Racismo & discriminación: ¿Denuncias por insultos racistas, y te callas ante la homofobia?
La Audiencia de Sevilla ordena reabrir una causa contra un investigado por insultos racistas contra Vinicius en el estadio Benito Villamarín ocurrido el 5 de marzo de 2023.
Pepe Rojas Molina
´Liberado, analista de la realidad¨
16 de octubre de 2024
El racismo es una herida vieja y persistente, que atraviesa la historia con un filo oxidado.
No es solo el grito en un estadio, ni el insulto en las gradas. Es algo más profundo y silencioso, disfrazado de corrección política y gestos sutiles. Proclamamos igualdad, pero levantamos muros invisibles. El racismo de hoy no necesita cadenas ni látigos; basta con una broma malintencionada, una mirada que se desvía, un rechazo frío y distante. Ese racismo aversivo que no grita, pero que cala. Nos gusta hablar de igualdad, siempre con letra pequeña: derechos, sí, pero que no incomoden. Es el racismo simbólico, la falsa mano tendida. Y luego está el racismo estructural, escondido en las estadísticas, que perpetúa la desventaja.
El racismo no es cosa del pasado; es un fantasma disfrazado de promesas vacías.
La verdadera cuestión es: ¿qué haremos para erradicarlo de una vez?
Pero yo quiero destacar también que existe otro tipo de agresiones que son más frecuentes en los estadios de fútbol, que apenas tienen repercusiones mediáticas ni judiciales,
aunque las gradas se convierten en un teatro de insultos, un festival de agresiones verbales que no distingue ni color, ni raza, ni posición en el campo. No importa el destinatario, si es blanco o negro, si joven o veterano, si árbitro o entrenador;
lo que parece importar es el placer de desahogarse, de dejar caer la bilis de una semana acumulada en ese terreno donde todo parece permitirse.
Pero, ¿por qué se denuncia el racismo con tanta razón y, sin embargo, los insultos que degradan a la persona en otros aspectos, a modo de acoso o bullying, pasan desapercibidos, como si fueran parte del folclore del fútbol?Gritar "¡Eres un inútil enclenque!" al árbitro o "¡Vete a casa cacho mariquita, que estás acabado!", al entrenador es tan común que casi ni lo escuchamos ya. Pero luego vienen otros, más personales, más crueles: "¡Estás gordo!", "¡Menudo patizambo!", "¡Tienes la cara como un zapato!". Insultos que no tienen nada que ver con la jugada ni con el partido, sino con la persona.
Ataques dirigidos a la apariencia física, a los gestos, a lo que, de alguna forma, define la individualidad del ser humano.
Y sin embargo, estos insultos no se persiguen, no se denuncian con la misma contundencia que el racismo. ¿Acaso estas ofensas no degradan también?
El fútbol ha normalizado la violencia verbal.
Es un espacio donde todo vale, porque el fútbol es "pasión", una excusa que parece justificar los peores comportamientos.
Pero si decimos que no toleramos el racismo en ninguna forma, ¿por qué toleramos los insultos basados en la apariencia o en las características personales o simplemente en los gustos sexuales?
¿Es que el dolor que puede causar ser llamado "gordo" o "inútil" o “mariquita” es menor al que provoca un insulto racista?
Ambos son ataques a la dignidad, ambos buscan rebajar al otro a través de lo más superficial.
Denunciamos el racismo, pero dejamos de lado lo que se grita con igual desprecio: que si "eres un gordo que no corre", que si "tienes cara de perdedor afeminado". Y lo peor de todo es que muchos lo consideran parte del "espectáculo". Los gritos vienen desde todos lados, no solo de una minoría radical. Se reparten sin discriminación: al árbitro, al delantero que no marcó, al portero que falló, al entrenador que hizo un mal cambio. Y aunque no sea racismo, aunque no se ataque la etnia o el color, lo que queda es el mismo objetivo: deshumanizar al otro.
Denunciamos el racismo, pero dejamos de lado lo que se grita con igual desprecio: que si "eres un gordo que no corre", que si "tienes cara de perdedor afeminado". Y lo peor de todo es que muchos lo consideran parte del "espectáculo". Los gritos vienen desde todos lados, no solo de una minoría radical. Se reparten sin discriminación: al árbitro, al delantero que no marcó, al portero que falló, al entrenador que hizo un mal cambio. Y aunque no sea racismo, aunque no se ataque la etnia o el color, lo que queda es el mismo objetivo: deshumanizar al otro.
Es momento de preguntarnos por qué hemos llegado a aceptar que en el fútbol, insultar es parte del juego.
Si queremos un deporte más justo, más respetuoso, no basta con señalar el racismo. Hay que reconocer que cualquier insulto que degrade a la persona también es un reflejo de lo peor de nuestra sociedad. No es cuestión de "calor del momento", es un problema de respeto, y hasta que no lo asumamos, seguiremos permitiendo que el deporte más popular del mundo sea también un escaparate para lo más bajo de nuestro comportamiento.
Y no se trata de ser blanco o ser negro, se trata de la discriminación personal a cualquier deportista.
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