El piropo: ¿galantería o acoso?


Pepe Rojas Molina
´Jubilado, analista de la realidad´


14/09/2024

Hoy quiero hablar del ´piropo´, esa expresión popular que durante siglos ha formado parte del folclore y las relaciones sociales, y que se encuentra hoy en el centro de una controversia que refleja los cambios culturales y sociales en torno a la valoración de la figura femenina. Aunque en su origen la palabra proviene del griego pyropos —que significa "fuego en los sentimientos"—, lo que solía ser un halago poético y galante, ahora se enfrenta a una crítica cada vez más severa, vista por muchos como una forma leve de acoso sexual.

Entre la tradición y la modernidad

El piropo, tal y como lo define la Real Academia Española, es un "dicho breve con el que se pondera alguna cualidad de alguien, especialmente la belleza de una mujer". Durante siglos, ha sido parte del cortejo, especialmente en los ámbitos más tradicionales. El Diccionario de Autoridades del siglo XVIII ya lo describía como una "palabra dulce y amorosa con que se expresa la ternura del amor". Incluso el "Manual del Cortejo" de 1839 lo celebraba como una forma elevada de galantería, con requiebros que, en su momento, podían ser tan valiosos como las joyas con las que se comparaban.

Sin embargo, el piropo ha evolucionado, o mejor dicho, ha involucionado en ciertos contextos. Lo que antes era visto como una expresión elegante y poética, hoy en día, especialmente en espacios públicos como la calle o en encuentros, ha adquirido un tono intrusivo y, en ocasiones, ofensivo. Aquí es donde radica la polémica: ¿puede un piropo seguir siendo una expresión de admiración inocente o se ha convertido, en muchos casos, en una forma de acoso?

La dualidad del piropo en la actualidad

La respuesta a esta pregunta depende del contexto y del punto de vista. Para algunos, el piropo sigue siendo un galanteo inofensivo, una tradición cultural que no debe desaparecer. De hecho, muchos hombres todavía lo ven como un cumplido, creyendo que, si una mujer camina de forma sugerente o vestida con ropa llamativa, el piropo atrevido es una respuesta "natural" pero nunca debe llegar a la ofensa.

Sin embargo, las mujeres, en su mayoría, ya no lo perciben de la misma manera. Para ellas, lo que antes era un halago se ha transformado en una forma de acoso, una intromisión no deseada en su espacio personal. La situación se complica aún más cuando, en nombre de la modernidad y los cambios sociales, se intenta llevar el piropo al ámbito legal, sancionando incluso las expresiones más inofensivas. Esto ha generado un debate sobre si es justo clasificar el piropo como una agresión sexual, equiparándolo a actos mucho más graves.

¿Un arte en desuso?

En un mundo cada vez más digitalizado y marcado por cambios en las relaciones interpersonales, el piropo ha perdido terreno. Lo que alguna vez fue una práctica común entre los jóvenes como forma de seducción, hoy ha sido desplazado por las interacciones en redes sociales y aplicaciones de mensajería. El piropo, tal como lo conocemos, parece haber quedado extemporáneo. La sutileza y la poesía que antes lo caracterizaban han sido reemplazadas por mensajes más directos y menos románticos.

De hecho, entre los jóvenes de hoy, el piropo ha dejado de ser un recurso de seducción, quedando relegado a generaciones anteriores. Y es que, en una sociedad cada vez más consciente de la igualdad de género y del respeto a la privacidad, el piropo puede sentirse fuera de lugar, como un vestigio de otra época.

La frontera difusa entre halago y acoso

Lo más delicado en este tema es la fina línea que separa el halago del acoso. La interpretación del piropo depende no solo de la intención de quien lo dice, sino también de la percepción de quien lo recibe. En este sentido, el problema radica en el espacio público, donde el piropo puede transformarse en una forma de invasión. Lo que para algunos puede ser una expresión espontánea de admiración, para otros, especialmente en tiempos de concienciación sobre la violencia de género, es una manifestación de poder y control.

Además, los estereotipos que perpetúan los piropos, especialmente los dirigidos hacia las mujeres, también reflejan una visión reduccionista de la feminidad, asociándola exclusivamente con la belleza física. Esto, en un contexto histórico donde el cuerpo femenino ha sido idealizado, mitificado e incluso sacralizado, nos lleva a reflexionar sobre la relación entre el piropo y la objetivación de la mujer.

¿Ha llegado el momento de despedirnos del piropo?

El piropo ha formado parte de la historia de las relaciones humanas, desde los tiempos de Adán y Eva hasta la literatura de Don Juan. Sin embargo, en el mundo actual, el piropo enfrenta un dilema. ¿Debe desaparecer por completo bajo el escrutinio de los nuevos valores sociales o es posible encontrar una forma de expresarlo que no resulte ofensiva?

La realidad es que el piropo callejero, tal como lo conocíamos, está pasado de moda. En su versión más vulgar y descontextualizada, ya no tiene cabida en una sociedad que busca el respeto mutuo y la igualdad de géneros. No obstante, llevar el piropo a la ley para sancionarlo es una exageración que ignora la diferencia entre un cumplido genuino y un acto de acoso. La cuestión de fondo es de buen gusto y respeto. Si logramos encontrar ese equilibrio, quizás el piropo pueda volver a ser lo que alguna vez fue: una forma sutil de admiración.

Como bien diría mi buena amiga Kika, tenemos que dejar de ser unos ´cromañones´ y vivir la verdadera realidad del siglo XXI. Todo tiene su tiempo, el piropo también. ¿Ya pasó de moda? Hoy el respeto también se mide obviando esa antigua costumbre de elogio que debiera ser más sincera valorando más las cualidades personales, las habilidades o los logros, donde se reconozca el esfuerzo y los méritos conseguidos.

 "Cambio piropo por un gesto de amabilidad", podría ser la fórmula. Pequeñas acciones cotidianas que demuestren consideración y respeto hacia la otra persona, sea del género que sea, es otra forma de piropear más actual y permisiva.   


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