Del franquismo al "francomodín": la polémica sobre la Real Casa de Correos de Madrid

 

 Del franquismo al “Francomodín”: la polémica sobre la Real Casa de Correos de Madrid

jueves, 23 de octubre de 2025

El edificio de la Real Casa de Correos, en pleno corazón de la Puerta del Sol, es mucho más que una fachada con reloj. Es un espejo donde se reflejan dos siglos y medio de historia española, desde la Ilustración hasta la era mediática.
Bajo su sobriedad neoclásica han resonado los pasos del poder, los ecos de la represión y también las campanadas que cada Nochevieja reúnen a un país entero ante la esperanza de un nuevo año.

Antes de que existiera este edificio, el servicio de correos madrileño vagaba sin sede digna. Fue Fernando VI quien ordenó levantar una casa propia para centralizar la correspondencia del reino.
El proyecto, confiado al arquitecto francés Jacques Marquet, se ejecutó entre 1766 y 1768, un tiempo récord para la época. Su estilo mezcla el barroco tardío con el neoclasicismo incipiente: un rectángulo funcional, sobrio y ordenado, reflejo de la mentalidad borbónica.

Poco después de inaugurarse, la Real Casa de Correos amplió su función y acogió también la Superintendencia General de Policía. Bajo sus bóvedas se instalaron calabozos, y en ellos nació parte de su leyenda más oscura.
A lo largo del siglo XIX, fue escenario de detenciones, interrogatorios y ejecuciones encubiertas bajo el siniestro nombre de “Ley de Fugas”: se simulaba que un prisionero intentaba escapar para justificar su asesinato. Esta práctica, tristemente habitual en la España del XIX y principios del XX, nada tenía que ver con el franquismo, aunque luego se le atribuyera su invención.

En 1866, el relojero José Rodríguez Losada, exiliado liberal, regaló a la ciudad el reloj que desde entonces corona el edificio. Fue el primer paso hacia una hora unificada para Madrid, y también el nacimiento de una tradición entrañable: las doce campanadas de Nochevieja.
En 1931 se retransmitieron por radio y en 1962 por televisión, convirtiéndose en un ritual nacional que mezcla nostalgia, alegría y superstición.

Durante la Guerra Civil, la Casa de Correos —entonces sede de la Gobernación— fue objetivo militar. En su fachada aún se advierten los impactos de metralla.
Durante la dictadura, se mantuvo como Ministerio de la Gobernación, bajo figuras tan temidas como Arias Navarro, el tristemente apodado “Carnicero de Málaga”.

Con la llegada de la democracia y la creación de las comunidades autónomas, el edificio recuperó una nueva vida institucional. Desde 1985 es la sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid.
Se restauró por completo, se trajo junto a su entrada la escultura del Oso y el Madroño, y ante su fachada se colocó el simbólico Kilómetro Cero, punto desde el cual parten las carreteras de España.
Así, el antiguo centro de represión y control se transformó en un símbolo cívico y turístico, donde madrileños y visitantes celebran cada cambio de año.

Pero la historia, cuando pasa a manos de los políticos, suele perder matices.
En 2023, el Consejo de Ministros declaró la Real Casa de Correos “Lugar de Memoria Democrática”, dentro de la ley que reconoce los espacios vinculados a la represión franquista y la lucha por los derechos humanos.
La intención, sobre el papel, era loable: recordar para no repetir. Pero la aplicación, una vez más, ha encendido la controversia.

Y es que la “Ley de Fugas” —mencionada en el expediente— no nació con el franquismo. Su uso está documentado desde finales del siglo XIX, durante la Restauración, y fue empleada con crudeza por autoridades de la monarquía de Alfonso XIII y del periodo de la Dictadura de Primo de Rivera, mucho antes de la Guerra Civil.
Atribuirla en exclusiva al franquismo es, como poco, un anacronismo histórico.

El Gobierno central sostiene que la Casa de Correos simboliza la represión franquista.
La presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso, en cambio, rechaza esa lectura parcial, argumentando que al centrar la memoria solo en el franquismo se “estigmatiza” el edificio y, de paso, a la institución que hoy lo ocupa.
Desde el punto de vista historiográfico, su crítica tiene fundamento: el edificio fue escenario de abusos en distintas épocas y bajo distintos regímenes, no solo durante la dictadura.

El fondo del asunto trasciende el edificio: se trata de cómo cada gobierno usa la historia como espejo o como arma, seleccionando lo que conviene a su discurso.
Así, la vieja Casa de Correos se convierte hoy en un símbolo doble: de la memoria colectiva, sí, pero también de la disputa constante por apropiarse del pasado.

La Real Casa de Correos ha visto desfilar monarcas, repúblicas, dictadores y presidentes autonómicos.
Ha sido cárcel, ministerio y sede del poder regional. Ha albergado la represión y las campanadas de esperanza.
Su historia, como la de España, no cabe en una sola ley ni en una sola versión.

Quizá lo más sensato sea contemplarla como lo que realmente es: un edificio de piedra que no juzga, pero recuerda. Un edificio que, entre sus muros, guarda tanto la sombra como la luz de nuestra memoria compartida.

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