Las huellas invisibles de la infancia. Cómo lo vivido sin recuerdo modela lo que somos.

 Las huellas invisibles de la infancia. Cómo lo vivido sin recuerdo modela lo que somos.


miércoles, 22 de octubre de 2025


De siempre me llamó la atención por qué no tenemos recuerdos de cuando éramos chiquititos. Solo hasta que vamos cumpliendo cuatro, cinco o seis añitos es cuando nos brotan los primeros recuerdos de nuestra infancia.

Al parecer nuestra memoria es como una goma elástica y caprichosa que, al igual que cuando llegamos a una edad, se nos vuelve flácida, olvidadiza y a veces hasta contradictoria con lo que creíamos recordar, igual nos pasa, pero al revés, cuando somos bebés no guardamos recuerdos claros antes de los tres o cuatro años, a veces incluso más tarde. Es lo que se llama la amnesia infantil, algo que nos pasa a todos. Pero que no los recordemos no significa que esas vivencias hayan desaparecido.

Está comprobado que hasta esa edad, el cerebro aún no está listo para guardar historias completas. El hipocampo, esa parte que se ocupa de la memoria episódica, está todavía en construcción. Por eso, aunque vivimos intensamente y sentimos con fuerza, no podemos guardar esas experiencias como recuerdos conscientes. Sin embargo, las emociones y las sensaciones sí quedan guardadas en zonas más profundas del cerebro, como la amígdala, el tronco cerebral o el sistema límbico (eso dicen los que saben). Allí permanecen, no como imágenes o palabras, sino como huellas emocionales o corporales.

Si de bebés nos consuelan cuando lloramos, aunque no lo recordemos, se nos queda dentro una memoria del cuerpo que nos dice “estás seguro”. O si vivimos una situación de miedo o abandono, puede que no recordemos el hecho, pero arrastraremos como un regusto de desconfianza o una ansiedad que no sabemos muy bien de dónde viene.

Nuestro psiquismo guarda esas vivencias de manera implícita. No las recordamos, pero nos habitan desde dentro, y a veces asoman disfrazadas: en reacciones automáticas, miedos sin motivo claro, gustos o rechazos instantáneos, sueños, lapsus o emociones que se desbordan sin aparente razón. También en nuestros patrones de apego, en cómo nos relacionamos, que tienen su raíz en aquellos primeros vínculos. Se podría decir que esos recuerdos no están en la mente, sino en el cuerpo y en la emoción.

Desde una mirada más simbólica, esas primeras experiencias son como la memoria arcaica del ser, los cimientos de lo que después será nuestra identidad. Aunque la mente racional no las evoque, el alma sí las conserva. Son como el telar invisible sobre el que se teje después nuestra historia. Por eso, a veces, un olor, una melodía o una luz nos provocan una nostalgia sin memoria, una emoción que viene de ese lugar profundo que no tiene palabras.

En resumen, lo que vivimos en los primeros años no se pierde, aunque no podamos contarlo. Se transforma. No vive en la memoria narrativa, sino en la emocional, la corporal, la simbólica. Y de ese material invisible surgen muchas de nuestras formas de amar, de sentir y de temer.

De esos años tempranos nacen también los complejos que arrastraremos después. Muchas de nuestras inseguridades y miedos de adultos tienen su raíz, a veces sutiles, a veces más hondamente, en vivencias infantiles que se grabaron en nuestro sistema emocional cuando aún no teníamos palabras para entenderlas.

De pequeños, nuestro cerebro está hecho más para absorber emociones que ideas. Por eso, cuando vivimos algo que nos desborda —una humillación, una crítica, la sensación de abandono, una pérdida o incluso la tensión emocional de nuestros padres—, no lo procesamos con la razón. Simplemente, se nos queda grabado en el sistema nervioso como una señal de peligro, vergüenza o insuficiencia. Tiempo después, esa huella puede convertirse en un complejo: “no soy suficiente”, “no merezco que me quieran”, “si muestro lo que siento, me rechazarán”…

Un complejo es como una madeja de emociones, imágenes y creencias que giran en torno a una experiencia no resuelta. Funciona como un nudo en el alma, que se activa cada vez que algo en el presente nos conecta con aquella emoción antigua.

Cuántas veces, si de niños nos ridiculizaron por llorar, de adultos podemos desarrollar un complejo de debilidad y mostrarnos exageradamente racionales o duros, solo para no revivir aquella sensación. O si no nos sentimos vistos o escuchados, puede brotar un complejo de inferioridad que nos lleve a buscar aprobación constante o a escondernos por miedo a fallar.

Hay heridas que no son ruidosas, traumas silenciosos que no vienen de grandes catástrofes, sino de falta de sintonía emocional, de ausencia afectiva, de entornos fríos o exigentes. A veces basta con haber sentido que teníamos que ser “otros” para ser amados. Esa huella se puede convertir después en autoexigencia desmedida, timidez o miedo al rechazo.

Pero los complejos no son enemigos, son partes heridas que piden ser escuchadas. Cuando les damos espacio —en la reflexión, la terapia o simplemente en la conciencia tranquila— dejan de actuar desde la sombra y pueden transformarse en sensibilidad y hondura. Lo que nos dolió de niños puede, si lo reconocemos con cariño, convertirse en sabiduría de adultos.

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