El desastre del Estado de las Autonomías

 El verdadero desastre que agrava cada crisis: La descoordinación entre el Gobierno y las autonomías

Los desastres naturales siempre han puesto a prueba la capacidad de respuesta de la sociedad, pero si algo nos dejó claro la última década en España, es que no todos los fenómenos que nos azotan lo hacen de la misma manera. El COVID-19 y la Dana- 24, aunque diferentes en naturaleza, sacan a la luz fisuras importantes en la estructura de nuestro país, desde lo sanitario hasta lo climático, pasando por la descoordinación de las instituciones.


El COVID-19, una pandemia global, no fue un desastre natural en el sentido más clásico, pero sí que devastó el país con una fuerza inesperada. Desde su inicio en 2020, el virus paralizó la economía, sobrecargó el sistema sanitario y llevó a más de 100.000 fallecidos en España. El problema fundamental aquí fue la falta de previsión. 


Nos vendieron durante años la idea de que el sistema de salud era “robusto” y “uno de los mejores del mundo”, pero ¿qué vimos? Hospitales saturados, sanitarios sin equipo adecuado, y decisiones políticas que cambiaban con el viento. Mientras tanto, la respuesta social fue desordenada, con ciudadanos yendo de la alarma al escepticismo, influenciados por la desinformación. La descoordinación entre comunidades autónomas y el Gobierno central solo avivó el caos. Y no olvidemos la gestión tardía de las residencias de ancianos, donde el virus se cebó sin piedad.


Ahora, la Dana de 2024, que azotó el sureste español en los últimos días de octubre, ha sido un ejemplo claro de desastre climático más tradicional: lluvias torrenciales, inundaciones y pérdidas económicas importantes. Este fenómeno no vino de sorpresa. AEMET avisó con tiempo. Además, se sabía, año tras año, que las Depresiones Aisladas en Niveles Altos (Dana) iban en aumento y, sin embargo, las infraestructuras seguían igual de obsoletas. Se nos inunda un túnel en una ciudad del siglo XXI y lo llamamos “inevitable”. 


Las zonas afectadas se repiten: Murcia, La Mancha , Comunidad Valenciana, Andalucía… Siempre las mismas áreas, porque no se ha hecho nada estructuralmente para prevenir. 


El Gobierno, las autoridades locales y los ciudadanos parecen repetir el mismo ciclo de negación y olvido, como si limpiar el barro después de cada tormenta fuera suficiente. Claro, los políticos de turno acuden con botas de agua y promesas de ayudas, pero ¿dónde están las soluciones reales?


La diferencia clave entre ambos desastres es cómo golpean a la sociedad. El COVID-19 fue insidioso, invisible, pero mortal. Exigió una respuesta científica y coordinada que no estuvo a la altura, exponiendo debilidades estructurales. La Dana de este año, en cambio, nos recuerda que el cambio climático es real, pero seguimos sin tener una respuesta seria. Es la impotencia ante la repetición del mismo desastre, la inacción política y el olvido entre un evento y otro. Uno nos desmoronó por dentro; el otro nos anegó por fuera.


Si algo podemos criticar con dureza, es la gestión, siempre la mala gestión. En ambos casos, hubo una falta de preparación y previsión. Enfrentamos las crisis como si fueran episodios aislados, sin aprender de las catástrofes pasadas. ¿Cuántos informes sobre pandemias fueron ignorados antes de 2020? ¿Cuántas recomendaciones sobre cambio climático y planificación urbana se dejan de lado? La negligencia es lo que convierte estos desastres en tragedias evitables. Y esa es la verdadera calamidad.








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