El fracaso de forzar la transición ecológica con ideología
“Renovables sin red: Cuando la ideología corre más que la ciencia”
@pepe_rojas99
´Cyrano de la realidad´
viernes, 2 de Mayo de 2025
El pasado 28 de abril de 2024 a España se le apagaron las luces. Se produjo un apagón eléctrico de gran alcance que afectó a toda la Península Ibérica. Aunque en términos absolutos no fue un colapso total del sistema, sí ha sido un toque de atención contundente que ha abierto un debate técnico, político y social en torno a la vulnerabilidad de nuestros sistemas eléctricos en plena transición energética. En este análisis, intento arrojar luz sobre lo ocurrido, sus causas profundas y lo que verdaderamente está en juego.Lo ocurrido fue que durante varias horas del lunes pasado, distintas regiones de la península ibérica sufrieron cortes eléctricos en cascada hasta el apagón general que ocurrió en pocos minutos. El origen técnico inmediato fue una interrupción crítica en la interconexión entre zonas eléctricas, que desencadenó una cadena de fallos aún bajo investigación oficial. Sin embargo, más allá del fallo puntual, el problema real fue la escasa capacidad de respuesta del sistema ante un descenso súbito de generación renovable, en un contexto meteorológico adverso (nubes, escaso viento) y sin reservas suficientes de respaldo.
En otras palabras: las energías renovables no estaban generando lo suficiente, y el sistema, que debería ser capaz de equilibrar esa falta con otras fuentes (gas, nuclear, hidráulica, interconexiones o baterías), no pudo reaccionar a tiempo.
Ahora nos preguntamos ¿quién es el responsable? Aquí es donde el análisis debe alejarse de la demagogia y la simplificación. REE —Red Eléctrica de España, ahora Redeia en un 20% del Estado— es la gestora de la red, pero no decide qué tipo de energía se produce ni cuándo se cierran centrales. Eso es competencia del Gobierno, que en los últimos años ha apostado por una descarbonización acelerada, clausurando centrales térmicas de carbón y reduciendo la nuclear sin haber desarrollado plenamente las infraestructuras necesarias para asegurar la estabilidad.
El resultado es una paradoja: tenemos un sistema más limpio, pero también mucho más frágil.
¿Y qué papel juegan las renovables y las redes inteligentes? Las energías renovables son el futuro, sin duda. Pero su naturaleza intermitente plantea desafíos técnicos que no se pueden ignorar. La energía solar no funciona de noche; la eólica depende del viento. Esto obliga a disponer de un “respaldo inteligente”, es decir, redes capaces de prever las oscilaciones de generación y de compensarlas al instante con baterías, centrales de apoyo o importaciones. Y en esto, España está muy por detrás de lo necesario.
Actualmente, el sistema eléctrico español solo dispone de unas 20 horas de almacenamiento efectivo y unas interconexiones eléctricas con Europa que cubren apenas el 6% de la demanda nacional. Muy lejos de lo necesario para estabilizar la red en momentos de estrés. Para entenderlo con una imagen simple: hemos querido que el niño (el sistema eléctrico) pedalee solo, pero le hemos quitado los ruedines demasiado pronto.
Las redes inteligentes, llamadas a ser el cerebro de este sistema, tampoco están desarrolladas en la magnitud requerida. Deberían permitir prever, redirigir y almacenar energía con precisión y rapidez, pero en la práctica aún son una promesa a medio hacer. El resultado: cuando fallan las renovables, no hay con qué compensarlas de forma inmediata y eficiente.
¿Se podría haber evitado? Según numerosos expertos, sí, pero claro, si hubiéramos tenido más almacenamiento con grandes baterías o hidrógeno verde, que hoy no tenemos, y manteniendo en funcionamiento centrales de respaldo (como los ciclos combinados de gas o incluso parte del parque nuclear), y con una digitalización de las redes eléctricas más actual a las necesidades. Entonces, el sistema podría haber respondido con más eficacia. Solo pensemos una cosa: que mientras todo esto no cambie, estaremos muy expuestos a más apagones como el que desgraciadamente hemos sufrido todos los españoles, y portugueses también.
Pero aquí aflora el núcleo del problema: la transición energética en España está siendo más ideológica que estratégica. Sin duda que así es. Se han cerrado fuentes estables de generación sin asegurar primero su reemplazo funcional. Es como reformar una casa sin apuntalar las vigas maestras. Y si a eso le sumamos una inversión insuficiente (España destina 6.900 millones a redes inteligentes frente a los 30.000 millones que invierte Alemania), el cóctel es preocupante.
¿Y qué dice el Gobierno? El Ministerio de Transición Ecológica ha atribuido el incidente a un “fallo técnico puntual”, desvinculándolo del modelo renovable. Ciertamente, no se puede afirmar que las renovables “causaron” el apagón. Apagones también han ocurrido en países con sistemas fósiles. Pero esa explicación oficial omite el contexto estructural y estratégico: un sistema sin respaldo adecuado es como un cuerpo debilitado, más propenso a sufrir infartos. El fallo técnico fue el coágulo; la debilidad sistémica es lo que permitió que ese coágulo causara el colapso.
Es cierto que países como Dinamarca o Uruguay operan con altos porcentajes de energías renovables (más del 50% eólica en Dinamarca, 98% renovables en Uruguay) sin apagones. ¿Cuál es la diferencia? Fácil: que ambos países (con cabeza pensante) han invertido previa y masivamente en almacenamiento y disponen de redes eléctricas sólidamente interconectadas. Dinamarca, por ejemplo, exporta sus excedentes a Noruega y Alemania. España, en cambio, ha instalado muchos aerogeneradores, pero no ha construido las infraestructuras que permiten estabilizar su uso.
El gobierno apostó por las renovables, con su famosa y tatareada Agenda 2030, pero con una transición mal secuenciada. Desde 2019, España ha perdido unos 7 GW de potencia estable con el cierre de centrales térmicas y nucleares, mientras que solo dispone de 5,3 GW en baterías. Según REE, serían necesarios 20 GW de aquí a 2030. Pero el PNIEC (Plan Nacional de Energía y Clima) priorizó la instalación de renovables sin sincronizar esa apuesta con un desarrollo proporcional de almacenamiento ni de interconexiones. El resultado: una red que se sostiene con alfileres.
Y no se trata de rechazar la transición energética, sino que hay que hacerla de forma coherente y realista. El apagón del 28 de abril no fue solo un fallo técnico; fue un síntoma de una estrategia mal calibrada. El mix energético debe incluir renovables, por supuesto, pero también fuentes estables y controlables como el gas o la nuclear, al menos hasta que las redes inteligentes, el almacenamiento y las interconexiones estén plenamente desarrolladas.
Y por supuesto, la ideología está para ponerla en marcha, pero con cabeza y con la física y la planificación por delante. La electricidad no espera. Si no hay sol ni viento y no tenemos con qué compensarlo, el sistema cae. Y cuando cae, las consecuencias las paga toda la ciudadanía. Por tanto, la solución es clara: más inversión, más previsión y menos dogmatismo. Porque la transición energética debe ser un puente sólido hacia el futuro, no una cuerda floja por la que se camina a ciegas.
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