Pepe Rojas Molina
´Cyrano de la realidad´
viernes, 6 de diciembre de 2024
La Constitución Española cumple hoy 46 años.
Un hito que debería ser motivo de orgullo nacional, pero, paradójicamente, también lo es de tensión y controversia. Nuestra Carta Magna, aquella que selló el pacto de la Transición y nos condujo desde la dictadura hacia una democracia robusta, es hoy objeto de ataques constantes, disfrazados de propuestas de modernización o ajustes a "las nuevas realidades". ¿Pero hasta qué punto esos ataques son genuinas reformas o, más bien, cuchilladas al corazón del sistema que nos ha permitido vivir en libertad?
En un mundo cada vez más polarizado,
En un mundo cada vez más polarizado,
la Constitución Española de 1978 es el hilo invisible que nos mantiene unidos, aunque muchos intenten deshilacharlo.
Este faro de consenso, que fue el pilar de nuestra Transición, cumple 46 años, y debería ser motivo de orgullo nacional. Sin embargo, hoy más que nunca, se ha convertido en blanco de ataques disfrazados de reformas, con intereses que buscan debilitar lo que nos ha permitido convivir en paz y libertad.
Detrás de estos asaltos hay algo más que descontentos aislados. Se trata de un proceso organizado que viene desde diferentes frentes.
Detrás de estos asaltos hay algo más que descontentos aislados. Se trata de un proceso organizado que viene desde diferentes frentes.
Algunos lo hacen bajo el escudo del nacionalismo, queriendo romper con la unidad que la Constitución protege. Otros, desde el progresismo, buscan reinterpretar o cambiar derechos fundamentales,
alegando la necesidad de adaptarse a nuevas realidades. Pero el objetivo es el mismo: cambiar las reglas del juego, desestabilizar el sistema que tantos sacrificios cuesta construir.
Los artículos que están bajo la mira suelen girar en torno a la unidad de España, uno de los pilares de nuestra Constitución. Cada ataque nacionalista es un intento de romper ese vínculo, de desafiar el marco territorial que descentralizó el poder para fortalecer la convivencia, no para dividir. La cuestión de los derechos fundamentales es otra zona de combate, donde las agendas políticas se mueven con fines propios. Y por último, la relación entre los poderes del Estado, que algunos pretenden manipular en su beneficio, debilitando las instituciones que protegen nuestra democracia.
Las consecuencias son claras: polarización, desconfianza en el sistema y un país que, bajo la constante amenaza de desmoronarse, pierde estabilidad y, con ello, su capacidad de prosperar socialmente. La incertidumbre no solo afecta a la política, sino también a la economía, congelando inversiones y frenando el desarrollo.
No se trata de decir que la Constitución es intocable, pero cualquier cambio debe hacerse con responsabilidad, con consenso y sin agendas veladas. Alterar el marco de convivencia de toda una nación no es un capricho que deba responder a intereses particulares partidistas o regionales.
Los artículos que están bajo la mira suelen girar en torno a la unidad de España, uno de los pilares de nuestra Constitución. Cada ataque nacionalista es un intento de romper ese vínculo, de desafiar el marco territorial que descentralizó el poder para fortalecer la convivencia, no para dividir. La cuestión de los derechos fundamentales es otra zona de combate, donde las agendas políticas se mueven con fines propios. Y por último, la relación entre los poderes del Estado, que algunos pretenden manipular en su beneficio, debilitando las instituciones que protegen nuestra democracia.
Las consecuencias son claras: polarización, desconfianza en el sistema y un país que, bajo la constante amenaza de desmoronarse, pierde estabilidad y, con ello, su capacidad de prosperar socialmente. La incertidumbre no solo afecta a la política, sino también a la economía, congelando inversiones y frenando el desarrollo.
No se trata de decir que la Constitución es intocable, pero cualquier cambio debe hacerse con responsabilidad, con consenso y sin agendas veladas. Alterar el marco de convivencia de toda una nación no es un capricho que deba responder a intereses particulares partidistas o regionales.
Hoy, más que nunca, toca defender la Constitución,
no desde el inmovilismo, sino desde la certeza de que lo que está en juego es mucho más que un simple texto legal. Es nuestra libertad, nuestra estabilidad y nuestro futuro como nación.
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