de los 15.300 oficiales del Ejército estuviera en la zona controlada por el Gobierno, éste sólo utilizó a unos 3.500, con lo que la superioridad técnica caía del otro bando. Pero el del Frente Popular volvía a tener ventaja en otros aspectos, como el de la población: 13 millones, frente a los 11 adversarios, sobre todo en las grandes ciudades. En definitiva, casi se podía decir que la situación estaba poco menos que equilibrada.
En aquellos momentos no era posible para la mayoría de los españoles hacer un balance imparcial del estado de las fuerzas de ambos contendientes, pero pronto aprendieron a situarlos en el mapa. El 17 de julio, España se dividió en dos zonas geográficas, que en algunos casos tenían formas caprichosas, pero que pronto de homogeneizaron. En términos generales, se puede decir que las zonas que apoyaron a los sublevados coincidieron con las que habían votado a las derechas en las elecciones de febrero de 1936. Así sucedió en Castilla la Vieja y Navarra, por ejemplo, como también en la mayor parte de las Baleares. En Galicia también vencieron los sublevados, a pesar de que la victoria derechista no había sido clara. En Andalucía fueron las capitales de provincia en las que había guarnición militar las que se decantaron por la sublevación, pero en situación precaria frente a un medio rural hostil. Algo parecido, pero en menor grado, sucedió en Aragón. En cuanto a Castilla la Nueva, siguió el destino de Madrid. El frente populista del Norte permaneció fiel al Gobierno, y el País Vasco se dividió en dos, quedando del lado gubernamental las dos provincias más nacionalistas (Guipúzcoa y Vizcaya). El litoral mediterráneo también mantuvo su tradición izquierdista. Parece, por tanto, como si el ambiente político siguiera perdurando, a pesar de que era ya a las armas a quienes les correspondía el papel resolutivo.
(*) El abrazo de Vergara fue un evento histórico que tuvo lugar el 31 de agosto de 1839 en la localidad de Vergara, España. Este acontecimiento marcó el final de la Primera Guerra Carlista (1833-1839), un conflicto armado entre los partidarios del infante Carlos María Isidro de Borbón y los defensores de la regente María Cristina de Borbón. El "abrazo de Vergara" fue el gesto simbólico de reconciliación entre los líderes de ambos bandos enfrentados.



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