Hamás: Del Origen en la Hermandad Musulmana al control de Gaza y el histórico Acuerdo de Alto el Fuego de octubre de 2025
Hamás: Del Origen en la Hermandad Musulmana al control de Gaza y el histórico Acuerdo de Alto el Fuego de octubre de 2025
@pepe_rojas99
´Cyrano de la realidad´
16 de octubre de 2025
En la raíz de los conflictos que desangran Oriente Próximo, Hamás surge como una sombra proyectada desde la vieja Hermandad Musulmana, nacida en Egipto en 1928 bajo la idea de restaurar la identidad islámica frente a la modernidad occidental y la ocupación colonial. En Palestina, esa semilla encontró terreno fértil en la frustración, en la pérdida y en el anhelo de dignidad nacional. A finales de 1987, cuando la Primera Intifada estalló como una llama de hartazgo colectivo tras dos décadas de ocupación israelí, de asentamientos y de represión, el jeque Ahmed Yasín decidió transformar la prédica en acción. Así nació Hamás: el brazo militante de una fe que se mezcló con el nacionalismo y con la desesperación.
En su origen, no era sólo un movimiento armado, sino también una red social, educativa y religiosa que llenaba los vacíos que otros habían dejado. La Hermandad Musulmana palestina había tejido, desde los años setenta, una estructura asistencial que ofrecía clínicas, escuelas y ayuda a los más pobres. Esa red fue la base que sostuvo a Hamás, su rostro visible ante una población hastiada de promesas incumplidas. De ahí brotó su fuerza, su legitimidad y su capacidad de sobrevivir más allá de los frentes de guerra.
Pero Hamás se forjó también como una organización de doble rostro: el político, con su Buró en el exilio que marcaba la estrategia y las alianzas; y el militar, encarnado en las Brigadas Ezzeldín al-Qassam, nombre tomado de un líder islámico de los años treinta que encarnaba la resistencia. Aquellas brigadas serían el instrumento de una lucha que, desde los primeros disparos y atentados suicidas, hasta el lanzamiento de cohetes y la construcción de túneles subterráneos, consolidarían su poder en Gaza y su papel como símbolo de la resistencia frente a Israel.
En 2006 llegó el momento de la consagración política. Las urnas, inesperadamente, le dieron la victoria sobre Fatah, el partido laico y desgastado que había monopolizado la Autoridad Palestina. La corrupción, la desconfianza y la falta de resultados abrieron paso a una organización que muchos consideraban más íntegra, más fiel a la causa. Un año después, tras una breve y sangrienta guerra civil palestina, Hamás expulsó a las fuerzas de Fatah de Gaza y se hizo con el control total del territorio. Desde entonces, Gaza quedó bajo su mando, y el sueño de una Palestina unificada se desvaneció en dos mitades enfrentadas: Cisjordania bajo la Autoridad Palestina, Gaza bajo Hamás.
El precio de aquella victoria fue alto. Israel, con el apoyo de Egipto, impuso un bloqueo férreo por tierra, mar y aire que asfixió lentamente la economía de Gaza, cerrando sus fronteras y limitando el flujo de alimentos, energía y medicinas. En las sombras de ese aislamiento, Hamás levantó un Estado propio: control policial, administración civil, escuelas, hospitales y una red de asistencia que mantenía con vida a una población castigada por las bombas y por la pobreza. Su autoridad se consolidó tanto en el miedo como en la dependencia.
A lo largo de los años, las guerras se sucedieron como capítulos de un mismo drama: Plomo Fundido (2008), Pilar Defensivo (2012), Margen Protector (2014), Guardián de los Muros (2021), y finalmente la ofensiva de 2023, desencadenada por el ataque del 7 de octubre, el más brutal y sangriento desde el inicio del conflicto. Cada una de esas contiendas dejó ruinas y muertos, pero también una herida más profunda: la sensación de que la paz seguía siendo una quimera que nadie sabía ya cómo invocar.
Hasta que, en octubre de 2025, tras meses de devastación y mediaciones internacionales, se alcanzó un alto el fuego que muchos llamaron “histórico”. Las imágenes se repitieron en ambos lados del muro: rehenes liberados, prisioneros palestinos regresando a sus hogares, lágrimas de alivio y de rabia contenida. Más de dos mil prisioneros por una veintena de israelíes. Una ecuación dolorosa, pero símbolo de un cansancio compartido.
El acuerdo abre una rendija hacia una fase nueva —incierta, frágil— donde se habla por primera vez de reconstrucción, de desarme y de una supervisión internacional que garantice la estabilidad en Gaza. Pero bajo las celebraciones persisten los viejos temores: quién controlará el territorio, quién asumirá la autoridad, quién garantizará que el fuego no vuelva a encenderse.
Hamás, con su raíz religiosa y su brazo armado, su legitimidad popular y su carga ideológica, sigue siendo un actor esencial e incómodo en el tablero. Su historia, tejida con la fe, la resistencia y la violencia, resume la tragedia palestina: la búsqueda de libertad y dignidad, atrapada entre la ocupación y la autodestrucción. El alto el fuego de 2025 no clausura una guerra, sino que suspende su respiración, como si Oriente Próximo contuviera el aliento ante la posibilidad —remota, pero viva— de que la historia empiece, por fin, a escribirse de otro modo.
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