DISCURSO DE NAVIDAD DEL REY ¿QUIEN LO COMPRA?
¡Que no estamos para retórica, Majestad! Si la vivienda sigue siendo un lujo inalcanzable para muchos, tal vez es porque esos "diálogos" que tanto promueve se pierden en mesas redondas sin solución.
Pero el Rey no se corta en meter baza en temas internacionales. De nuevo, se recubre de la narrativa de la "democracia liberal", la defensa de Europa, los derechos humanos... Muy bonito todo, pero ¿en serio? En un mundo donde las democracia tambalean, donde se cuestiona la libertad en su misma esencia, sería más útil dejar de decir lo obvio y señalar con contundencia a los verdaderos peligros que nos acechan, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras y poner soluciones sobre la mesa.
Finalmente, el Rey cerró con su clásica apelación a la juventud. Qué esperanza en nuestros jóvenes, qué orgullo de país... Sí, los mismos jóvenes que se enfrentan a un mercado laboral precario, con un paro juvenil desorbitado. El Rey parece olvidarse de que no es mérito ni esfuerzo lo que falta, sino oportunidades reales. Pero, claro, es más fácil llenarse la boca de promesas vagas que atacar de perfil las políticas que perpetúan la desigualdad.
En definitiva, un discurso repleto de palabras grandilocuentes, cargado de buenas intenciones... y vacío de autocrítica o soluciones reales.
Pepe Rojas Molina
´Cyrano de la realidad´
viernes, 27 de diciembre de 2024
Aunque me considero, bueno mejor decirlo en pretérito imperfecto, me consideraba monárquico, lo cierto es queel discurso de Navidad del Rey este año, ha dejado un sabor agridulce, más agrio que dulce,
en una España donde lo que más escasea no es precisamente la solidaridad que tanto pregona. Porque claro, hablar de solidaridad está muy bien desde el Palacio Real, pero ¿dónde está la autocrítica a las instituciones que deberían haber prevenido desastres como la DANA? Nada. Ni una palabra sobre las instituciones que fallaron.
Nos habla el Rey de la nobleza del pueblo español, de los voluntarios, de los vecinos que abrieron sus puertas, pero ¿quién les abrió las puertas a las administraciones para que se dieran cuenta de que algo se estaba haciendo mal? Que aquí no se trataba solo de rescatar a gente en azoteas, sino de por qué llegaron a tener que subirse ahí en primer lugar. Y claro,
Nos habla el Rey de la nobleza del pueblo español, de los voluntarios, de los vecinos que abrieron sus puertas, pero ¿quién les abrió las puertas a las administraciones para que se dieran cuenta de que algo se estaba haciendo mal? Que aquí no se trataba solo de rescatar a gente en azoteas, sino de por qué llegaron a tener que subirse ahí en primer lugar. Y claro,
es más fácil endulzar con palabras emotivas y abrazar lo abstracto del "bien común" que apuntar con el dedo a la inoperancia de quienes debían estar mejor coordinados.La "exigencia del bien común" , de hecho fue la frase más veces pronunciada por Felipe VII, es otro de esos mantras de su discurso. Se lo podría haber dicho a esos políticos a los que tanto respeta y que le tienen atado y bien atado, enzarzados en batallas estériles mientras el país se desangra en cuestiones urgentes como el acceso a la vivienda o una economía débil con impuestos sangrantes. Sí, porque de eso también habló. "Diálogo", "escuchar" y "reflexionar", como si el mero hecho de pronunciar esas palabras mágicas fuera a poner un techo sobre las cabezas de miles de jóvenes.
¡Que no estamos para retórica, Majestad! Si la vivienda sigue siendo un lujo inalcanzable para muchos, tal vez es porque esos "diálogos" que tanto promueve se pierden en mesas redondas sin solución.
Pero el Rey no se corta en meter baza en temas internacionales. De nuevo, se recubre de la narrativa de la "democracia liberal", la defensa de Europa, los derechos humanos... Muy bonito todo, pero ¿en serio? En un mundo donde las democracia tambalean, donde se cuestiona la libertad en su misma esencia, sería más útil dejar de decir lo obvio y señalar con contundencia a los verdaderos peligros que nos acechan, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras y poner soluciones sobre la mesa.
Finalmente, el Rey cerró con su clásica apelación a la juventud. Qué esperanza en nuestros jóvenes, qué orgullo de país... Sí, los mismos jóvenes que se enfrentan a un mercado laboral precario, con un paro juvenil desorbitado. El Rey parece olvidarse de que no es mérito ni esfuerzo lo que falta, sino oportunidades reales. Pero, claro, es más fácil llenarse la boca de promesas vagas que atacar de perfil las políticas que perpetúan la desigualdad.
En definitiva, un discurso repleto de palabras grandilocuentes, cargado de buenas intenciones... y vacío de autocrítica o soluciones reales.
Comentarios
Publicar un comentario