El tiempo apremia: España enfrenta un futuro cada vez más gris
🕰️ El tiempo apremia: España enfrenta un futuro cada vez más gris 🕰️
Pepe Rojas Molina
"Jubilado, analista de la realidad"
@pepe_rojas99
13/08/2024
En este rincón del mundo, donde el sol del Mediterráneo se mezcla con la bruma del Cantábrico y los campos de olivos compiten con los páramos castellanos, hay un dato que no figura en las guías turísticas, pero que debería estar en la portada de todos los periódicos: la edad media de sus habitantes. Ese número que, más allá de los monumentos y las playas, dibuja un retrato incómodo del futuro de España.
Comencemos con Galicia, ese jardín de piedra donde el mar bate con la misma fuerza que la nostalgia. En La Coruña, la edad media es de 47 años, y uno podría pensar que el salitre del Atlántico tiene propiedades conservadoras. Pero, en Lugo y Orense, los habitantes ya alcanzan la respetable cifra de 51 años. Sí, 51 años. Cualquier paseante por las calles empedradas podría confundir a un jubilado con el alcalde y no se daría cuenta. En Pontevedra, se bajan un poco los humos, con una edad media de 46 años, lo que en estas tierras casi parece un alarde de juventud.
Sigamos hacia el norte. Asturias, con su verde que nunca envejece, se queda en 48 años. Aunque, si uno visita los bares de Gijón, quizás pensaría que son más, entre culines de sidra y miradas que recuerdan a un pasado industrial glorioso.
Cantabria, con 45 años de media, aparenta ser la hermana pequeña, pero no se engañen: la juventud se mide más en espíritu que en cifras, y aquí tampoco hay mucha esperanza de renovación.
Euskadi, con sus 46 años de media, parece atrapada entre el acero del Guggenheim y la tozuda realidad de que no todo es innovación y cultura. La Rioja y Navarra, ambas con una edad media de 45 y 44 años respectivamente, parecen competir por ser el viñedo más joven de la región, aunque en los asilos se cuentan las historias de cuando el vino era para los jóvenes y no para los turistas.
Aragón, con sus 45 años de media, resiste como el Pilar que se levanta en Zaragoza, pero con menos fiereza que en otros tiempos. Por otro lado, Cataluña, con una media de 43 años, parece tener todavía algo de chispa, quizás impulsada por las ramblas repletas de turistas y los emprendedores que sueñan con otro Silicon Valley entre los callejones del Raval.
Y así llegamos a la Comunidad Valenciana, Murcia y Baleares, todas con una edad media que ronda los 42 años. Territorios de sol y playa, donde el envejecimiento se disimula con bronceadores y sombrillas, pero donde la juventud parece más un espejismo que una realidad demográfica.
En Castilla-La Mancha y Castilla y León, con medias de 44 y 46 años respectivamente, el Quijote sigue cabalgando, aunque más por la inercia de los tiempos que por la fuerza de una juventud renovada. Extremadura, con 45 años, parece tan resistente como los castaños de sus montañas, pero igualmente olvidada por los que no ven más allá de la capital.
Y hablando de la capital, Madrid presume de una media de 43 años, lo cual es un logro si consideramos que todo aquel que llega a esta ciudad parece envejecer el doble por el tráfico, la contaminación y los precios de la vivienda. En Andalucía, la situación es similar con 42 años de media, donde el folclore y la historia se mezclan con un presente que no acaba de decidir si es joven o viejo.
Las Canarias, con 43 años de media, y las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, con 35 y 34 años respectivamente, parecen ser los únicos lugares en los que el futuro aún no se ha marchitado del todo. Quizás por la cercanía a África, o por el sol perpetuo, aquí el tiempo parece correr de otra manera.
Pero el reloj avanza implacable, y en este país de tradiciones milenarias, la juventud no es lo que solía ser. El futuro no será de los jóvenes, porque sencillamente no habrá suficientes de ellos. España, con su demografía de calendario de pared, se enfrenta a un porvenir en el que las fiestas serán menos vibrantes, las escuelas menos ruidosas y las residencias más abarrotadas. Y mientras tanto, los políticos seguirán hablando de planes de rejuvenecimiento, como si se pudiera comprar juventud en el supermercado.
La realidad es otra: el país envejece, y lo hace con la elegancia de un baile que ha durado demasiado. Las campanas seguirán sonando, pero para un público cada vez más reducido, más cansado y, si no hacemos algo pronto, más olvidado.
Comencemos con Galicia, ese jardín de piedra donde el mar bate con la misma fuerza que la nostalgia. En La Coruña, la edad media es de 47 años, y uno podría pensar que el salitre del Atlántico tiene propiedades conservadoras. Pero, en Lugo y Orense, los habitantes ya alcanzan la respetable cifra de 51 años. Sí, 51 años. Cualquier paseante por las calles empedradas podría confundir a un jubilado con el alcalde y no se daría cuenta. En Pontevedra, se bajan un poco los humos, con una edad media de 46 años, lo que en estas tierras casi parece un alarde de juventud.
Sigamos hacia el norte. Asturias, con su verde que nunca envejece, se queda en 48 años. Aunque, si uno visita los bares de Gijón, quizás pensaría que son más, entre culines de sidra y miradas que recuerdan a un pasado industrial glorioso.
Cantabria, con 45 años de media, aparenta ser la hermana pequeña, pero no se engañen: la juventud se mide más en espíritu que en cifras, y aquí tampoco hay mucha esperanza de renovación.
Euskadi, con sus 46 años de media, parece atrapada entre el acero del Guggenheim y la tozuda realidad de que no todo es innovación y cultura. La Rioja y Navarra, ambas con una edad media de 45 y 44 años respectivamente, parecen competir por ser el viñedo más joven de la región, aunque en los asilos se cuentan las historias de cuando el vino era para los jóvenes y no para los turistas.
Aragón, con sus 45 años de media, resiste como el Pilar que se levanta en Zaragoza, pero con menos fiereza que en otros tiempos. Por otro lado, Cataluña, con una media de 43 años, parece tener todavía algo de chispa, quizás impulsada por las ramblas repletas de turistas y los emprendedores que sueñan con otro Silicon Valley entre los callejones del Raval.
Y así llegamos a la Comunidad Valenciana, Murcia y Baleares, todas con una edad media que ronda los 42 años. Territorios de sol y playa, donde el envejecimiento se disimula con bronceadores y sombrillas, pero donde la juventud parece más un espejismo que una realidad demográfica.
En Castilla-La Mancha y Castilla y León, con medias de 44 y 46 años respectivamente, el Quijote sigue cabalgando, aunque más por la inercia de los tiempos que por la fuerza de una juventud renovada. Extremadura, con 45 años, parece tan resistente como los castaños de sus montañas, pero igualmente olvidada por los que no ven más allá de la capital.
Y hablando de la capital, Madrid presume de una media de 43 años, lo cual es un logro si consideramos que todo aquel que llega a esta ciudad parece envejecer el doble por el tráfico, la contaminación y los precios de la vivienda. En Andalucía, la situación es similar con 42 años de media, donde el folclore y la historia se mezclan con un presente que no acaba de decidir si es joven o viejo.
Las Canarias, con 43 años de media, y las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, con 35 y 34 años respectivamente, parecen ser los únicos lugares en los que el futuro aún no se ha marchitado del todo. Quizás por la cercanía a África, o por el sol perpetuo, aquí el tiempo parece correr de otra manera.
Pero el reloj avanza implacable, y en este país de tradiciones milenarias, la juventud no es lo que solía ser. El futuro no será de los jóvenes, porque sencillamente no habrá suficientes de ellos. España, con su demografía de calendario de pared, se enfrenta a un porvenir en el que las fiestas serán menos vibrantes, las escuelas menos ruidosas y las residencias más abarrotadas. Y mientras tanto, los políticos seguirán hablando de planes de rejuvenecimiento, como si se pudiera comprar juventud en el supermercado.
La realidad es otra: el país envejece, y lo hace con la elegancia de un baile que ha durado demasiado. Las campanas seguirán sonando, pero para un público cada vez más reducido, más cansado y, si no hacemos algo pronto, más olvidado.
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