Ley de violencia de género: una ley inoperante que necesita reformas urgentes
Pepe Rojas Molina
´Cyrano de la realidad´
sábado, 28 de diciembre de 2024
Hace 20 años, tal día como hoy, echaba a andar oficialmente la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género.
Aprobada en 2004, nació con el propósito de erradicar una de las lacras más atroces de nuestra sociedad: la violencia contra las mujeres. Fue un paso simbólicamente importante, pero, ¿ha sido efectiva? Los números no engañan. A día de hoy, más de 1.200 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas desde la entrada en vigor de esa normativa, cuando se sigue matando a la misma cantidad que antes de aplicarse dicha Ley. ¿Realmente podemos llamar a esto un éxito? Si la respuesta es un sí, es que algo falla gravemente en nuestra manera de medir el impacto de las leyes.La verdad es que esta ley, lejos de haberse convertido en un escudo protector, se ha vuelto una barrera burocrática y política. Las mujeres siguen muriendo y la sensación de impunidad sigue flotando en el aire. ¿Dónde está el problema? Muy sencillo: la ley se ha enfocado demasiado en el castigo y la propaganda política, y muy poco en la educación y la prevención. Nos han vendido un discurso feminista que, en la práctica, no ha reducido las cifras. Las leyes por sí solas no cambian mentalidades, ni eliminan conductas enraizadas en siglos de desigualdad.
Tomemos ejemplos de países europeos como Suecia o Dinamarca. Allí, la clave ha sido educar desde las aulas, desde la base. Allí no hay leyes enfocadas en separar ideológicamente a hombres y mujeres con un machismo estúpido, sino en unirlos bajo el paraguas de la igualdad. Los jóvenes suecos no solo aprenden a rechazar la violencia, sino a construir relaciones basadas en el respeto y el diálogo, algo que aquí parece quedar en segundo plano frente a los eslóganes feministas del día.
Y es aquí donde radica el problema: nuestra ley de violencia de género se ha convertido en un caballo de batalla política. Las víctimas no son solo mujeres asesinadas, también lo son las familias rotas, los hijos que crecen en un ambiente de violencia, y toda una sociedad que sigue sin aprender que la violencia es una cuestión de educación, no de género. La política ha convertido esta ley en una trinchera ideológica, cuando lo que necesitamos es una reforma que vaya al fondo de la cuestión. Porque, ¿de qué sirve endurecer las penas o crear juzgados específicos si seguimos sin prevenir el problema de raíz?
La solución pasa por redirigir el enfoque hacia la educación emocional en las escuelas, hacia un sistema judicial más ágil y eficaz, y por reducir la burocracia que ahoga a las víctimas. Se trata de enseñar a las nuevas generaciones que el respeto mutuo es la base de cualquier relación, y que la violencia no se resuelve en los tribunales, sino en la cabeza de quienes la perpetúan. Mientras sigamos alimentando este ciclo de confrontación ideológica, seguiremos contando víctimas. No necesitamos más feminismo en los tribunales, sino más educación en las aulas.
Reformemos la ley, saquemos la política del medio, y pongamos el foco donde realmente puede cambiar algo: en la prevención, en la educación, y en la protección real de las víctimas. Si no lo hacemos, en unos años seguiremos contando las mismas cifras trágicas, con una ley que, de poco o nada, ha servido.
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