Suníes y Chiítas: El eterno ajedrez de poder en el mundo islámico
Pepe Rojas Molina
¨Jubilado, analista de la realidad¨
30 de septiembre de 2024
El tablero geopolítico del mundo islámico se dibuja con las líneas de la religión, pero son los intereses, la historia y el poder quienes trazan los contornos más gruesos. La dicotomía entre suníes y chiitas es un eje central que no solo atraviesa las fronteras, sino que las arrastra consigo, convirtiendo a la fe en herramienta de influencia, control y resistencia. Sin embargo, reducir los conflictos a esta simple rivalidad sería una afrenta a la complejidad que esconden las arenas de Oriente Medio, el Magreb y Asia Central.
Tomemos, por ejemplo, a Irán, bastión chiita indiscutible. Aquí la teocracia ha utilizado el chiismo no como un dogma pasivo, sino como una plataforma para expandir su esfera de influencia, llevando su bandera desde Irak hasta Líbano, pasando por Yemen. El gobierno iraní ha entendido que la religión, en el entramado de la política internacional, puede ser un medio más eficaz que el petróleo. En Irak, el cambio de régimen tras la invasión estadounidense en 2003 dejó a los chiitas al mando, y desde entonces, el país ha quedado como un campo de batalla entre la influencia de Teherán y los intentos de las potencias occidentales por contenerla.
Por otro lado, Arabia Saudita, ese gigante sunita que se mueve con la agilidad de un elefante en una tienda de porcelana, ha mantenido su influencia regional a fuerza de petrodólares, pactos estratégicos y la exportación del wahabismo, esa versión estricta y puritana del islam sunita que ha ganado adeptos a lo largo de África, Asia y hasta Europa. Los sauditas, celosos de su papel como guardianes de los lugares santos del islam, no han hecho más que consolidar su rivalidad con los chiitas, encarnados en Irán. Lo que empezó como una cuestión teológica, se ha convertido en una pugna geopolítica de alcance mundial.
A medida que se mira el mapa, uno no puede evitar sentir que cada país islámico es una pieza en un gran juego de ajedrez, donde las fichas no son solo suníes y chiitas, sino también intereses sectarios, étnicos y de poder. Líbano es el ejemplo perfecto de esto: un pequeño país donde Hezbolá, ese brazo armado chiita financiado y alimentado por Irán, ha tejido una telaraña de poder en la que todo gobierno, sea sunita, cristiano o maronita, se enreda. A cada ataque o conflicto en la región, los ecos reverberan en Beirut y sus vecindades, donde la religión no solo es creencia, sino moneda de cambio.
Pero la religión, en su uso geopolítico, no es solo una cuestión de mayorías o minorías. Baréin, una pequeña isla en el Golfo Pérsico, está gobernada por una dinastía sunita, aunque la mayoría de su población es chiita. Este equilibrio frágil es mantenido a punta de represión y asistencia militar extranjera. Es un espejo que refleja el miedo de las monarquías sunitas del Golfo: que las mayorías chiitas tomen el control, como en Irak, y se desate una ola de inestabilidad que termine por incendiar todo el Golfo.
Mientras tanto, países como Siria e Irak son ejemplos de estados donde el chiismo y el sunismo no sólo conviven, sino que chocan, no en debates teológicos, sino en campos de batalla reales. El régimen alauita de Bashar al-Assad, una rama del chiismo, se sostiene en un país de mayoría sunita gracias al apoyo iraní y ruso, convirtiendo a Siria en un mosaico de enfrentamientos sectarios y estratégicos. La guerra civil siria no es solo una guerra contra el yihadismo, sino una contienda por la hegemonía chiita o sunita en la región.
Y todo este conflicto, tan ancestral como moderno, tan enraizado en la teología como en la realpolitik, se extiende más allá de las fronteras del Medio Oriente. En países como Pakistán y Afganistán, donde la mayor parte de la población es sunita, las minorías chiitas sufren una violencia que es casi invisibilizada por la guerra global contra el terrorismo. Aquí, la línea entre secta religiosa y enemigo político es difusa, y los muertos caen tanto por la espada del extremismo sunita como por la mano oculta de las potencias que juegan en este tablero.
La política del islam no puede ser entendida sin su complejidad, sin ver que la religión es un lienzo donde cada gobierno, cada grupo de poder y cada nación pinta su propio interés. Ni todos los chiitas son revolucionarios ni todos los sunitas son conservadores, pero ambos bandos han encontrado en la fe las herramientas para librar sus batallas, desde las más simbólicas hasta las más sangrientas. ¿Son los chiitas belicosos? No más que los sunitas, no más que cualquier grupo que ha sido oprimido y que, cuando tiene el poder en sus manos, lo defiende con el fervor del converso.
En este ajedrez, cada movimiento parece ser definitivo, pero la partida nunca termina. Los reyes y los peones se sustituyen, pero el tablero sigue manchado de sangre y petrodólares, y en cada esquina se escucha la plegaria que en el fondo es una advertencia: "Alá es grande", pero también lo son los intereses que mueven a quienes lo invocan.
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