Pepe Rojas Molina 

'Cyrano de la realidad '

Domingo, 15 de diciembre de 2024

 Francisco Franco, el hombre al que algunos glorifican y otros demonizan, sigue siendo una figura que divide, incluso décadas después de su muerte.

 No es casualidad, porque su legado, para bien o para mal, es uno de esos capítulos que España no ha terminado de cerrar. Y quizá, nunca lo haga mientras haya una izquierda  reivindicativa y revanchista necesitada de encender ideologías. Al final, la historia es una colección de perspectivas, y con Franco no puede ser de otra manera.

Si nos ponemos a pensar con la frialdad que se debe, ¿qué fue lo que realmente dejó Franco? Más allá de las posturas ideológicas, de las trincheras de izquierda o derecha, su régimen marcó una forma de entender el poder en la que se mezclaron la religión, el militarismo y un nacionalismo exacerbado. Y lo curioso es que lo hizo a su manera, sin levantar la voz más de lo necesario, con una calma que muchos confundían con debilidad. No era débil, era astuto. Supo manejarse en los tiempos más complejos de Europa, y se mantuvo en el poder hasta que el destino, o su salud, le pusieron un punto final.

Pero hay algo que siempre me ha resultado fascinante en la figura de Franco, y es su capacidad para crear un mito alrededor de sí mismo. Un mito que, para algunos, aún sigue vivo. Franco no fue un hombre de grandes gestos ni de discursos encendidos. No necesitaba el aplauso ni el carisma de otros dictadores de su tiempo. Era lo contrario: frío, distante, casi impenetrable. Pero desde esa distancia, controlaba hasta el más mínimo detalle.

 Lo cierto es que lo suyo era una estrategia pura. No era un apasionado, era calculador. Y España, en su momento, se dejó llevar por esa mano férrea que prometía orden en medio del caos.

Ahora, con la distancia que nos da el tiempo, es fácil criticar, señalar errores, o bien, ensalzar su figura como la de un salvador. Lo cierto es que Franco fue un producto de su época, y su liderazgo, tan lleno de contradicciones, reflejaba las tensiones de un país roto por dentro. 

¿Se puede justificar su régimen? En lo personal, creo que no. Pero también creo que es vital entenderlo desde el contexto que lo rodeó, porque solo así podremos aprender algo de ese pasado que tanto nos sigue pesando. Y es que España, a pesar de todo, sigue siendo un país que lucha con sus propios fantasmas, muchos de ellos nacidos en la dictadura. Como diría aquel, "la historia nunca se escribe con punto final, sino con puntos suspensivos.

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