El tiempo que no habito: Crónica de un presente fugitivo

@pepe_rojas99

´Cyrano de la realidad´

Viernes, 11 de abril de 2025

Vaya experiencia, esta de vivir con la mente secuestrada por el futuro. Como si el presente fuera solo un borrador incómodo, un trámite hacia lo que "debería ser". Y mientras, los días se me escurren entre los dedos, líquidos, sin dejar huella.

Bien lo dijo Séneca:
"El que sufre antes de lo necesario, sufre más de lo necesario".
 Y yo, ¿no estoy haciendo exactamente eso? Planificar el siguiente segundo, el siguiente gesto, la siguiente palabra, como si con esa farsa de control pudiera domar lo salvaje del tiempo. Pero no es más que un engaño. El futuro es un animal indomable, y mi obsesión por anticiparlo solo vacía el ahora de su jugo vital.

Mi presente se desvanece sin espesor, como agua en tierra seca. La neurociencia lo confirma: esa rumia constante sobre lo que vendrá enciende los mismos circuitos que la ansiedad. No es casualidad que el mindfulness haya surgido como antídoto. Porque cuando vivimos en piloto automático, los días se convierten en un borrón, en una sucesión de gestos vacíos. Y luego, al mirar atrás, ¿qué queda? Un álbum de fotos descoloridas, sin el olor, el tacto, el latido de lo vivido.

Borges escribió: 
"El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río". 
Quizás la clave esté ahí. No en maldecir la corriente, sino en nadar con ella. Mis días pueden parecer una rueda que gira en círculos, pero ¿y si en realidad son una espiral? ¿Si la repetición es solo una ilusión, y cada instante trae un matiz nuevo, un destello que no supe ver? Un café que sabe distinto hoy, una mirada casual que se convierte en complicidad, el tacto áspero de un libro viejo entre las manos. Pequeñas rebeliones contra la prisa.

El pasado es un museo de espejos deformantes. Lo recuerdo como algo sólido, perpetuo, pero en realidad es maleable. Cada vez que vuelvo a él, lo reescribo. A veces es refugio; otras, es como una celda. Faulkner tenía razón: 
"El pasado nunca está muerto. Ni siquiera es pasado". 
Y sin embargo, no define quién soy, solo cómo elijo contarme.

El futuro, en cambio, es pura ficción. Un lienzo donde proyecto esperanzas que quizás nunca se cumplan, pero que me empujan a seguir. Schopenhauer lo vio claro: la vida oscila entre el sufrimiento y el aburrimiento, pero yo corro tras el espejismo de un "después" que siempre se escapa.
"Seré feliz cuando..." es la trampa más vieja.
Y entonces, ¿dónde queda mi presente? En el olvido. En ese modo gramatical que conjugo sin habitar. Lo trato como un puente incómodo, cuando en realidad es el único terreno firme. Epicuro lo sabía: "No dejes que lo que anhelas te impida valorar lo que ya tienes.".

Así que aquí estoy, intentando desaprender la prisa. Aceptando que el futuro llegará sin que yo lo empuje, y que el pasado es solo un relato que me cuento. El desafío es simple, aunque no fácil. Aunque sea un minuto: detenerme y saborear el primer sorbo de la mañana sin pensar en la siguiente tarea. De verdad y sin filtros: pararme a mirar la luz cambiante, el gesto torpe de un desconocido, el sonido de mi propia respiración. Soltar mi obsesión por controlar lo incontrolable.
"Caminante, no hay camino, se hace camino al andar". 
Qué bien lo remató Machado. No hay atajos. Solo este instante, frágil y poderoso, que es el único lugar donde la vida ocurre.

¿Y si hoy, solo hoy, dejo de correr?


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