A debate los horarios lectivos en nuestras escuelas ¿partido o continuado?
Pepe Rojas Molina
´Jubilado, analista de la realidad´
17/09/2024
En los pasillos donde el eco de los pasos de niños resuena, donde la luz se cuela por las ventanas de las aulas y cae sobre los pupitres de madera, yace una pregunta que, como tantas otras en la vida, no tiene una respuesta clara. ¿Qué forma debe tomar la jornada escolar de nuestros hijos? ¿Debe extenderse sin interrupciones, como una línea inquebrantable de horas, o dividirse en fragmentos, como la marea que avanza y retrocede?
Mientras observamos cómo el reloj marca el paso del tiempo, nos percatamos de que el verdadero conflicto no radica únicamente en el horario. Los relojes, esos dispositivos impacientes, son meras sombras de algo más profundo. Lo que se disputa es la esencia del aprendizaje: cómo la joven mente absorbe, se expande, se cansa, y finalmente florece o se marchita. El reloj es solo una medida externa de ese proceso misterioso.
En Finlandia, he oído que el día escolar es breve, condensado en pocas horas de una intensidad casi poética. Allí, el sistema educativo parece un jardín donde cada planta tiene el espacio exacto para crecer. Los niños respiran, piensan, crean, todo bajo un cielo de aprendizaje en el que la lluvia del conocimiento cae suavemente, sin agobio, sin estruendo. En contraste, en Corea del Sur, el día es largo, casi eterno, como si el sol nunca se pusiera en el horizonte del estudio. Los estudiantes allí parecen almas que navegan incansables en un mar interminable de exámenes, metas y expectativas.
Y sin embargo, ambas naciones se colocan en la cúspide de los resultados académicos. ¿Es el tiempo, entonces, quien gobierna la mente de los estudiantes, o hay algo más? Quizá no sea cuestión de horas, sino de cómo esas horas son vividas. En el primer caso, el tiempo parece un compañero amable, que ofrece pausas para la reflexión, mientras que en el segundo, el tiempo se convierte en una sombra que persigue, siempre al acecho.
Pienso en España, ese país de contrastes, donde el sol brilla con fuerza y las sombras se alargan por la tarde. Aquí, la decisión entre la jornada partida o continuada ha fraccionado el sistema educativo, como si el país mismo estuviera dividido entre dos maneras de entender la vida. La jornada partida, que ofrece un respiro a mitad del día, un regreso al hogar, un momento para el descanso. Y la jornada continuada, que impulsa a los estudiantes hacia un final más rápido, liberando las tardes para actividades de todo tipo, o quizá para nada en absoluto.
La vida, como la educación, es fragmentaria. No podemos trazar líneas rectas sobre la experiencia humana, como si cada momento fluyera sin interrupciones hacia el siguiente. La mente de un niño no es un cauce constante, sino un río con rápidos, remansos y meandros. Algunos días, el flujo del conocimiento avanza sin problemas, mientras que en otros, las ideas se estancan. En las aulas de España, esa elección entre la jornada continua o partida parece reflejar algo más profundo: una batalla entre lo que es cómodo para los adultos y lo que podría ser beneficioso para los niños.
Pero la educación no debería ser una cuestión de conveniencia. Nos olvidamos de que, en los pequeños detalles de la vida diaria, el alma del estudiante se forma. Las pausas para comer, para pensar, para soñar despierto en el sol del mediodía, son tan esenciales como la lección de matemáticas o la lectura de historia. Nos aferramos a los relojes, como si los minutos fueran lo que importan, cuando en realidad es el espacio entre los minutos, el respiro, lo que puede marcar la diferencia.
Me pregunto si acaso estamos mirando el problema de forma equivocada. Mientras discutimos sobre las horas, sobre los relojes y las campanas que marcan el fin de una clase, olvidamos la textura misma de la experiencia educativa. En esas aulas silenciosas, o ruidosas, cada niño es un mundo, una constelación de pensamientos que brillan y se apagan en ritmos que ninguna jornada, ni partida ni continuada, puede dominar por completo.
Quizá, en última instancia, la respuesta no sea una ni otra. Quizá debamos recordar que lo importante no es si el día escolar tiene una pausa en medio, sino si ese día, en su conjunto, nutre la imaginación, desafía el intelecto y, sobre todo, permite que la vida, en todo su desorden y belleza, entre por las ventanas abiertas de la escuela.
´Jubilado, analista de la realidad´
17/09/2024
En los pasillos donde el eco de los pasos de niños resuena, donde la luz se cuela por las ventanas de las aulas y cae sobre los pupitres de madera, yace una pregunta que, como tantas otras en la vida, no tiene una respuesta clara. ¿Qué forma debe tomar la jornada escolar de nuestros hijos? ¿Debe extenderse sin interrupciones, como una línea inquebrantable de horas, o dividirse en fragmentos, como la marea que avanza y retrocede?
Mientras observamos cómo el reloj marca el paso del tiempo, nos percatamos de que el verdadero conflicto no radica únicamente en el horario. Los relojes, esos dispositivos impacientes, son meras sombras de algo más profundo. Lo que se disputa es la esencia del aprendizaje: cómo la joven mente absorbe, se expande, se cansa, y finalmente florece o se marchita. El reloj es solo una medida externa de ese proceso misterioso.
En Finlandia, he oído que el día escolar es breve, condensado en pocas horas de una intensidad casi poética. Allí, el sistema educativo parece un jardín donde cada planta tiene el espacio exacto para crecer. Los niños respiran, piensan, crean, todo bajo un cielo de aprendizaje en el que la lluvia del conocimiento cae suavemente, sin agobio, sin estruendo. En contraste, en Corea del Sur, el día es largo, casi eterno, como si el sol nunca se pusiera en el horizonte del estudio. Los estudiantes allí parecen almas que navegan incansables en un mar interminable de exámenes, metas y expectativas.
Y sin embargo, ambas naciones se colocan en la cúspide de los resultados académicos. ¿Es el tiempo, entonces, quien gobierna la mente de los estudiantes, o hay algo más? Quizá no sea cuestión de horas, sino de cómo esas horas son vividas. En el primer caso, el tiempo parece un compañero amable, que ofrece pausas para la reflexión, mientras que en el segundo, el tiempo se convierte en una sombra que persigue, siempre al acecho.
Pienso en España, ese país de contrastes, donde el sol brilla con fuerza y las sombras se alargan por la tarde. Aquí, la decisión entre la jornada partida o continuada ha fraccionado el sistema educativo, como si el país mismo estuviera dividido entre dos maneras de entender la vida. La jornada partida, que ofrece un respiro a mitad del día, un regreso al hogar, un momento para el descanso. Y la jornada continuada, que impulsa a los estudiantes hacia un final más rápido, liberando las tardes para actividades de todo tipo, o quizá para nada en absoluto.
La vida, como la educación, es fragmentaria. No podemos trazar líneas rectas sobre la experiencia humana, como si cada momento fluyera sin interrupciones hacia el siguiente. La mente de un niño no es un cauce constante, sino un río con rápidos, remansos y meandros. Algunos días, el flujo del conocimiento avanza sin problemas, mientras que en otros, las ideas se estancan. En las aulas de España, esa elección entre la jornada continua o partida parece reflejar algo más profundo: una batalla entre lo que es cómodo para los adultos y lo que podría ser beneficioso para los niños.
Pero la educación no debería ser una cuestión de conveniencia. Nos olvidamos de que, en los pequeños detalles de la vida diaria, el alma del estudiante se forma. Las pausas para comer, para pensar, para soñar despierto en el sol del mediodía, son tan esenciales como la lección de matemáticas o la lectura de historia. Nos aferramos a los relojes, como si los minutos fueran lo que importan, cuando en realidad es el espacio entre los minutos, el respiro, lo que puede marcar la diferencia.
Me pregunto si acaso estamos mirando el problema de forma equivocada. Mientras discutimos sobre las horas, sobre los relojes y las campanas que marcan el fin de una clase, olvidamos la textura misma de la experiencia educativa. En esas aulas silenciosas, o ruidosas, cada niño es un mundo, una constelación de pensamientos que brillan y se apagan en ritmos que ninguna jornada, ni partida ni continuada, puede dominar por completo.
Quizá, en última instancia, la respuesta no sea una ni otra. Quizá debamos recordar que lo importante no es si el día escolar tiene una pausa en medio, sino si ese día, en su conjunto, nutre la imaginación, desafía el intelecto y, sobre todo, permite que la vida, en todo su desorden y belleza, entre por las ventanas abiertas de la escuela.
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