El Tribunal Supremo condena a un banco por incumplir los deberes de custodia de los fondos de un cliente vulnerable por razón de su discapacidad

Pepe Rojas molina

´Jubilado, analista de la realidad´

10 de octubre de 2024

La noticia que hoy sale a la luz no es solo otro de esos escándalos financieros que solemos ver a diario. Es el drama de la indefensión de un joven vulnerable, condenado por el destino y traicionado por quienes debían custodiar lo poco que le quedaba: su dignidad y sus derechos. El Tribunal Supremo ha condenado a un banco por algo que debería ser inadmisible en una sociedad que presume de justicia: el incumplimiento de los deberes de custodia de los fondos de un cliente con discapacidad, víctima de un atropello que marcó su vida desde la infancia.

Todo empezó con un accidente que, siendo niño, lo dejó incapacitado de por vida. Su cerebro, dañado irreversiblemente, ya no podía responder como antes, y fue declarado incapaz por la justicia.
Sus padres, a quienes la ley otorgó la responsabilidad de proteger su futuro, recibieron una indemnización cuantiosa por el desastre que destrozó su juventud. Pero lo que debía ser un apoyo para un chico con un horizonte incierto, se convirtió en su condena.

¿Y el banco? Ese gigante financiero, que debía proteger los ahorros del joven incapacitado, optó por mirar hacia otro lado
mientras permitía que esos fondos se esfumaran para pagar las deudas de la empresa del padre, en connivencia con el propio banco. Las transferencias, que debían haber levantado alarmas, fluyeron sin problemas, sin ninguna exigencia de autorización judicial, sin preguntas, sin escrúpulos. Porque claro, ¿qué puede saber un cliente vulnerable, cuyo cerebro no funciona como antes, de contratos, de transferencias y de dinero?

Y
mientras tanto, el banco se lucraba. Las primeras instancias de la justicia intentaron absolver a la entidad financiera, escudándose en tecnicismos legales, pero ahora, el Tribunal Supremo ha dejado claro que las entidades bancarias tienen un deber sagrado, especialmente con los más vulnerables. No es una cuestión de formalismos, es una cuestión de humanidad. El dinero de ese joven no podía haberse destinado a satisfacer las deudas ajenas, mucho menos las del propio banco que, con plena conciencia, permitió que se saquease el futuro de un ser indefenso.

Este caso, más allá de la frialdad de los despachos judiciales, es un recordatorio desgarrador de que, en este mundo de tiburones financieros, aún hay víctimas que necesitan ser defendidas, aunque sea demasiado tarde.


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