De aliados secretos a enemigos declarados: Irán e Israel en la geopolítica de Oriente Medio
De aliados secretos a enemigos declarados: Irán e Israel en la geopolítica de Oriente Medio
@pepe_rojas99
´Cyrano de la realidad´
domingo, 22 de junio de 2025
La historia entre Israel e Irán es una maraña complicada. No es una guerra de frente, no con tanques y soldados chocando (hasta ahora), sino una hostilidad profunda y persistente, alimentada por las llamas de la religión, los intereses de la región, las alianzas internacionales y esa sed insaciable de poder.
Echando un vistazo al ayer, Imagínate en 1948, cuando Israel alzó sus fronteras, Irán, aunque no lo reconoció oficialmente, tampoco le puso la cruz como hicieron la mayoría de los países árabes. De hecho, en 1950, le dio un guiño "de facto" y le permitió tener una oficina diplomática en Teherán. En aquel entonces, eso era casi un acto de rebeldía, ¡un verdadero destello de pragmatismo en medio de la tormenta!
Luego aparece en escena Mohammad Mossadegh, un nombre que resuena con fuerza en la historia iraní. Fue primer ministro y, en un acto de pura audacia nacionalista, nacionalizó la industria petrolera iraní, hasta entonces en manos británicas. ¡Aquello fue una bomba! Reino Unido, ni corto ni perezoso, respondió con un embargo asfixiante.
Pero la historia no termina ahí. En 1953, un golpe oscuro, la Operación Ajax, orquestada por la CIA y el M16, lo derrocó sin piedad. Mossadegh, el soñador de una Irán independiente, fue silenciado, y el Sha Mohammad Reza Pahlaví regresó al trono, más manejable y maleable para los intereses occidentales.
Este episodio dejó una herida profunda. Para muchos iraníes, Mossadegh es un héroe inquebrantable, un símbolo de dignidad frente al imperialismo. Para Occidente, su derrocamiento es una mancha, un error geopolítico garrafal que sembró las semillas del resentimiento, un resentimiento que décadas después germinaría en la Revolución Islámica de 1979.
Tras la caída de Mossadegh, y con el Sha de vuelta en el poder, las relaciones entre Irán e Israel se estrecharon, casi en secreto. Irán se convirtió en el gran proveedor de petróleo para Israel, especialmente cuando los países árabes les cerraban el grifo. Israel, por su parte, le dio a Irán conocimientos agrícolas y, en las sombras, sus servicios de inteligencia, el Mossad y la Savak, tejieron una red de colaboración contra enemigos comunes, como la influencia soviética y los grupos islamistas.
Hubo proyectos ambiciosos, como el "Proyecto Trident", un oleoducto que nunca se completó del todo. Y sí, hasta hubo cooperación nuclear civil. Israel veía a Irán como un aliado estratégico, un oasis no árabe en un desierto de hostilidad, unidos por el anti-arabismo, el anti-sovietismo y la alianza con Estados Unidos. Una verdadera "doctrina periférica" para romper el cerco árabe.
Pero todo se vino abajo en 1979. La Revolución Islámica, con el ayatolá Jomeini a la cabeza, no solo rompió con Israel, sino que lo declaró el enemigo público número uno, el "régimen sionista usurpador". La embajada israelí fue entregada a la OLP, y desde entonces, la hostilidad no ha hecho más que crecer, como una marea implacable.
Desde los años 80 hasta hoy, la confrontación se ha librado en las sombras:
Irán alimenta y arma a grupos como Hezbolá, Hamás y la Yihad Islámica, y extiende su influencia por Siria e Irak, cercando a Israel.
Israel responde con bombardeos en Siria, sabotajes y ciberataques al programa nuclear iraní, e incluso, se susurra, con asesinatos selectivos de científicos.
La tensión hoy se centra en el programa nuclear iraní. Aunque Irán jura que es civil, Israel y Estados Unidos sospechan que persiguen la bomba. Para Israel, es una línea roja infranqueable. El acuerdo de 2015 intentó ponerle un bozal, pero Israel lo despreció, y cuando Trump se retiró en 2018, la olla a presión se puso al rojo vivo.
Ambos invierten fortunas en tecnología, espionaje y ciberguerra. Israel tiene el respaldo de EE. UU. y de aliados occidentales, y cada vez más, de países árabes sunitas que también le temen a Irán. Irán, por su parte, se aferra a Siria, Hezbolá, Rusia y a grupos chiíes en Irak y Yemen, desafiando el orden regional que domina EE. UU. e Israel.
Y así llegamos a estos días. El 13 de junio, Israel lanzó la operación "Rising Lion" (León en Ascenso), un ataque que rugió sobre más de cien objetivos en Irán, incluyendo sitios nucleares. Irán no tardó en responder con la "Operación Promesa Verdadera III", desatando más de 250 misiles balísticos y drones sobre Israel. Los muertos y heridos, las cicatrices en edificios civiles, son el testimonio de esa noche.
El 22 de junio, EE. UU. se unió al baile, con bombarderos B-2 y misiles Tomahawk golpeando tres sitios nucleares iraníes. Irán, de nuevo, contraatacó con misiles balísticos hacia ciudades israelíes. Los números son fríos, pero las vidas, calientes: cientos de fallecidos en Irán, decenas en Israel, miles de heridos en ambos lados. El Secretario General de la ONU ya ha encendido las alarmas: esto podría desestabilizar la región por completo, desatando una guerra más grande.
Pero la narrativa oficial es solo una parte de la historia. Dentro de Irán, la población está profundamente dividida respecto al régimen de los ayatolás.
Las generaciones jóvenes (más del 60% tiene menos de 35 años) están hartas. Claman por libertades, internet sin censura, igualdad y una apertura al mundo. Muchos no comparten la hostilidad hacia Israel o EE. UU., ven en ella una cortina de humo para desviar la atención de los problemas internos.
Para muchos, el patriotismo iraní es una cosa, y el régimen islámico chií, otra muy distinta. Aman su país, su cultura milenaria, pero no a los clérigos que los gobiernan desde 1979. La guerra con Israel es, para ellos, una aventura política costosa y estéril, disfrazada de obligación religiosa.
El descontento burbujea desde 2009, y explotó tras las protestas de 2019 y 2022, sobre todo tras el asesinato de Mahsa Amini. Millones han salido a las calles, desafiando la represión brutal, gritando abiertamente contra el ayatolá Alí Jameneí y el sistema.
Aunque una parte, sobre todo en zonas rurales y más conservadoras, sigue apoyando al régimen (por fe, por necesidad económica o por miedo), las grandes ciudades hierven de rechazo. El régimen se sostiene a base de represión, control y manipulación, no por el amor de su pueblo.
En esta guerra actual, muchos iraníes no quieren la guerra, punto. En las redes sociales, sorteando la censura, se leen mensajes cargados de ironía y desesperación: "Ojalá el régimen cuidara a los iraníes como cuida a Hezbolá" o "Tenemos pan negro, pero misiles de oro". Frases que desnudan la frustración, el abismo entre las prioridades ideológicas del régimen y las necesidades de su gente.
Las encuestas independientes, como las del Grupo GAMAAN, pintan un cuadro revelador: más del 70% de los iraníes quiere separar la religión del Estado, el 56% se opone a la República Islámica, y solo un escaso 20% la apoya activamente. Un país en ebullición, con una diáspora creciente y ciudades universitarias que se vacían.
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