El Tribunal Supremo fija doctrina sobre los requisitos legales para conceder la nacionalidad española por carta de naturaleza a los sefardíes originarios de España

Pepe Rojas Molina

´Cyrano de la realidad´

sábado, 18 de enero de 2025

Lo que España perdió cuando expulsó a los judíos sefardíes es algo que, siglos después, todavía pesa en nuestra cultura como una culpa que apenas se nombra, pero que está ahí, enterrada entre las páginas de nuestra historia. Ahora, en el siglo XXI, cuando el Tribunal Supremo dicta doctrina sobre los requisitos legales para que los descendientes de aquellos expulsados obtengan la nacionalidad, se abre una especie de resquicio para enmendar algo que nunca debió suceder. La sentencia aclara que no será tan fácil como decir “soy sefardí”, se exige una rigurosa cadena de pruebas y documentos que avalen esa pertenencia. La Ley 12/2015, de 24 de junio, se convierte en el filtro, pero también en la llave, para que esos descendientes puedan volver a tener en sus manos un pedazo de lo que, por derecho, jamás debió serles arrebatado.

Porque no se trata solo de un pasaporte o un trámite burocrático. Se trata de reconocer que, en 1492, España se amputó a sí misma una parte de su alma. La cultura sefardí, tan rica, tan ligada a lo mejor de nuestro pasado, fue desterrada por un fanatismo que, lejos de hacernos más puros, nos dejó más pobres. La sentencia del Tribunal Supremo, con su lenguaje legal y sus estrictos requisitos, es un intento de reparar, al menos en parte, esa herida histórica. Exigir la "condición de sefardí" con certificados, informes genealógicos y pruebas de vínculos con España es un ejercicio casi quirúrgico. Pero, en el fondo, lo que se está intentando demostrar es que aquellos que alguna vez fueron parte de nuestra tierra, de nuestras ciudades y de nuestra historia, nunca dejaron de serlo.

El rigor de la ley es necesario, pero no debemos olvidar la magnitud del error que estamos intentando corregir. Expulsar a los sefardíes fue una injusticia atroz que, además de despojarnos de una de las culturas más excelsas de nuestra historia, tuvo un impacto económico devastador. En su éxodo, España perdió a los médicos, los científicos, los comerciantes, a las mentes más brillantes de su época, y con ello se condenó a siglos de atraso en aspectos fundamentales.

Quizá hoy, concediendo la nacionalidad a sus descendientes, podamos empezar a enmendar aquel error, aunque el daño ya está hecho. El retorno de los sefardíes a su patria histórica no es solo un gesto legal, es un reconocimiento de lo que siempre fue suyo y que España debe, con humildad, devolverles.




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