Los incendios en España: La paradoja del fuego que nos devora

 LOS INCENDIOS EN ESPAÑA: LA PARADOJA DEL FUEGO QUE NOS DEVORA


@pepé_rojas99

´Cyrano de la realidad´


sábado, 23 de agosto de 2025 

España arde de forma distinta. Aunque las estadísticas oficiales insisten en que el número de incendios y la superficie quemada se mantienen estables —fruto de una inversión récord en extinción—, hay una tendencia que preocupa a bomberos, científicos y responsables políticos: aumentan los grandes incendios, esos que superan las 5.000 hectáreas y se escapan de cualquier control.


¿La razón? Un cóctel explosivo: abandono rural, masas forestales continuas y densas —auténticas bombas de combustible— y un cambio climático que nos trae veranos más largos, sequías más persistentes y olas de calor extremo.

El diagnóstico es un monte abandonado y un fuego cada vez más violento. La España vaciada no es solo un problema demográfico: es un riesgo ambiental de primer orden. El despoblamiento ha llevado al abandono de usos tradicionales —agricultura, ganadería extensiva, aprovechamiento forestal—, lo que ha generado paisajes continuos y homogéneos, ideales para que el fuego se propague sin freno.

El 72% de los montes son privados, pero muchos carecen de gestión. La Ley de Montes de 2003 y las normas autonómicas existen, pero son insuficientes sin la colaboración de propietarios y población local.


El gran desequilibrio es que se invierte más en pagar que en evitar.  España tiene uno de los dispositivos de extinción más potentes de Europa, pero el modelo está agotado. Mientras gastamos millones en aviones y brigadas, la prevención sigue siendo la asignatura pendiente.

La comunidad científica y la UE ya han dado la voz de alarma: urge pasar de la cultura de la extinción a la cultura de la prevención, soluciones reales, no parches: gestión inteligente y gente en el territorio.


Frente al desafío de los incendios, no basta con más medios de extinción. Es urgente aplicar —ya— estrategias contrastadas y con visión integral: Quemas prescritas, con fuegos técnicos controlados que eliminan el exceso de vegetación y reducen el combustible disponible, disminuyendo la intensidad de posibles incendios. Paisajes en mosaico para  recuperar el equilibrio tradicional entre bosque, zonas de cultivo y pastos. Así se rompe la continuidad del combustible y se frena el avance de las llamas. Y una gestión adaptada al territorio: no todos los montes son iguales. Hay que actuar según las particularidades de cada ecosistema —desde los bosques atlánticos de Galicia hasta el monte mediterráneo— con planes específicos y técnicamente fundados. E implicar a la población rural: ellos conocen el territorio, dependen de él y son los primeros afectados. Su papel es clave tanto en la prevención como en la detección temprana. “Las políticas impuestas desde despachos, sin contar con quienes viven y trabajan en el campo, están condenadas al fracaso”.

Ganaderos, agricultores y silvicultores no son el problema: son parte esencial de la solución. Ignorarlos —o marginarlos— en nombre de un ecologismo teórico y urbano es un error que pagamos todos con cada incendio descontrolado.


Los datos son demoledores. En 2022,  se quemaron 315.000 hectáreas (más que la provincia de Álava). El 60% de los incendios son intencionados, y el 31%, por negligencias, solo el 5% se deben a rayos, aunque son los más devastadores.


Consecuentemente, el fuego ha venido para quedarse. La pregunta no es cómo eliminarlo —es imposible—, sino cómo gestionarlo. Necesitamos un cambio de modelo: “menos aviones y más ganado; menos burocracia y más gestión forestal; menos urbanizaciones en el monte y más prevención”.


Menos ecologismo de salón y más políticas con sentido común. Menos demagogia y más apoyo real a quienes cuidan el territorio. El futuro de nuestros montes no se decide en hashtags, sino con hechos: con gestión activa, con población viva en el medio rural y con un equilibrio que permita conservar sin condenar al abandono. De ello depende que el próximo verano no volvamos a lamentar la pérdida de lo que no supimos proteger.


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