Los hutíes: de la resistencia zaidí a la peor crisis humanitaria del mundo
Los hutíes: de la resistencia zaidí a la peor crisis humanitaria del mundo
@pepe_rojas99
´Cyrano de la realidad
domingo, 31 de agosto de 2025
Yemen es un país árabe situado al sur de la península de Arabia. Perteneció, hasta su independencia en 1918, al Imperio Otomano. Con una superficie de 528.000 Km2, muy parecida a la de España, tiene una población de 34, 5 millones, unas fronteras terrestres de 1746 KM, que lindan al norte con Arabia Saudita, con Omán al este; y 1906 Km de frontera marítima en el oeste con el mar rojo, y sur y oeste con el golfo de Adén. Desde su independencia de los otomanos fue un reino, hasta 1968 que se constituyó en una república.
Yemen se unificó en 1990, tras la unión de Yemen del Norte y del Sur. Sin embargo, su historia ha estado marcada por la inestabilidad, con una guerra civil que se extendió hasta 1994 y la delimitación de sus fronteras, que se resolvió a principios de los 2000.
Desde 2011, en el contexto de la Primavera Árabe, Yemen ha sufrido una profunda crisis política. Las protestas contra el desempleo y la corrupción llevaron a la renuncia del presidente Alí Abdalá Salé, pero el país cayó en otra guerra civil tras la toma de la capital por parte de los Hutíes en 2014. Desde entonces, Arabia Saudita ha intervenido militarmente, lo que ha provocado un bloqueo que ha desencadenado la mayor crisis humanitaria del país.
A pesar de su inestabilidad actual, Yemen fue una de las cunas de la civilización en Oriente Próximo. Gracias a su tierra fértil y su estratégica ubicación, fue conocido en la antigüedad como Arabia Felix (Arabia feliz), ya que era un importante centro comercial que controlaba el tráfico de especias. Tres grandes civilizaciones dominaron la región: los mineos, los sabeos y los himyaritas. El Reino de Saba fue la civilización más conocida de la zona, a la que supuestamente perteneció la legendaria reina de Saba.
La prosperidad del país perduró hasta el siglo XVII gracias a la exportación de café. Sin embargo, su importancia ha menguado a lo largo del tiempo, y hoy en día es uno de los países más pobres de Oriente Próximo.
No estamos ante una etnia diferenciada, sino frente a un movimiento político, religioso y militar nacido en las montañas del norte de Yemen, enraizado en la comunidad zaidí chií. Los zaidíes, rama singular dentro del islam chií —distinta de la corriente duodecimana dominante en Irán e Irak—, gobernaron durante siglos a través de un Imamato asentado en Sa’dah, que mantuvo su autonomía hasta 1962. Con la revolución republicana se derrumbó aquel poder ancestral, y a partir de entonces muchos zaidíes se vieron desplazados, mientras el islam suní y, más tarde, el salafismo wahabí respaldado por Arabia Saudí, se expandían con fuerza en la región.
En la década de los noventa, un clérigo zaidí, Huséin Badr al-Din al-Hutí, fundó el grupo Ansar Allah (“Partidarios de Dios”). Lo que comenzó como un movimiento cultural y religioso de preservación de la identidad zaydí, pronto se tornó en una organización combativa, con un discurso marcadamente hostil hacia Arabia Saudí, Estados Unidos e Israel. Su lema, encendido y desafiante, condensaba un mensaje de lucha y resistencia frente a lo que consideraban injerencia extranjera en su tierra.
La chispa del conflicto abierto llegó en 2004, con los primeros enfrentamientos contra el gobierno central de Yemen. A partir de ahí, las guerras se sucedieron en la provincia de Sa’dah. Y en 2014, aprovechando la debilidad del Estado tras la Primavera Árabe, los hutíes avanzaron sobre la capital, Saná, y expulsaron al gobierno reconocido internacionalmente. Desde entonces controlan gran parte del norte y oeste del país, incluidas las zonas más pobladas. Se les acusa de recibir apoyo militar de Irán, lo que los convierte en una ficha esencial en el tablero de rivalidad regional con Arabia Saudí.
En 2015, la coalición árabe liderada por Riad (capital de Arabia Saudí) intervino militarmente para reinstaurar al gobierno yemení. Aquel paso desencadenó la actual guerra civil, que la ONU ha definido como la peor crisis humanitaria del mundo. Los hutíes han demostrado una sorprendente capacidad militar: no solo han defendido sus territorios, también han desplegado drones, misiles balísticos y ataques contra instalaciones petroleras saudíes y barcos en el mar Rojo.
Las cifras son estremecedoras: en 2025, 19,5 millones de personas necesitan ayuda humanitaria y protección. El hambre, la desnutrición y el colapso del sistema sanitario marcan la vida diaria. La tregua auspiciada por la ONU en 2022 redujo la intensidad de los bombardeos, pero no solucionó la crisis ni abrió un camino claro hacia la paz. Los hitos políticos se han ido acumulando: las protestas de 2011, la caída de Saleh, la transición con Hadi, la toma de Saná por los hutíes en 2014-2015, la intervención saudí, el Acuerdo de Estocolmo de 2018, la tregua de 2022 y, más recientemente, los ataques hutíes contra la navegación del mar Rojo entre 2023 y 2025, que ya han traspasado las fronteras de Yemen al impactar en la economía global.
Hoy, los hutíes (que son los miembros de un movimiento político y militar chiíta, originario del norte de Yemen) controlan Saná, Hudayda y buena parte del norte, mientras el gobierno reconocido internacionalmente se sostiene en el sur y el este, apoyado por Arabia Saudí y su coalición. Su base social son tribus y familias zaydíes, organizadas bajo un entramado que combina jerarquía tribal, liderazgo religioso e infraestructura militar. Practican el chiismo zaidí, una corriente próxima en ritos al islam suní, aunque en lo político se han acercado a Irán. Su ideología mezcla nacionalismo, antiimperialismo y fervor religioso. Para sus partidarios, son guardianes de la soberanía de Yemen frente a injerencias externas; para sus enemigos, insurgentes que han impuesto un control férreo y que prolongan la inestabilidad regional.
La situación actual es un equilibrio frágil entre tregua y guerra latente. El frente se ha desplazado al mar Rojo, mientras la población civil sigue atrapada en un país devastado, exhausto y dividido. El futuro de Yemen dependerá de que los actores internos logren un acuerdo inclusivo, y de que las potencias regionales abandonen la lógica de guerra por delegación que ha convertido al país en campo de batalla. Entre el hambre, las enfermedades y la miseria, la pregunta es si Yemen podrá alguna vez rehacerse como nación unida o quedará condenado a vivir fragmentado, bajo la sombra de un conflicto sin fin.
Yemen se enfrenta a una cruda realidad: la paz es casi imposible de alcanzar mientras potencias extranjeras como Irán, Estados Unidos y Egipto, entre otras, sigan desestabilizando el país. Los esfuerzos de la ONU por lograr un cese de hostilidades son inútiles, pues los intereses económicos y geopolíticos en juego son demasiado grandes.
La falta de educación en la población es uno de los orígenes del conflicto, ya que un pueblo sin educación es más propenso a la hostilidad. Sin embargo, la historia de Yemen es mucho más compleja, y la injerencia extranjera y la inestabilidad interna han tenido un papel fundamental en el conflicto.
El conflicto de Yemen es un reflejo de la lucha de poder regional entre Arabia Saudita e Irán. Arabia Saudita lidera una coalición que interviene militarmente en el país para evitar que los rebeldes hutíes, apoyados por Irán, tomen el control total. Por otro lado, Estados Unidos ha apoyado a la coalición saudí, lo que ha provocado críticas internacionales por su papel en la crisis humanitaria.
La inestabilidad política, la corrupción y el desempleo masivo que desencadenaron la Primavera Árabe en 2011 son las verdaderas causas del conflicto. Las divisiones internas, ya sean políticas o religiosas, han sido manipuladas por las potencias extranjeras, lo que ha exacerbado el conflicto.
El conflicto de Yemen es como un juego de ajedrez geopolítico en el que las potencias extranjeras mueven sus fichas, y el pueblo yemení paga el precio más alto. No se puede hablar de paz sin abordar las verdaderas causas del conflicto.
Un tablero de ajedrez cruel
En este cruel “juego del calamar”, las piezas todopoderosas del Rey y la reina son las grandes potencias, como Irán y Arabia Saudita, que mueven los hilos del conflicto y dictan el ritmo de la guerra. Ellos son los que dan forma a la narrativa, y para ellos, la victoria se mide en control de recursos y poder regional. No olvidemos que los caballos, peones de las potencias, son los aliados de las potencias principales: Emiratos Árabes Unidos, por ejemplo, y otros actores regionales que, con movimientos rápidos e impredecibles, desafían la estrategia de los alfiles. Las torres, atentas y vigilantes, son las potencias occidentales y las organizaciones internacionales como las Naciones Unidas, que observan el conflicto y, aunque intentan promover la paz, rara vez intervienen de forma decisiva. Su influencia es real, pero sus acciones a menudo son lentas o están limitadas por el limitado juego de la política. Por último, tenemos a los peones, las piezas más débiles: son el pueblo yemení. Son los que más sufren, los que caen primero y los que son sacrificados en nombre de los intereses de los demás. Su única opción es sobrevivir al caos, mientras el hambre y la enfermedad avanzan sin control.
En este juego, la paz solo será posible con la complacencia o benevolencia de los países implicados en el conflicto. Hasta que no decidan detener sus movimientos en este macabro juego, Yemen seguirá siendo un campo de batalla en el que el pueblo yemení será la principal víctima. Para ellos, la educación no es suficiente; necesitan que el mundo les dé una oportunidad de sobrevivir.
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