Inundaciones en la rambla del Poyo(Valencia): la crónica de una tragedia anunciada por una DANA que se veía venir

Pepe Rojas Molina

´Liberado, crítico de la realidad´

5 de noviembre de 2024
Las últimas lluvias torrenciales que han sacudido Valencia en octubre dejaron, una vez más, una estela de destrucción en la rambla del Poyo.
Una cuenca hidrográfica obviada muchas veces por las autoridades y que se convirtió en un río furioso y descontrolado, 
con un caudal que llegó a alcanzar los 2.229 metros cúbicos por segundo, ¡cuatro veces el caudal del mismísimo río Ebro! ¿Cómo es posible que este fenómeno, recurrente y previsible, continúe arrasando municipios enteros sin que nadie haga nada?

La rambla del Poyo, también conocida como barranco de Chiva, Torrente o Catarroja, es un curso de agua estacional que serpentea entre las cuencas del Turia y el Júcar. Aunque suene lejano y técnico, para los vecinos de Torrente, Catarroja, Paiporta y Masanasa, este barranco es una amenaza latente. Con una cuenca de 479 kilómetros cuadrados, sus aguas no desembocan en el Mediterráneo, sino que van a parar a la Albufera de Valencia. Pero aquí es donde comienza el problema: una red hidrográfica mal gestionada, con vertidos industriales que, además de contaminar, contribuyen al colapso del ecosistema y agravan el riesgo de inundaciones.
Las raíces del desastre están en la propia geografía caprichosa. 
El barranco de Torrente nace en la sierra de Cabrera, y se forma a partir de la unión de otros barrancos menores: el Grande, el de la Cueva Morica y el de Chiva. Al llegar a Cheste, la rambla se convierte en un canal pedregoso, un embudo que cuando llueve con fuerza no es capaz de drenar todo lo que recibe. Para colmo, a su paso por Ribarroja y la Huerta Sur, la rambla sigue su camino flanqueada por infraestructuras que más que proteger, añaden peligros: puentes, acequias, y hasta edificaciones invaden el cauce natural del agua. En resumen, es un desastre esperando a suceder.
Las cifras son contundentes: en su recorrido, la rambla del Poyo tiene más de 100 cauces secundarios, de los cuales algunos alcanzan hasta 6,37 kilómetros de longitud. 
En cuanto cae una tromba de agua, el sistema se colapsa, las riadas se desbordan y los municipios quedan a merced de la naturaleza. Las lluvias de octubre no fueron la excepción. Las crecidas arrasaron con la mayoría de los puentes que cruzan la rambla en localidades como Torrent, Paiporta y Catarroja. En Picanya, apenas quedó un paso operativo, mientras que en Torrent solo dos de los cuatro puentes resistieron el envite del agua. El caos fue total.

Pero hay más. La contaminación de las aguas ha añadido un ingrediente letal a este cóctel explosivo. Las empresas de la zona vierten sin mucho control sus residuos industriales en la rambla. El resultado es una corriente oscura y pestilente que arrastra consigo aguas insalubres hasta la Albufera, acabando con la vida de la mayoría de las especies de peces en el lago. La situación es insostenible, y lo peor es que se viene repitiendo desde hace años sin que nadie ponga remedio.
El colapso de la gestión
¿Y qué hacen las autoridades ante este despropósito? Lo de siempre: proyectar, prometer y olvidarse. Hace más de una década, en 2007, se planificaron obras para encauzar 41,8 kilómetros del cauce de la rambla y sus afluentes. Se iba a reparar lo que ya existía y se prometía un tramo nuevo de más de 10 kilómetros. ¿El resultado? Obras a medio hacer, infraestructuras que siguen siendo insuficientes y una conexión con el barranco de Torrente que lo único que ha conseguido es incrementar el caudal y el peligro en épocas de lluvias.

Todo este plan no sirvió para evitar la catástrofe de octubre. Y lo que es peor, la situación actual es aún más peligrosa que antes. Los terrenos por los que discurre la rambla están invadidos por edificaciones, huertos y zonas residenciales. Las obras de encauzamiento no han podido eliminar el riesgo, y cada vez que el cielo se desploma sobre Valencia, los vecinos saben que el desastre está a la vuelta de la esquina.
Falta de responsabilidad y alertas ignoradas
En medio de este panorama desolador, la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) lanzó, como corresponde, un Código Rojo para alertar del riesgo de lluvias torrenciales e inundaciones. Se enviaron avisos a Protección Civil, Ayuntamientos, Comunidades Autónomas, y servicios de emergencia. En teoría, todo estaba coordinado, y se esperaba que las autoridades locales, regionales y también las estatales, tomaran medidas preventivas. Sin embargo, algo falló. Y falló a lo grande.

Los vecinos afectados lo dicen con rabia: ¡las alertas no sirvieron de nada!. Los planes de emergencia fueron insuficientes y la coordinación entre administraciones brilló por su ausencia. Los municipios afectados quedaron aislados, con apenas un par de puentes operativos y sin medios para frenar la fuerza del agua. ¿Quién se hace responsable de este despropósito? Nadie parece querer asumirlo, pero está claro que en algún punto del proceso alguien no hizo bien su trabajo, y eso debería depurarse y pedir responsabilidades civiles.
Conclusión: el eterno olvido
La rambla del Poyo es una trampa mortal que lleva años desatendida. Las autoridades no pueden seguir mirando hacia otro lado, mientras las lluvias se cobran vidas y destruyen hogares. Las obras de encauzamiento, los planes de emergencia y la limpieza de los vertidos industriales no pueden esperar más. Si algo nos ha dejado claro esta última tragedia es que el tiempo de las promesas ha pasado. O se actúa ahora, o pronto volveremos a contar otra crónica de inundaciones, destrucción y, por desgracia, pérdida de vidas humanas.
La coordinación entre las distintas administraciones no solo debe, sino que tiene que funcionar al máximo,
 sin excusas ni fisuras, cuando se prevén condiciones meteorológicas tan adversas como las últimas inundaciones. En situaciones de emergencia, hay que dejar a un lado las ideologías, los intereses partidistas y cualquier discrepancia política. Aquí no hay margen para errores ni enfrentamientos. La maquinaria organizativa debe funcionar de arriba a abajo, desde el gobierno central hasta el último ayuntamiento. No podemos permitir que se repitan fallos intergubernamentales que terminan costando vidas, agravando el sufrimiento de la población y multiplicando los daños materiales. La prioridad debe ser, siempre, minimizar las consecuencias para las personas y proteger sus bienes de la mejor manera posible.

Comentarios

Entradas populares de este blog

PRIEGO DE CÓRDOBA, UN RECORRIDO POR SU HISTORIA Y SU ALMA