Suecia, el país del temperamento sereno y la naturaleza majestuosa
Pepe Rojas Molina
´Jubilado, analista de la realidad´
28 de septiembre de 2024
Suecia tiene la pinta de un país con tanto orden que asusta. Y su geografía no se queda atrás. Playas, montañas, bosques y lagos, todo en su sitio, como si la naturaleza allí también respetara el “lagom”, ese concepto sueco de "ni mucho ni poco, lo justo". El clima varía según te muevas hacia el norte o te quedes en el sur. En el sur, los suecos disfrutan de inviernos suaves, aunque para nosotros, claro, eso de "suave" lo cuestionaríamos. Al norte, la cosa ya se pone seria: inviernos largos, fríos y oscuros, tan oscuros que dan ganas de mudarse a otro continente. Esos inviernos te obligan a mirarte al espejo, a valorar la introspección, a preguntarte cosas como si realmente necesitabas comprar ese mueble de Ikea que lleva semanas sin armar.
Esos inviernos duros no son solo para fortalecer el cuerpo, también templaron el alma sueca. Han aprendido a convivir con la discreción y la tranquilidad como si fuera una virtud divina. Y claro, nosotros, los españoles, en contraste, damos la vida por la pasión y el desorden. Aquí el ruido es parte de la vida, y si no se escucha un debate encendido en la sobremesa, te preguntas si algo va mal. Mientras los suecos valoran su tiempo a solas, los españoles armamos corrillos por cualquier cosa, y si no hay un abrazo en cada reunión, es que no hubo encuentro.
Suecia tiene su Midsommar, esa fiesta donde celebran el solsticio de verano bailando alrededor de un palo decorado con flores. Los suecos se sueltan el moño, comen arenques y papas como si no hubiera mañana. Pero hasta en esa fiesta de alegría suelta, los suecos son tan comedidos que no les sale el alma. En España, una fiesta como esa duraría una semana y terminaría con todos borrachos cantando "Paquito el Chocolatero". Mientras ellos celebran a Santa Lucía en diciembre, con niñas vestidas de blanco cantando canciones tradicionales, nosotros decoramos las calles y gritamos villancicos desafinados, que para eso nos sobran las ganas.
Lo que Suecia ha sido en la historia, desde la época de los vikingos, es algo que siempre me ha fascinado. Los suecos no se dedicaron a saquear como sus vecinos nórdicos; no, ellos eran más de comerciar. Irónicos, porque mientras el resto de Europa vivía guerras interminables, los suecos negociaban como si fueran los suizos del norte. Y cuando llegó Gustavo Adolfo en el siglo XVII, Suecia se metió de lleno en la Guerra de los Treinta Años. Después, viendo que eso del conflicto no era lo suyo, se acogieron a la neutralidad como quien se mete en la cama un domingo lluvioso. Les funcionó: evitaron las Guerras Mundiales y se concentraron en ser un país de bienestar.
Ahora, en pleno siglo XXI, los suecos tienen su modelo social casi perfecto. Son pioneros en derechos, y hasta la igualdad de género la llevan por bandera. El respeto a la naturaleza, su educación gratuita y su salud pública son envidiables. Todo tan correcto que llega a irritar. Mientras tanto, en España, seguimos discutiendo si la educación debe ser jornada continua o partida, como si fuera el dilema más importante de la humanidad
Ah, pero no todo es de color de rosa en el reino de Suecia. Detrás de su fría cortesía, los suecos son emocionalmente distantes. El respeto a la privacidad y su formalidad exacerbada hace que muchas veces parezcan personajes sacados de una novela de Kafka. Eso de la espontaneidad no se lleva, y la lentitud en tomar decisiones —debido a su empeño en evitar cualquier conflicto— puede desesperar a cualquiera. Mientras ellos se toman todo con calma, aquí en España vivimos en una constante prisa, dejando todo para el último momento y confiando en que el caos nos salvará.
Los suecos son como son, y nosotros, bueno, somos nosotros. Donde ellos buscan el equilibrio y el consenso, nosotros buscamos la pasión y la intensidad. Donde ellos huyen del conflicto, nosotros lo enfrentamos con una sonrisa burlona y, si es posible, una tapa en la mano. Y así seguiremos, como el ying y el yang, dos maneras opuestas de entender el mundo. Pero si algo está claro es que, al final del día, ni los suecos cambiarán su compostura glacial, ni nosotros dejaremos de armar ruido.
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