La productividad como el gran reto pendiente de la economía española
Pepe Rojas Molina
´Jubilado, analista de la realidad´
27 de septiembre de 2024
La economía española tiene grandes y graves amenazas, y no lo digo yo, lo dice la realidad. Factores como la grandísima deuda pública que parece no tener tope, es una bomba de relojería que cada gobierno promete desactivar pero que sigue creciendo como si alguien hubiera perdido el manual de instrucciones. Mientras otros países intentan ponerle freno, aquí parece que hemos decidido que la deuda es como las croquetas: cuanto más, mejor. Total, si explota, ya veremos quién se encarga de limpiar los escombros.
Luego está nuestra dependencia de Alemania, que ya no es el motor europeo, sino el coche viejo que está más tiempo en el taller que en la carretera. Este año ha caído en recesión, y como buenos vecinos, nosotros, en lugar de ayudarles a empujar, estamos más pendientes de ver cuánto nos arrastra su mala racha. Si Alemania estornuda, nosotros cogemos la gripe, y este año parece que el invierno será largo.
Pero, como siempre, hay más. Las escaladas bélicas en Ucrania y la crisis eterna de Oriente Medio, ahora con Gaza y el Líbano como epicentros del caos. Nos afecta, pero lo peor está por venir. El repunte inesperado de la inflación, que aunque ahora esté “controlado” (si es que alguien puede decir eso con una sonrisa convincente), amenaza con reventar al final de año. Porque claro, si hay algo que España domina es el arte de prever lo imprevisible y después sorprenderse cuando las previsiones fallan.
Y ahora el plato fuerte: Donald Trump. Si vuelve en noviembre, no será solo el retorno de la política del espectáculo, será también el retorno del proteccionismo más brutal. El impacto en la inflación será, como siempre, negativo. Porque si algo sabemos, es que el proteccionismo funciona igual que una dieta a base de pizza: rápido y placentero al principio, pero un desastre a largo plazo. Si a eso le sumamos el riesgo de una guerra comercial con China y la pérdida del apoyo de EE. UU. a Ucrania, podríamos estar viendo cómo Putin descorcha el champán y se prepara para redibujar Europa a su antojo.
A todo ello le añadimos el fantasma del populismo, que recorre Europa como una película de terror mal escrita, poniendo en peligro todo lo que suene a gestión racional: fondos europeos, transición energética, digitalización o el gasto en defensa. Básicamente, cualquier cosa que requiera más de dos neuronas y un plan a medio plazo. Mientras tanto, en España seguimos con nuestras pequeñas batallas internas, esperando que el mundo no se derrumbe antes de que nos demos cuenta de que ya estamos dentro del terremoto.
Pues bien, no está mal como aperitivo. En España tenemos otro plato fuerte y difícil de digerir: la baja productividad, ese viejo caballo de batalla que llevamos arrastrando por años. El país que da más titulares por su tasa de paro que por sus avances en eficiencia. En un mundo que avanza a ritmos acelerados, España parece empeñada en ir a la zaga, con un crecimiento anual de la productividad del 0,77%. ¡Ni siquiera llega al 1%! Claro, al lado de la media europea (1,05%) o del todopoderoso Estados Unidos (1,4%), uno se pregunta si las siestas nacionales se han convertido en una metáfora del ritmo al que se desarrolla la economía.
Por si fuera poco, la productividad por hora trabajada en España la sitúa al lado de Italia, otro país que parece más preocupado por la producción de café que por la de bienes y servicios. Y no es que no lo intentemos, pero cuando tu estructura laboral está dominada por contratos temporales, ¿quién se va a preocupar por aprender algo más allá de lo justo y necesario? Para qué, si en un par de meses igual ya estás fuera, ¿no? Así es difícil aspirar a que las empresas inviertan en formación o que los trabajadores se comprometan a mejorar sus habilidades.
Luego está el tema de la inversión en I+D, esa eterna promesa que parece más un mito que una realidad en la tierra de la improvisación. Mientras los nórdicos invierten como si no hubiera mañana, en España la investigación y el desarrollo sigue siendo visto como un lujo, no como una necesidad. Claro, después nos quejamos de que nuestras PYMEs, el motor de nuestra economía, no pueden competir con las grandes multinacionales en tecnología. Pero, ¿cómo van a hacerlo si ni siquiera tienen los recursos para sobrevivir más allá de la siguiente declaración trimestral del IVA?
Y no olvidemos a los sectores productivos que destacan por su alto valor añadido: tecnologías de la información, farmacéutica, seguros. Es curioso cómo mencionamos estos sectores, pero parece que el resto de la economía sigue anclada en el siglo pasado, dominada por pequeñas y medianas empresas que, con suerte, consiguen mantener el tipo. La estructura empresarial en España es una especie de “jardín zen”: mucha meditación y poca acción.
Las comparaciones con otros países son inevitables y dolorosas. Alemania, Francia, los Países Bajos... todos ellos avanzando en su carrera por la productividad mientras España sigue estancada. ¿Será que hemos convertido nuestra lentitud en un arte? No lo sé, pero lo cierto es que mientras otros invierten en educación, formación y digitalización, nosotros seguimos debatiendo sobre cómo ajustar los contratos temporales sin hacer cambios de fondo. Así no se llega lejos.
¿Y las soluciones? Suenan a déjà vu. Reformas laborales, inversión en I+D, digitalización, simplificación administrativa... Es el mismo disco rayado de siempre, pero ¿alguien está viendo los resultados? Pareciera que cada vez que España intenta mejorar su productividad, el esfuerzo se diluye en un mar de burocracia, trámites interminables y políticas públicas que parecen más diseñadas para frenar que para impulsar el progreso. Al final, la productividad española es como el Guadiana, aparece y desaparece sin que sepamos muy bien por qué ni cuándo.
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