Palestina: Una herencia de paz y guerra compartida
La Resolución quedó, por tanto, aprobada el 14 de mayo de 1948, y el mundo vio nacer al Estado de Israel, en el mismo territorio que un día fue Canaán. Los judíos celebraban lo que consideraban un triunfo histórico, mientras los árabes palestinos vivían la Nakba, la catástrofe. El plan de partición de la ONU de 1947, que proponía dividir Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe, fue aceptado por los judíos, pero rechazado por los árabes, quienes lo veían como una distribución injusta. La guerra que siguió no solo dejó un rastro de muerte y destrucción, sino que cambió las fronteras más allá de lo que la ONU había trazado en los mapas. Para los judíos, fue una victoria; para los árabes, un exilio masivo y el comienzo de
Pepe Rojas Molina
´Cyrano de la realidad¨
lunes, 6 de enero de 2025
El conflicto entre judíos y árabes en la región de Palestina es un crisol donde la historia ha hervido a fuego lento, mezclando ingredientes de religión, política y nacionalismo que, aunque arcaicos en su esencia, no son tan antiguos como se podría pensar. Lo que hoy vemos, con los ojos saturados de imágenes de violencia y división, es una criatura más joven que las civilizaciones que habitaron esas tierras hace milenios. Y como toda criatura joven, tiene mucho de herencia, pero también de construcción reciente. Desde el polvoriento paso de los hebreos por Canaán hasta la cruzada moderna por una tierra disputada, el relato está lleno de vaivenes, promesas incumplidas y una lucha constante por la identidad y el territorio.Orígenes antiguosLa historia nos dice que los judíos, como hijos de los hebreos, se asentaron en la región de Canaán alrededor del segundo milenio a.C., en donde también habitaban otros pueblos como los cananeos, fenicios, arameos o filisteos, sembrando los cimientos de lo que más tarde se convertiría en el Estado de Israel. La expulsión judía, tras la destrucción del Segundo Templo en el año 70 d.C., dispersó a una diáspora que vagó por el mundo como nómadas sin tierra. Mientras tanto, los árabes, desde la península arábiga, afirmaron su presencia en la región tras la expansión islámica del siglo VII, que fue impulsada por el nacimiento del profeta Mahoma y la fundación del Islam. Con la conquista de Jerusalén en 638 d.C., Palestina se convirtió en un bastión musulmán bajo sucesivos califatos, donde las comunidades judías convivieron como minorías protegidas, sin grandes aspavientos ni odio enconado. Sin embargo, los siglos de paz relativa no pudieron protegerse del veneno de las ideologías y los imperios.
Nacionalismo y colonialismo: la alquimia moderna del conflicto
El siglo XIX trajo consigo una Europa convulsionada, un laboratorio de nacionalismos que no tardó en impregnar las tierras bíblicas. El sionismo, encabezado por Theodor Herzl, empezó a tejer su relato en torno a la idea de un retorno a la patria ancestral judía. Mientras el sionismo crecía, el nacionalismo árabe, latente en las tierras de Palestina, empezó a florecer como respuesta a las injerencias coloniales y el desmoronamiento del Imperio Otomano, un imperio que desde el siglo XIII dominaba toda la región. Las semillas del conflicto moderno empezaron a germinar con la llegada de judíos europeos a una tierra que consideraban suya por derecho histórico, aunque habitada mayoritariamente por árabes.
Bajo el Mandato Británico, la Declaración Balfour de 1917 actuó como el fósforo en un barril de pólvora, prometiendo un hogar para el pueblo judío en Palestina sin considerar las aspiraciones árabes. Esta duplicidad británica, jugando a dos bandas con promesas de independencia árabe mientras favorecían el sionismo, fue el preámbulo de décadas de tensión creciente. La inmigración judía masiva y la compra de tierras generaron un resentimiento entre los árabes que escaló en la revuelta árabe de 1936-1939, un conflicto que fue aplastado brutalmente por los británicos, pero que dejó una herida profunda en el tejido de la convivencia.
La revuelta fue una respuesta a la política británica de apoyo al sionismo y la inmigración judía masiva, que llevó a la compra de tierras y al desplazamiento de los campesinos palestinos. La situación económica y social de los campesinos se deterioró, lo que generó un gran descontento. El 16 de mayo de 1936, el Alto Comité Árabe, liderado por el Mufti de Jerusalén, Amin al-Husseini, declaró una huelga general y un boicot económico contra la comunidad judía. La revuelta comenzó con manifestaciones y actos de violencia, que fueron respondidos con represión por parte de las autoridades británicas, y se desarrolló en dos fases. La primera fase fue de resistencia popular espontánea, que luego fue organizada por el Alto Comité Árabe. La segunda fase, a partir de finales de 1937, fue una resistencia más militarizada liderada por campesinos.
La revuelta fue finalmente aplastada por las fuerzas británicas en octubre de 1939. Más de 5,000 árabes palestinos murieron y 10,000 resultaron heridos. La represión incluyó la demolición de casas, la creación de campos de concentración y la ejecución de líderes.
La revuelta dejó una marca significativa en la historia de Palestina y contribuyó a la creciente tensión entre árabes y judíos en la región, y también marcó el inicio de un ciclo de ataques y represalias que continuaron hasta la creación del estado de Israel en 1948
Bajo el Mandato Británico, la Declaración Balfour de 1917 actuó como el fósforo en un barril de pólvora, prometiendo un hogar para el pueblo judío en Palestina sin considerar las aspiraciones árabes. Esta duplicidad británica, jugando a dos bandas con promesas de independencia árabe mientras favorecían el sionismo, fue el preámbulo de décadas de tensión creciente. La inmigración judía masiva y la compra de tierras generaron un resentimiento entre los árabes que escaló en la revuelta árabe de 1936-1939, un conflicto que fue aplastado brutalmente por los británicos, pero que dejó una herida profunda en el tejido de la convivencia.
La revuelta árabe de 1936-1939Conocida como La Gran Revuelta, fue un levantamiento nacionalista popular de los árabes palestinos contra la administración británica del Mandato de Palestina. Comenzó en abril de 1936 y terminó en octubre de 1939.
La revuelta fue una respuesta a la política británica de apoyo al sionismo y la inmigración judía masiva, que llevó a la compra de tierras y al desplazamiento de los campesinos palestinos. La situación económica y social de los campesinos se deterioró, lo que generó un gran descontento. El 16 de mayo de 1936, el Alto Comité Árabe, liderado por el Mufti de Jerusalén, Amin al-Husseini, declaró una huelga general y un boicot económico contra la comunidad judía. La revuelta comenzó con manifestaciones y actos de violencia, que fueron respondidos con represión por parte de las autoridades británicas, y se desarrolló en dos fases. La primera fase fue de resistencia popular espontánea, que luego fue organizada por el Alto Comité Árabe. La segunda fase, a partir de finales de 1937, fue una resistencia más militarizada liderada por campesinos.
La revuelta fue finalmente aplastada por las fuerzas británicas en octubre de 1939. Más de 5,000 árabes palestinos murieron y 10,000 resultaron heridos. La represión incluyó la demolición de casas, la creación de campos de concentración y la ejecución de líderes.
La revuelta dejó una marca significativa en la historia de Palestina y contribuyó a la creciente tensión entre árabes y judíos en la región, y también marcó el inicio de un ciclo de ataques y represalias que continuaron hasta la creación del estado de Israel en 1948
1948: La creación de Israel y la Nakba árabe (catástrofe)
La Resolución 181 de la ONU para la partición de Palestina en 1947 fue aprobada con 33 votos a favor (entre ellos: Estados unidos, Reino Unido, Francia, Canadá, suecia, Hungría, Checoslovaquia, Guatemala, Países ajos y Uruguay), 13 en contra (entre ellos: Egipto, Arabia Saudita, Siria, Líbano, Irak, Yemen, Jordania, Argelia, Túnez y Marruecos), y 10 abstenciones (India, Brasil, Argentina,m Chile, Colombia, México, Perú, Venezuela, Bolivia y Paraguay).
La Resolución quedó, por tanto, aprobada el 14 de mayo de 1948, y el mundo vio nacer al Estado de Israel, en el mismo territorio que un día fue Canaán. Los judíos celebraban lo que consideraban un triunfo histórico, mientras los árabes palestinos vivían la Nakba, la catástrofe. El plan de partición de la ONU de 1947, que proponía dividir Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe, fue aceptado por los judíos, pero rechazado por los árabes, quienes lo veían como una distribución injusta. La guerra que siguió no solo dejó un rastro de muerte y destrucción, sino que cambió las fronteras más allá de lo que la ONU había trazado en los mapas. Para los judíos, fue una victoria; para los árabes, un exilio masivo y el comienzo de
una diáspora propia.
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Mapa de Palestina en 1947
El fracaso del plan de partición y la incapacidad de los británicos para mediar entre las aspiraciones nacionales de ambos pueblos no solo dio paso al conflicto armado, sino que asentó la narrativa de un enfrentamiento que ya parecía irreconciliable. La creación de Israel fue tanto una resolución como un detonante: una promesa cumplida para unos y una traición consumada para otros.
Un conflicto sin final claro
Desde 1948, el conflicto ha evolucionado a lo largo de las décadas, a través de guerras, como la de 1967, en la que Israel ocupó Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este, territorios que los palestinos consideran claves para su propio estado. Los refugiados palestinos, cuya cifra ha crecido hasta millones, siguen siendo un fantasma que planea sobre cualquier intento de paz. La ciudad de Jerusalén, sagrada para judíos, cristianos y musulmanes, sigue siendo el corazón indomable de esta disputa, mientras los asentamientos israelíes en Cisjordania complican la solución de dos estados que tantos anhelan, pero que parece cada vez más lejana.
El conflicto árabe-israelí es hoy un tablero de ajedrez con piezas que se mueven impulsadas por viejas cicatrices, y donde cada movimiento deja un eco de promesas incumplidas y sueños rotos. Las guerras del pasado han dejado el terreno minado de resentimientos, y aunque las diferencias religiosas puedan jugar su papel, es el territorio y el poder lo que mantiene la llama viva en una tierra donde la paz parece un espejismo que se desvanece en el horizonte.
El último conflicto armado, la actual guerra de Gaza, comenzó el 7 de octubre de 2023 cuando Hamás lanzó un ataque sorpresa contra Israel durante la festividad de Simjat Torá. Este ataque incluyó incursiones en el sur de Israel y provocó una respuesta militar masiva por parte de Israel, conocida como la Operación Espadas de Hierro. Este conflicto lleva acarreado más de 41.000 palestinos muertos y al menos 1.200 israelíes, además del desplazamiento de la población de Gaza debido a los bombardeos y destrucción de infraestructuras. Israel tiene desabastecido el suministro de agua, electricidad y combustible en Gaza, y limitando la entrada de ayuda humanitaria. Esta guerra ha incrementado la polarización entre Occidente y el denominado “sur global”, que según la Conferencia de ONU sobre Comercio y Desarrollo lo forman a grandes rasgos: África, Asia, américa Latina, el Caribe y Oceanía excluyendo a Israel, Japón, corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda. Aunque la ONU ha aprobado varias resoluciones condenando las acciones de Israel, la Corte Penal Internacional ha emitido órdenes de arresto contra líderes israelíes, y el conflicto continúa a día de hoy.
Mapa de Palestina en 1947
El fracaso del plan de partición y la incapacidad de los británicos para mediar entre las aspiraciones nacionales de ambos pueblos no solo dio paso al conflicto armado, sino que asentó la narrativa de un enfrentamiento que ya parecía irreconciliable. La creación de Israel fue tanto una resolución como un detonante: una promesa cumplida para unos y una traición consumada para otros.
Un conflicto sin final claro
Desde 1948, el conflicto ha evolucionado a lo largo de las décadas, a través de guerras, como la de 1967, en la que Israel ocupó Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este, territorios que los palestinos consideran claves para su propio estado. Los refugiados palestinos, cuya cifra ha crecido hasta millones, siguen siendo un fantasma que planea sobre cualquier intento de paz. La ciudad de Jerusalén, sagrada para judíos, cristianos y musulmanes, sigue siendo el corazón indomable de esta disputa, mientras los asentamientos israelíes en Cisjordania complican la solución de dos estados que tantos anhelan, pero que parece cada vez más lejana.
El conflicto árabe-israelí es hoy un tablero de ajedrez con piezas que se mueven impulsadas por viejas cicatrices, y donde cada movimiento deja un eco de promesas incumplidas y sueños rotos. Las guerras del pasado han dejado el terreno minado de resentimientos, y aunque las diferencias religiosas puedan jugar su papel, es el territorio y el poder lo que mantiene la llama viva en una tierra donde la paz parece un espejismo que se desvanece en el horizonte.
El último conflicto armado, la actual guerra de Gaza, comenzó el 7 de octubre de 2023 cuando Hamás lanzó un ataque sorpresa contra Israel durante la festividad de Simjat Torá. Este ataque incluyó incursiones en el sur de Israel y provocó una respuesta militar masiva por parte de Israel, conocida como la Operación Espadas de Hierro. Este conflicto lleva acarreado más de 41.000 palestinos muertos y al menos 1.200 israelíes, además del desplazamiento de la población de Gaza debido a los bombardeos y destrucción de infraestructuras. Israel tiene desabastecido el suministro de agua, electricidad y combustible en Gaza, y limitando la entrada de ayuda humanitaria. Esta guerra ha incrementado la polarización entre Occidente y el denominado “sur global”, que según la Conferencia de ONU sobre Comercio y Desarrollo lo forman a grandes rasgos: África, Asia, américa Latina, el Caribe y Oceanía excluyendo a Israel, Japón, corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda. Aunque la ONU ha aprobado varias resoluciones condenando las acciones de Israel, la Corte Penal Internacional ha emitido órdenes de arresto contra líderes israelíes, y el conflicto continúa a día de hoy.
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