El TSJ desestima conceder la incapacidad permanente a un consultor informático de Madrid con migraña crónica

Pepe Rojas Molina

´Liberado, analista de la realidad´

14 de octubre de 2014
El TSJ de Madrid ha desestimado conceder la incapacidad permanente a un consultor informático con migraña cronificada con sobreuso de analgesia.
Las migrañas de Don Joaquín y la lógica cuadrada de la justicia
Si algo nos enseña el caso de Don Joaquín, en esta sentencia judicial, de este humilde trabajador de la informática, es que la justicia española tiene la delicadeza de un bulldozer.


En su recurso de suplicación, Joaquín se enfrenta a un tribunal que parece tener un concepto tan esquemático de la realidad como una hoja de Excel mal configurada. En el juicio, no importa que las migrañas de Joaquín le taladren el cerebro como un martillo neumático o que sus episodios de estrés lo conviertan en un ser casi irreconocible. Lo único que interesa es si puede o no seguir cumpliendo con la fría lista de "exigencias" que su trabajo de consultor informático supuestamente demanda.


El INSS ya había negado la solicitud de incapacidad permanente de Joaquín, amparado en un informe médico de síntesis tan sintético que parece más escrito por un robot que por un ser humano. ¿La razón? Según ellos, 

las migrañas no lo incapacitan de manera "suficiente" para dejar de hacer su trabajo.

 Claro, porque, en el universo paralelo del INSS, 

las migrañas no cuentan como enfermedad crónica, sino como un molesto dolorcito de cabeza que se arregla con una siesta o un paracetamol.
La sentencia es un auténtico recital de tecnicismos legales. El tribunal, con la rigidez que solo la burocracia es capaz de sostener, se apoya en el artículo 194.4 de la Ley General de la Seguridad Social. Según esta, para declarar la incapacidad permanente total, el trabajador debe estar inhabilitado para realizar las tareas fundamentales de su profesión. Pero claro, ¿qué son las "tareas fundamentales" para un tribunal que jamás ha estado frente a una pantalla 12 horas al día, con la cabeza a punto de explotar?


El caso es que Joaquín, desesperado, intenta explicar lo obvio: que su profesión no solo requiere habilidades técnicas, sino también un nivel cognitivo y emocional elevado. Pero el tribunal decide ignorarlo porque la Guía de Valoración Profesional del INSS no se considera una prueba "válida". Porque, claro, ¿qué podrían saber los propios criterios de la institución sobre lo que es o no una incapacidad?

Es casi irónico que el tribunal se aferre a la idea de que Joaquín ha "mejorado". Es decir, si un día tienes menos dolor, entonces todo está solucionado. Bajo esta lógica, cualquier enfermedad crónica es apenas una molestia pasajera, algo que se puede sobrellevar mientras te enchufas a la Matrix de tu trabajo.

 Las migrañas crónicas, que son precisamente eso, crónicas, se consideran irrelevantes si no te dejan incapacitado las 24 horas del día, los 365 días del año.
Lo que realmente sucede aquí es que la justicia y el INSS no saben qué hacer con las enfermedades que no pueden medir con una regla o un termómetro. 

Las migrañas no se ven, no se cuantifican como una pierna rota, no se meten en una fórmula matemática. Pero su impacto es brutal.

 ¿Qué pasa con la fatiga mental, con la incapacidad para concentrarse, con la pérdida de calidad de vida? Todo eso parece no importar en la ecuación.

El caso de Joaquín no es único. Es la representación de lo que miles de enfermos crónicos viven día a día en este país: una lucha contra un sistema que solo entiende de números y plazos, pero que olvida que detrás de esos expedientes hay personas. Personas que, como Joaquín, seguirán sufriendo mientras el tribunal dicta sentencias con su gélido sentido de la justicia y su lógica cuadriculada, sin una pizca de empatía.

Al final, no se trata de si la sentencia está "bien fundamentada", como los expertos jurídicos se apresuran a subrayar. Se trata de una cuestión mayor: 

la incapacidad del sistema para ver más allá del papel, de reconocer que no todas las enfermedades tienen una cura visible ni un final feliz.
Así que ya lo sabes, don Joaquín: ajo y agua, o lo que es lo mismo, cambia de trabajo, que será lo más sensato. Encuentra un empleo donde tus neuronas puedan relajarse.

Fin de la historia.

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