El Rif: otra historia interminable de identidad cultural, social y políticamente discriminada.

 

@pepe_rojas99
´Cyrano de la realidad´
viernes, 30 de mayo de 2025

Curioseando las últims sentencias judiciales, me encuentro con uno de la Audiencia Nacional donde un agente solicitó protección internacional porque había sido víctima de trato discriminatorio por su origen rifeño y había sido obligado a realizar prácticas irregulares, lo que le ha llevado a abandonar su puesto en la Policía

Me interesó la noticia y me puse a mirar sobre esta región marroquí del Rif, que tiene mucho más que contar que simplemente ser solo una región del norte de Marruecos.

Geográficamente, es un surco de montañas que arañan el cielo con la paciencia milenaria de los pueblos que resisten. Se extiende como un espinazo obstinado desde los ecos del Estrecho de Gibraltar hasta las lindes del noreste marroquí, siempre con el mar Mediterráneo como espejo íntimo y testigo de su historia. Es tierra de los amaziges, herederos de una lengua ancestral, de una memoria transmitida al ritmo de los tambores de boda, del canto del viento entre los olivos, del rumor hondo de la injusticia no olvidada. No en vano, el significado de “amazigh” no es otro que “hombre libre” o “persona noble”, y referida también a la lengua bereber.

La cordillera del Rif, de origen alpino, configura una geografía áspera, tallada a golpes de tiempo y de lucha. Sus montañas, aunque no tan elevadas como otras africanas, son abruptas y desafiantes, alcanzando los 2.456 metros en el Jbel Tidirhine, que se alza como un centinela sobre el corazón histórico de la región, cerca de Alhucemas. Esta espina dorsal geológica, hermana menor de las Béticas andaluzas, se despliega de oeste a este en una danza pétrea, enlazando dos continentes, como si compartieran un destino trágico.

El paisaje rifeño es, a la vez, rudo y generoso. Las brisas del Mediterráneo humedecen las cumbres y permiten el crecimiento de bosques densos de encinas, alcornoques y cedros en el Rif occidental, mientras que el interior, más seco, se viste de matorrales y cultivos humildes. Las costas se alternan entre acantilados que caen al mar con vértigo y playas escondidas que guardan secretos de marineros, contrabandistas y exiliados.

Por entre las laderas y los valles, discurren ríos breves pero impetuosos, como el Laou o el Martil, que surcan vegas fértiles donde la vida insiste en brotar. Frente a Nador, la laguna de Mar Chica es un paréntesis de calma en una tierra donde la historia no ha dejado de sacudirse el polvo de la injusticia.

El aislamiento ha sido una constante en el devenir del Rif. El relieve agreste, la negligencia oficial y la falta de infraestructuras han mantenido a muchas aldeas fuera del tiempo, en un limbo entre la tradición y el abandono. Este aislamiento, sin embargo, ha sido también refugio de identidad. En Chefchaouen, en Tetuán, en Alhucemas, en Nador y Driouch, la lengua tamazight sigue viva, como un árbol que se niega a secarse, y la memoria colectiva resuena en cada gesto de hospitalidad y en cada mirada desconfiada hacia Rabat.

El Rif es diverso en su unidad. Al oeste, la lluvia y el verdor suavizan el paisaje; al centro, las montañas altas condensan el alma resistente de su gente; al este, el aire se seca, la tierra se endurece y las miradas se orientan hacia Europa, como único horizonte posible para una juventud sin oportunidades.

Porque el Rif no solo es montaña y mar. Es también una herida abierta. Una región orgullosa, rica en cultura, marginada en lo económico y reprimida en lo político. A pesar de su contribución a la historia del país —con la efímera y heroica República del Rif liderada por Abd el-Krim en los años veinte—, la región ha sido tratada como un territorio periférico, incómodo, rebelde. Las carencias en hospitales, universidades, caminos y empleo no son casuales: son el resultado de una política de desatención sistemática.

Mientras tanto, la economía informal —especialmente el cultivo de cannabis— se convierte en tabla de salvación y condena. Permitida y perseguida al mismo tiempo, genera ingresos para miles de familias, pero también criminaliza a quienes no tienen alternativa. Y cuando, en 2016, el joven Mouhcine Fikri fue triturado en un camión de basura por intentar recuperar su mercancía confiscada, la indignación estalló. Hirak, lo llamaron. El Movimiento. El grito de un pueblo que ya no soporta el silencio. Las protestas, pacíficas, fueron duramente reprimidas. Muchos de sus líderes, como Nasser Zefzafi, fueron condenados a largas penas de prisión. La distancia entre el Rif y el Estado se volvió abismo.

La lengua amazige, reconocida oficialmente en 2011, sigue sin implementarse con justicia. Las promesas de inclusión cultural siguen siendo papel mojado. Y el orgullo rifeño, lejos de apagarse, se transforma en un clamor por autonomía, respeto y dignidad.

Así es el Rif: montaña que duele, costa que sueña, identidad que persiste. En cada piedra, una historia. En cada silencio, una protesta contenida. En cada hijo que parte hacia Europa, una pregunta sin respuesta. ¿Hasta cuándo?

HHaciendo un poco de historia, el Rif fue protectorado español desde 1912 hasta 1956. Mientras España administraba el norte de Marruecos, Francia controlaba el sur, dejando una huella cultural y lingüística que perdura hoy en día. De hecho, todavía hay rifeños que hablan español o tienen familiares con nacionalidad española.

Entre 1921 y 1927, estalló un conflicto clave en la región, con líderes como Abdelkrim El Khattabi al frente de la resistencia contra España, un episodio que quedó grabado en la memoria colectiva. Ya entrados en el siglo XX, durante las décadas de 1960 y 1970, miles de rifeños emigraron a España, asentándose principalmente en Cataluña, Valencia y el País Vasco, donde trabajaron en sectores como la agricultura, la construcción y la industria.

Hoy, ciudades como Melilla siguen siendo un importante punto de conexión, con una población en parte bereber. En la península, localidades como Barcelona, L'Hospitalet o Bilbao cuentan con barrios de fuerte presencia rifeña. Aunque no hay cifras exactas —pues suelen registrarse simplemente como marroquíes—, se calcula que decenas de miles de rifeños o sus descendientes viven en España. En Melilla, por ejemplo, cerca del 70% de la población musulmana es bereber.

A pesar de que en general están integrados, muchos enfrentan discriminación laboral y dificultades para que se reconozca su identidad amazigh. Las segundas generaciones ya están reivindicando con fuerza sus raíces rifeñas. De hecho, asociaciones como la Asociación Amazigh de España o la Coordinadora de Asociaciones Rifeñas organizan actos para visibilizar su cultura y denunciar la represión en Marruecos. No son pocos los rifeños que, perseguidos en su país, piden asilo político en España.

Sin embargo, el gobierno marroquí ve con recelo este activismo, tachándolo en ocasiones de "separatista", lo que ha llegado a tensar las relaciones diplomáticas entre ambos países —como ocurrió con el caso del líder rifeño Nasser Zefzafi, encarcelado en 2021—. Aunque España es un destino habitual para quienes huyen de la marginación en Marruecos, no faltan los obstáculos para lograr el asilo por motivos políticos. Tras la represión del movimiento Hirak en 2017, las solicitudes de protección internacional aumentaron, pero muchas fueron rechazadas por falta de "pruebas concretas".

A nivel cultural, España acoge una de las diásporas rifeñas más numerosas del mundo. Políticamente, es un asunto delicado en las relaciones con Marruecos, y socialmente, plantea el reto de integrar identidades minoritarias en Europa. Como curiosidad, en Melilla, alrededor del 40% de la población habla tamazight, y hay calles con nombres en bereber.


Haciendo un poco de historia, el Rif fue protectorado español desde 1912 hasta 1956. Mientras España administraba el norte de Marruecos, Francia controlaba el sur, dejando una huella cultural y lingüística que perdura hoy en día. De hecho, todavía hay rifeños que hablan español o tienen familiares con nacionalidad española.

Entre 1921 y 1927, estalló un conflicto clave en la región, con líderes como Abdelkrim El Khattabi al frente de la resistencia contra España, un episodio que quedó grabado en la memoria colectiva. Ya entrados en el siglo XX, durante las décadas de 1960 y 1970, miles de rifeños emigraron a España, asentándose principalmente en Cataluña, Valencia y el País Vasco, donde trabajaron en sectores como la agricultura, la construcción y la industria.

Hoy, ciudades como Melilla siguen siendo un importante punto de conexión, con una población en parte bereber (alrededor del 40% de la población habla tamazight, y hay calles con nombres en bereber). En la península, localidades como Barcelona, L'Hospitalet o Bilbao cuentan con barrios de fuerte presencia rifeña. Aunque no hay cifras exactas —pues suelen registrarse simplemente como marroquíes—, se calcula que decenas de miles de rifeños o sus descendientes viven en España. En Melilla, por ejemplo, cerca del 70% de la población musulmana es bereber.

A pesar de que en general están integrados, muchos enfrentan discriminación laboral y dificultades para que se reconozca su identidad amazigh. Las segundas generaciones ya están reivindicando con fuerza sus raíces rifeñas. De hecho, asociaciones como la Asociación Amazigh de España o la Coordinadora de Asociaciones Rifeñas organizan actos para visibilizar su cultura y denunciar la represión en Marruecos. No son pocos los rifeños que, perseguidos en su país, piden asilo político en España.

Sin embargo, el gobierno marroquí ve con recelo este activismo, tachándolo en ocasiones de "separatista", lo que ha llegado a tensar las relaciones diplomáticas entre ambos países —como ocurrió con el caso del líder rifeño Nasser Zefzafi, encarcelado en 2021—. Aunque España es un destino habitual para quienes huyen de la marginación en Marruecos, no faltan los obstáculos para lograr el asilo por motivos políticos. Tras la represión del movimiento Hirak en 2017, las solicitudes de protección internacional aumentaron, pero muchas fueron rechazadas por falta de "pruebas concretas".

A nivel cultural, España acoge una de las diásporas rifeñas más numerosas del mundo. Políticamente, es un asunto delicado en las relaciones con Marruecos, y socialmente, plantea el reto de integrar identidades minoritarias en Europa.

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