Sociedad Fabiana, Socialdemocracia y Socialismo

Pepe Rojas Molina

´Cyrano de la realidad

jueves, 16 de enero de 2025


La primera parte de este ensayo se sumerge en la esencia de la sociedad fabiana, ese movimiento de pensadores decimonónicos que entendieron que el cambio social no siempre necesita revoluciones estridentes, sino una astucia silenciosa. Los fabianos, como cirujanos del tiempo, apostaron por las reformas graduales, sabiendo que la historia se podía moldear poco a poco, como un escultor que retoca cada detalle con paciencia. Aquí, la transformación es calculada, medida, sin romper las estructuras, pero sí alterando sus cimientos de manera imperceptible.

En el segundo apartado, nos encontramos con la socialdemocracia, el punto medio entre la rigidez capitalista y las aspiraciones del socialismo. Esta corriente apuesta por no derribar el sistema, sino por corregir sus excesos, como quien afina un reloj que aún puede funcionar mejor. La socialdemocracia es pragmática: no promete utopías, sino un acuerdo social que respete tanto la libertad económica como la justicia social. Es la política del pacto, del compromiso, que busca el bienestar común sin desafiar abiertamente los pilares del mercado.

Finalmente, el socialismo irrumpe como la voz que no se conforma con reformas ni pactos parciales. Su visión es más ambiciosa: transformar la sociedad desde la raíz. El socialismo no quiere ajustar el sistema, sino sustituirlo. Aquí, el ideal de justicia económica se convierte en el motor de una revolución pacífica, pero definitiva, en la que el control colectivo de los recursos es la meta. Frente a la cautela fabiana y la mesura socialdemócrata, el socialismo se alza con una misión clara: la construcción de una sociedad donde la igualdad no sea solo una promesa, sino una realidad innegociable.
Sociedad Fabiana o la simiente del socialismo: revolución de la táctica y la cautela


La Sociedad Fabiana, ese rincón peculiar del socialismo británico que no alza banderas rojas ni entona cánticos revolucionarios, pero que, como el general romano Quinto Fabio Máximo, que con su estrategia militar basada en la demora y el desgaste del enemigo en lugar del enfrentamiento directo, se desliza silenciosa y astuta en el tejido social, y encarna la ironía misma del cambio.

Su fundación, en enero de 1884, pareció más una apuesta por la paciencia que por la lucha. En una época donde las ideas de Karl Marx incendiaban los corazones y prometían revoluciones que todo lo trastocarían, los fabianos avanzaban como sombras, reformando aquí, puliendo allá, sin prisa, sin pausa.

La clave de la táctica fabiana está en el nombre: "Cunctator", "el que retrasa". No era la victoria por el enfrentamiento directo lo que buscaban, sino un cambio tan sutil que cuando se notase, ya fuera irreversible. A diferencia de los revolucionarios de la época, que soñaban con derrocar gobiernos en un abrir y cerrar de ojos, los fabianos entendieron algo crucial: el socialismo debía mimetizarse con el mundo existente. Era un camaleón, transformando instituciones desde dentro, sin ruido ni explosiones. Porque ¿qué es más peligroso que un enemigo que ni siquiera percibes?

Uno podría pensar que un movimiento así estaba destinado a ser un pie de página en la historia del socialismo, pero fue todo lo contrario. La inteligencia de Sidney y Beatrice Webb, la mordacidad de Bernard Shaw y la ambición intelectual de H.G. Wells dieron forma a un ideario que no necesitaba de la furia revolucionaria para prosperar. Frente a las crisis del capitalismo, su estrategia no solo se mantuvo, sino que floreció. En una sociedad acostumbrada a la prudencia y a la evolución lenta de las cosas, el mensaje fabiano caló hondo: la transformación no debía ser un terremoto, sino una erosión constante.

Es esta moderación, este cálculo frío que, en el fondo, tenía algo de maquiavélico, lo que convirtió al socialismo fabiano en una suerte de paradoja. En una época de absolutismos, donde las clases obreras y las élites se miraban con desconfianza y resentimiento, los fabianos apostaban por una simbiosis: trabajar con el sistema para transformarlo. Incluso reconocían, sin ruborizarse, la coexistencia entre propiedad privada y pública en la futura sociedad socialista. Porque no se trataba de aniquilar al capitalismo en un duelo épico de clases, sino de domesticarlo, de vaciarlo por dentro, mientras, por fuera, las estructuras seguían en pie.

El siglo XX les dio la razón. La Sociedad Fabiana, al contrario que muchos movimientos de izquierda que murieron en sus propios excesos o desilusiones, dejó su huella en la política británica. Fue el germen que permitió el nacimiento del Partido Laborista, y la prueba definitiva de su éxito llegó tras la Segunda Guerra Mundial, con el estado del bienestar, esa maquinaria benévola que supo canalizar las aspiraciones de justicia social sin desmoronar las bases del orden existente.

Pero lo más fascinante de los fabianos es su persistencia (os suena de algo?). A pesar del declive de su protagonismo en el siglo pasado, siguen ahí, en la sombra, recordándonos que la historia no siempre avanza a base de golpes y tragedias. A veces, es el susurro el que cambia el curso de las cosas, y en ese susurro, la Sociedad Fabiana fue, y sigue siendo, una voz crucial.

La Sociedad Fabiana, se manifestaría también en España, particularmente a través del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Al igual que los fabianos británicos, el PSOE, sobre todo en su evolución moderna, ha abrazado una vía más pragmática y reformista, alejándose de los impulsos revolucionarios que marcaron sus inicios más radicales. Este paralelismo entre la Sociedad Fabiana y el PSOE no es casualidad, sino una prueba del poder de las ideas que trascienden fronteras.

En el caso británico, los fabianos sentaron las bases del Partido Laborista, influyendo en su programa y dotando de cuerpo a un socialismo que no buscaba la destrucción total del capitalismo, sino su transformación gradual desde dentro. De forma similar, el PSOE, especialmente desde la Transición española y la llegada de figuras como Felipe González, optó por el reformismo, desechando el marxismo en favor de un modelo socialdemócrata, al estilo fabiano. Las propuestas de políticas de bienestar, el impulso de una sanidad y educación universal, y la regulación del trabajo han sido pilares comunes en ambas corrientes.

Es curioso que tanto la Sociedad Fabiana como el PSOE compartan la creencia de que la democracia es el vehículo esencial para la transformación social. Mientras que los fabianos defendían que el socialismo debía llegar a través de la extensión gradual del sufragio y la transferencia de rentas e intereses al Estado, el PSOE ha seguido ese mismo camino, promoviendo reformas a través de las instituciones democráticas, con un fuerte compromiso hacia la justicia social.

Así, tanto en Reino Unido como en España, el socialismo ha tomado esa forma paciente y calculadora, con la esperanza de construir un futuro más igualitario sin recurrir a revoluciones sangrientas o sublevaciones. La influencia fabiana en el PSOE podría no ser directa o explícita, pero sus huellas se ven claramente en ese enfoque de cautela reformista, que prefiere el lento desgaste del sistema capitalista antes que el choque frontal. Ambos movimientos han demostrado que, a veces, la táctica del susurro tiene más impacto que la del grito.

Por tanto, en ese paralelismo, vemos que la Sociedad Fabiana y el PSOE han sido dos caras de una misma moneda: una moneda que, lejos de ser lanzada al aire en un acto de azar revolucionario, ha sido cuidadosamente invertida en la construcción de un socialismo que avanza, discreto, pero imparable, dentro de las propias reglas del sistema.
Socialdemocracia: la alquimia del equilibrio


La socialdemocracia es una ideología política que no debe confundirse con el socialismo democrático. Mientras la socialdemocracia busca combinar principios del socialismo con los del liberalismo democrático, el socialismo democrático tiende a ser más crítico del capitalismo en sí, y su objetivo final es reemplazar el capitalismo por un sistema socialista, donde los medios de producción sean controlados colectivamente o por el Estado.

La socialdemocracia es ese extraño pacto entre la utopía de igualdad y la realidad de un capitalismo que, para bien o para mal, sigue dominando el mundo. Es la izquierda que aceptó que no hay revolución que valga si no se hace primero desde el Estado y dentro de la democracia. Suena a trampa, a un juego de equilibristas, y quizás lo sea, pero es lo que ha permitido que las ideas socialistas se colaran en las grandes democracias, especialmente en Europa. Es esa izquierda reformista que cree que el capitalismo, como un viejo monstruo, puede ser domado, que a veces no hay que matarlo, sino convertirlo en una bestia que trabaje a nuestro favor, a través del Estado de bienestar.

Y el Estado de bienestar, es la carta maestra. Con él se promete que ningún ciudadano quedará al margen, que la salud, la educación y las pensiones estarán garantizadas por el gobierno. Es la mayor promesa de la socialdemocracia, su salvoconducto hacia un mundo donde todos tengan lo necesario para vivir dignamente. Pero, claro, para que esto funcione hay que mantener viva la economía, y ahí es donde entra la economía mixta: ni el control absoluto del Estado, ni el caos absoluto del mercado. La socialdemocracia nos dice que puede combinar lo mejor de ambos mundos: un mercado libre, pero regulado para garantizar la justicia social.

Y esto no es solo un sueño europeo. En España, el PSOE ha sido el estandarte de esta filosofía política, especialmente desde los años 80, cuando bajo la batuta de Felipe González el partido abandonó el marxismo ortodoxo y abrazó la tercera vía, esa especie de mutación de la socialdemocracia clásica que también incluyó algunos ingredientes del liberalismo económico. El PSOE, desde entonces, ha jugado el mismo juego que sus colegas europeos: gobernar desde la democracia representativa, respetando el libre mercado, pero con la mano del Estado firme para redistribuir y proteger a los más vulnerables.

Lo interesante del PSOE es cómo ha mantenido viva esa tensión entre ser un partido de gobierno y uno de transformación social. No es fácil. Por un lado, quiere representar los intereses de las clases trabajadoras, apoyando a los sindicatos y promoviendo la negociación colectiva; por otro, necesita atraer a las clases medias, los sectores más dinámicos de la sociedad, que miran con recelo cualquier intento de volver al intervencionismo estatal. Esa cuerda floja, ese reformismo que camina lentamente hacia el progreso sin romper del todo con el sistema capitalista, es lo que ha marcado su evolución desde los primeros tiempos.

Si miramos más atrás, la Revolución de 1848 y los debates del socialismo original, el PSOE hereda una tradición marcada por el revisionismo de Eduard Bernstein, quien en Alemania defendía una socialdemocracia que apostara por reformas democráticas, y no por la lucha de clases o la revolución violenta. La influencia del marxismo y de las ideas de Ferdinand Lassalle también está en sus raíces, pero fue la capacidad de adaptarse a los tiempos y de leer el momento político lo que permitió que el PSOE sobreviviera, mientras otros movimientos socialistas caían en la marginalidad o, peor, en el totalitarismo comunista.

No podemos olvidar que en su momento, la Sociedad Fabiana también jugó un papel importante en modelar lo que sería el socialismo democrático. Aunque era más conocida en el Reino Unido, su influencia fue notoria en otros países, como España, donde el PSOE adoptó algunos de sus principios fundamentales. Los fabianos, al igual que el PSOE moderno, creían en el gradualismo, en la necesidad de ir logrando cambios paulatinos a través de las instituciones democráticas.

Pero, claro, lo que distingue al PSOE es su capacidad de reinventarse continuamente. Desde sus primeras luchas como partido obrero hasta el viraje hacia la tercera vía, el PSOE ha sabido leer el contexto y adaptarse. Quizás la mayor ruptura fue la del marxismo ortodoxo, que tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética, dejó de ser una referencia viable. El PSOE entendió entonces que el socialismo no podría venir por medio de la dictadura del proletariado, sino por la consolidación de un Estado de bienestar fuerte, que fuera capaz de proteger a los ciudadanos de las desigualdades inherentes al capitalismo.

Hoy, el progresismo que aboga por la igualdad de género, los derechos de las minorías y la protección del medio ambiente es la nueva cara del socialismo. El PSOE ha adoptado estas causas con fuerza, mostrándose como un partido que, más allá de la economía, se preocupa por la justicia social en un sentido más amplio. La tercera vía ha sido su bandera en las últimas décadas, combinando políticas socialdemócratas con la apertura a ciertos elementos del liberalismo económico.

En resumen, el PSOE ha sabido equilibrar las tensiones internas entre reformismo y transformación, entre mercado y Estado, entre el pasado marxista y el presente pragmático. No ha sido una evolución sencilla, pero su éxito está en esa capacidad de adaptarse sin perder de vista su objetivo: una sociedad más justa, aunque el camino para alcanzarla sea más largo de lo que soñaban los viejos revolucionarios.
Socialismo: el llamado a la justicia total
Al parecer la palabra socialismo fue empleada por primera vez por el monje Ferdinando Faccinei en 1766 para referirse a la doctrina de los que defendían el contrato social como el fundamento de la organización de las sociedades humanas. Sin embargo, el sentido moderno del término, aparece hacia 1830 en Gran Bretaña y en Francia, casi simultáneamente, para designar las ideas de los seguidores de Robert Owen, Henri de Saint-Simon y grupos de Europa occidental que habían surgido de la Revolución Francesa.

El socialismo es una de esas palabras que tienen la capacidad de llenar la boca de promesas grandilocuentes, pero cuando la masticas bien te das cuenta de que su sabor ha cambiado a lo largo del tiempo, de que ya no es el plato original del menú revolucionario. Es un término maleable, adaptable, pero que siempre lleva consigo una esencia subyacente: la idea de que la propiedad privada y la desigualdad son dos caras de la misma moneda, y que el bienestar colectivo debería ser la norma, no la excepción. Sin embargo, el socialismo hoy no es el mismo que defendían los hombres barbudos de los siglos XIX y XX que hablaban de lucha de clases como si se tratara de una batalla épica de buenos contra malos.

Socialismo es una palabra que ha resonado durante los dos últimos siglos, evocando ideales de justicia social y un futuro de igualdad, pero hoy en día, tras un largo proceso de transformación, ha dejado de ser la misma promesa revolucionaria de antaño. En sus orígenes, el socialismo se presentaba como una lucha épica, una batalla inquebrantable entre los opresores y los oprimidos, entre aquellos que poseían el poder y aquellos que deseaban subvertirlo. Sin embargo, al masticar bien ese término en el contexto contemporáneo, se descubre que su sabor ha cambiado. Es un concepto maleable, que ha tenido que adaptarse a los tiempos, pero siempre conservando una esencia subyacente a la propiedad privada (hipócritamente con doble moral) y a la desigualdad, y la aspiración de un bienestar colectivo que trascienda el egoísmo individual.

El socialismo que defendían los grandes líderes del siglo XIX y XX, esos hombres barbudos que evocaban la lucha de clases con fervor, ya no existe en su forma más pura. En la España actual, el socialismo ha sido más un proceso de adaptación a la realidad que una llamada a la revolución. En el caso del PSOE, ha logrado navegar entre los mares turbulentos de la historia contemporánea, fluctuando entre la socialdemocracia reformista y los ecos de un socialismo más radical, que aún hoy algunos reivindican aquel marxismo ortodoxo de las repúblicas en España. En sus inicios, el PSOE abrazaba la idea de transformar radicalmente el sistema capitalista, pero con el tiempo ha encontrado su espacio en un escenario político de consensos y pragmatismo. Ya no se trata de la promesa de un cambio disruptivo, sino de un intento por equilibrar el bienestar social con las dinámicas del mercado.

Y en este camino se evidencian las contradicciones. El socialismo del PSOE, lejos de ser una promesa de justicia social plena, se ha visto forzado a pactar con las fuerzas económicas que, en principio, debería cuestionar. Así, el partido ha adoptado una postura híbrida, con un pie en la historia de la lucha obrera y el otro en los despachos de las grandes empresas que marcan la economía del país. La crítica surge con fuerza, pues ¿dónde queda la promesa de igualdad cuando las decisiones políticas se toman bajo la misma lógica económica que perpetúa las jerarquías sociales? Este socialismo, por más que lo llamen progresista, a menudo se ve más como un intento de paliar los efectos del capitalismo que como un verdadero desafío a sus fundamentos.

El socialismo en su versión más radical siempre ha sido la búsqueda de una revolución, un cambio estructural que modifique los cimientos mismos de la sociedad. Pero el PSOE, al optar por el reformismo gradual, se ha desviado de esa senda, intentando mejorar lo existente en lugar de transformarlo por completo. No es un camino fácil, ni rápido, y a menudo deja un sabor a insatisfacción en aquellos que esperaban más. Es como si se les prometiera el paraíso y, al final, se encontraran con un jardín modesto pero agradable, no el Edén que habían imaginado. Gobernar implica comprender que el capitalismo, con sus múltiples capas de poder, es un sistema difícil de desmantelar, sobre todo cuando los propios votantes de la izquierda también enfrentan las presiones del endeudamiento y las exigencias de las grandes corporaciones y, por supuesto, de su progreso particular.

Si miramos más allá de Europa, el socialismo se ha distorsionado aún más en algunos regímenes autoritarios. China, Vietnam, Cuba, Corea del Norte o Venezuela siguen proclamando su adhesión al socialismo, pero en realidad se trata de sistemas totalitarios que, bajo la fachada de la igualdad, mantienen estructuras de poder cerradas y jerarquizadas. China, por ejemplo, bajo su "socialismo con características chinas", así llamado por las reformas de Deng Xiaoping implantó a partir de 1978, ha abrazado la economía de mercado mientras mantiene un control absoluto sobre la política. La prosperidad económica sirve como justificación para la represión política y la falta de libertades individuales. Cuba, es otro ejemplo de Estado socialista de derecho como se proclama, manteniendo aún hoy su ideología marxista-leninista que impide a su pueblo vivir libremente sin imposiciones. En Corea del Norte, el socialismo se utiliza como excusa para el culto a la personalidad de los líderes de la dinastía Kim, y el control total sobre la vida de los ciudadanos. Venezuela, bajo el liderazgo de Hugo Chávez y su sucesor Nicolás Maduro, ha transitado de un modelo socialdemócrata a una dictadura disfrazada de socialismo populista, con una retórica vacía que justifica la concentración del poder y la destrucción de las instituciones democráticas, mientras el pueblo se muere de hambre.

En estos regímenes, la idea de una socialdemocracia moderna, pluralista y respetuosa con los derechos humanos, se ha convertido en una amenaza para las estructuras autoritarias que mantienen el control. En lugar de buscar un progreso social verdadero, estos países prefieren la estabilidad de un sistema que los favorece, aunque esté lejos de los ideales de justicia y equidad que alguna vez defendieron. Rusia, en su papel geopolítico, ha sido un aliado crucial de muchos de estos regímenes, no por su compromiso con el socialismo, sino por su interés estratégico de desafiar la hegemonía de Occidente. En Venezuela y Corea del Norte, el apoyo de Rusia se basa en un pragmatismo geopolítico que busca contrarrestar la influencia de Estados Unidos y la Unión Europea en diversas regiones.

Este apoyo no es gratuito, pues Rusia también busca beneficios económicos y políticos, como en el caso de Venezuela, donde el petróleo ha sido un atractivo vital para Moscú. En Corea del Norte, la relación con Rusia ha sido más un ejercicio de equilibrio en la región, donde el gigante ruso intenta mantener su influencia sin chocar directamente con el poder de China. Así, en este tablero de poder internacional, el socialismo se convierte en una herramienta de retórica, pero también en un medio para mantener regímenes que, en realidad, son antitéticos a los ideales que supuestamente defendían.

En definitiva, el socialismo contemporáneo, tanto en Europa como a nivel global, ha evolucionado considerablemente desde sus raíces revolucionarias. Adaptado a las complejidades del mundo moderno, ha adoptado un enfoque más pragmático y menos confrontativo. Sin embargo, su núcleo ideológico, aunque reinterpretado y diluido, persiste en la memoria colectiva. La imagen icónica de la hoz y el martillo, a menudo desgastada por el tiempo, sigue evocando una nostalgia por aquellos ideales revolucionarios.




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Tras recorrer los caminos entre la paciencia fabiana, la moderación socialdemócrata y el fervor socialista, resulta evidente que estas tres vertientes ofrecen respuestas distintas a la eterna cuestión: ¿cómo hacer el mundo más justo sin que el cambio lo devore todo?

En el primer acto, la sociedad fabiana, surge como una secta de intelectuales astutos que no creen en la revolución a lo Lenin, sino en la paciencia del zorro. Son los cirujanos del cambio lento, los que, sin aspavientos, con la aguja fina, en lugar del machete, inyectan en la sociedad sus ideas, y la sociedad, casi sin darse cuenta, se despierta un día con los colores del socialismo moderado. Saben que la fuerza no siempre es el camino, que el éxito está en la sutileza, como el agua que desgasta la piedra, con tiempo, y casi en silencio.

El segundo capítulo es para la socialdemocracia, la dama de las reformas dentro del sistema, la que no se atreve a quemar la casa pero sí a redecorarla. Ella es la que acaricia al capitalismo en lugar de enfrentarlo, la que le dice "cambia o pereces", pero sin hacerlo caer al abismo. La socialdemocracia es la política de la negociación, de un contrato social que pone límites al mercado, de un Estado protector que cuida a los suyos con políticas sociales, pero sin llegar a querer desmantelar el sistema que permite que todo gire. Es la elegancia de la moderación, que quiere lo mejor de ambos mundos.

Finalmente, el socialismo se presenta con su vocación mesiánica, con su hambre de justicia total. No se conforma con parches ni reformas, sino con la transformación estructural. El socialismo mira al capitalismo como una enfermedad que debe ser erradicada, aunque su médico sea la democracia. Aquí el protagonista no es el mercado, sino la colectividad, y en este sueño, todo es compartido, controlado, de todos. A diferencia de la paciencia fabiana o la conciliadora socialdemocracia, el socialismo no teme gritar que el mundo debe cambiar de raíz. Son aquellos que todavía creen que el horizonte utópico es posible, y que la historia no se escribe con medidas tibias.

Tres visiones distintas, tres maneras de abordar la lucha eterna entre justicia y mercado, entre lo que somos y lo que soñamos ser.


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