Un renglón emotivo de mi vida: Oviedo

Pepe Rojas molina

´Jubilado, analista de la realidad´

 21 de septiembre de 2024

Es curioso cómo el tiempo se despliega en capas, como esas montañas que flanquean los valles de Asturias, y uno se pierde en ellas como en una niebla que a la vez es memoria y es vida. Oviedo, la ciudad que me vio nacer, emerge de esos recuerdos con la fuerza de lo inevitable, como si cada paso que he dado desde entonces no fuera más que un eco de aquel primer latido, de aquellas calles húmedas, de aquellos descampados donde jugar sin descanso .

Nací en un lugar que ahora me parece casi mítico, no tanto por su grandeza, sino por su presencia constante en mi alma, como una melodía que nunca deja de sonar. Los primeros años transcurrieron entre las risas de los amigos, el calor de la familia y esa sensación de pertenecer, de estar en el sitio preciso donde la vida se desplegaba con naturalidad. Sin embargo, cuando tenía catorce años, la vida cambió de rumbo. Madrid, ese monstruo inmenso y seco, nos recibió con la aspereza de lo nuevo, con el sabor agrio de lo que se acepta a regañadientes.

Recuerdo a mi madre hablando del clima, de cómo el aire húmedo de Asturias le pesaba en los pulmones, cómo Madrid le prometía una ligereza que nunca acabé de entender. Mi padre, más arraigado en la tierra que en los sueños, no estaba convencido. ¿Cómo abandonar aquello que ya se había construido, la vida compartida con los Molina, la familia que éramos y que tanto nos había costado formar? Pero así fue. Nos fuimos.

Ahora, cuando me siento a recordar y a escribir, las palabras fluyen como si de verdad pudiera volver a aquel Oviedo, como si el mero acto de evocar las calles y las plazas, las voces y los silencios, me permitiera recuperar lo que se fue. Es inevitable emocionarse, porque ¿cómo no hacerlo cuando pienso en mi tierrina? "Asturies ye la leche", dicen los paisanos, y es que no hay otra forma de describirlo. Paraíso natural lo llaman, y cada vez que lo escucho, algo dentro de mí asiente con profunda convicción. No es solo el paisaje, no, es la gente, la historia que corre por las venas de cada rincón, es el aire mismo, cargado de sal y de montaña, de siglos y de vidas entrelazadas.

Dicen que los primeros años de vida nos marcan para siempre, y qué cierto es. En esa Oviedo de los 60 y 70 se cimentó mi alma, como si cada piedra del casco antiguo, cada gota de lluvia que empapaba las aceras, hubiera dejado una huella indeleble en mi ser. Allí, entre los abuelos, los tíos, los primos y amigos, la vida se desplegaba con una simplicidad que ahora, con los años, parece casi mágica. Cada pequeño detalle de aquellos años sigue conmigo, enredado en mis recuerdos, como si nunca hubiera salido de esas calles, aunque hace décadas que mi cuerpo se fue.

Escribo estas memorias como quien teje una tela delicada, consciente de que cada palabra me acerca a lo que fui, a lo que siempre seré: un niño de Oviedo, a pesar del paso del tiempo, a pesar de los kilómetros.

Oviedo, la ciudad que mis padres escogieron como refugio cuando llegaron de Andalucía en los años 50, cargados de esperanza, pero también de miedo, de incertidumbre. Era una España rota, reconstruyéndose entre los escombros de la guerra, y Oviedo no era la excepción. Todo estaba por rehacer. La Universidad, la Catedral, el Teatro Campoamor... todo había sido herido por la batalla, y aunque la ciudad no era industrial, servía como corazón administrativo y cultural de una Asturias que se movía al ritmo de las minas y las fábricas de armas.

Recuerdo la fábrica de armas junto a la iglesia de Santullano, donde fui bautizado y donde, años más tarde, haría mi Primera Comunión junto con mi hermano Juan. Esos domingos en familia, recién bañaditos, caminando hacia la iglesia, sintiendo la brisa fresca en la cara, son parte de los recuerdos que más atesoro. Cada paso en esa dirección me conectaba con algo profundo, algo que sigue ahí, inalterado, aunque todo a mi alrededor haya cambiado.

Y luego, claro, llegaron los 60, esa década prodigiosa que transformó Oviedo y también mi vida. Crecimos entre la modernización y el cambio, pero siempre con un pie en la tradición, en esa esencia que nunca se marchó. Veíamos cómo las calles se llenaban de casas nuevas, cómo los barrios se extendían, cómo la ciudad crecía para acoger a todos esos inmigrantes que llegaban, como mis padres, buscando una vida mejor. Recuerdo los días en el barrio de "la Inmobiliaria", en la calle Bermúdez de Castro. Aquel segundo piso abarrotado de gente, de risas, de conversaciones que llenaban el aire de vida. Allí se forjó mi carácter, en esa camaradería que nos unía a todos, en la necesidad de ayudarnos mutuamente, de ser una familia en el sentido más amplio y profundo de la palabra.

Después vino Vallobín, un barrio nuevo, lleno de promesas y de sueños. Tenía entonces 8 o 9 años, y el mundo parecía inmenso, lleno de posibilidades. No éramos conscientes del cambio que estábamos viviendo, de cómo Oviedo se transformaba a nuestro alrededor. Pero lo que sí sabíamos, lo que sentíamos en cada rincón, era esa conexión con la tierra, con la ciudad, con lo que éramos y siempre seríamos.

Oviedo sigue siendo para mí ese lugar donde el corazón y la mente se encuentran. Y aunque hoy viva lejos, cada vez que regreso, algo en mí despierta, algo que nunca estuvo del todo dormido.


Son los primeros renglones de mi vida en mi ciudad del alma, Oviedo.

https://youtu.be/dIDnbwf4Kg8

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