23-F: MEMORIA DE UN DÍA QUE MARCÓ A TODA UNA GENERACIÓN

 23-F: MEMORIA DE UN DÍA QUE MARCÓ A TODA UNA GENERACIÓN

martes, 25 de noviembre de 2025

Desde la muerte de Franco en 1975 y el inicio del cambio de régimen, la posibilidad de un golpe de Estado siempre planeó sobre la sociedad como una auténtica espada de Damocles. 

Veníamos de un sistema donde el Ejército tenía un protagonismo absoluto: no en vano Franco era el Generalísimo y jefe supremo de todas las Fuerzas Armadas. Había mucho que transformar y no era sencillo pasar de una estructura rígida, bajo el control de unos pocos y la vigilancia del dictador, a un sistema democrático donde la gobernabilidad del país recaía poco a poco en el pueblo. Cada paso hacia una mayor apertura se hacía entre ilusiones y temores, siempre con el riesgo latente de que los viejos resortes —con los militares al frente y la llamada “vieja guardia”— truncaran el avance hacia unas libertades necesarias y, sobre todo, políticas.

Un pilar decisivo en ese tránsito desde una dictadura tan prolongada hacia la democracia fue el entonces joven rey Juan Carlos I. Qué lástima que su figura esté hoy tan denostada. Sin su intervención y su apuesta por la apertura, muchos de aquellos cambios habrían sido casi imposibles. Resulta triste comprobar el escaso reconocimiento que se le concede hoy por aquellos años tan tensos, que él y su familia vivieron en primera línea. Sus errores posteriores en materia fiscal, que nunca debieron producirse, empañaron una credibilidad que había sido esencial en momentos críticos. Sus detractores han aprovechado esos fallos para desacreditar su figura y la de la Corona, hasta el punto de verlo prácticamente apartado de la vida institucional y residiendo fuera de España. Pero conviene recordar que Don Juan Carlos llevaba años siendo preparado por Franco para asumir la sucesión.

A finales de los años sesenta yo cursaba primero de bachillerato en el Instituto Alfonso II de Oviedo cuando, en una clase —creo que de francés— escuché al  profesor comentar con otro la noticia del nombramiento de Juan Carlos como sucesor. Fue un impacto. Los jóvenes de nuestra edad desconocíamos la política: nos parecía algo lejano, anecdótico, pero tratándose de Franco intuíamos que aquello podía ser importante. En nuestras casas tampoco se hablaba del tema; si surgía, era con prudencia y silencios, no estaba permitido hablar de política. Aunque el régimen empezaba a abrirse ligeramente, la política seguía siendo casi un tabú.

El cambio, sin embargo, era ya inevitable. Se nombró a Adolfo Suárez presidente del Gobierno y en diciembre de 1976 se celebró el referéndum sobre la reforma política, aprobada meses antes en las Cortes. La campaña fue un despliegue mediático desconocido hasta entonces: prensa, radio y televisión volcadas en explicar el alcance de aquel giro histórico. No hay que olvidar que la sociedad española vivía en la normalidad de la dictadura y en parte la veía como buena, no en vano en aquellos años setenta ya se vivía un auge económico importante a pesar del desempleo existente. Tras el referéndum, Suárez, líder del partido UCD, fue elegido presidente del gobierno.

La legalización del PCE fue otro de los pasos más delicados que había que solventar. Los franquistas se oponían frontalmente al comunismo, y los comunistas, por su parte, no aceptaban la monarquía. Santiago Carrillo impulsó el “eurocomunismo”, ya presente en Italia y otros países europeos: un comunismo autónomo respecto a Moscú, que asumía la monarquía parlamentaria y la bandera rojigualda.

 El rey apartó a Arias Navarro y situó a Suárez al frente del Gobierno, quien maniobró con gran habilidad para conseguir su legalización. Las elecciones de 1977 que, por cierto, me pillaron haciendo la mili, dieron lugar a unas Cortes democráticas y permitieron, un marco legal para normalizar la presencia de partidos de izquierda, bueno, más bien de extrema izquierda.

Aunque hoy algunos sectores critiquen la Transición, es importante reconocer la enorme dificultad que implicó pasar de una dictadura a una democracia. Este salto, sin precedentes recientes en nuestra historia, conllevó naturalmente una expansión de las libertades individuales. Sin embargo, en este nuevo contexto, a veces se produce una confusión entre el ejercicio de la libertad y la elusión de las obligaciones, generando un debate permanente sobre los límites de los derechos.

El 23-F no fue solo un intento de golpe de Estado; fue un golpe de realidad. Aquel día la política irrumpió en los comederos de las casas y se instaló para quedarse. Se convirtió en una conversación de todos. Lo que hoy a veces echo en falta es que esas conversaciones prioricen tanto el ruido de la actualidad que ahoguen otros temas que, en el fondo, nos llenan mucho más como personas.

El 23 de febrero de 1981 marcó un antes y un después. La política ya se convirtió en conversación cotidiana, y pasó a ocupar un espacio central en la vida pública. A veces, se echa de menos que esas charlas políticas prioricen tanto los temas de conversación sobre otros que seguramente nos llenan mucho más.

Quienes nacimos bajo el franquismo carecíamos de educación política. Tuvimos que aprenderla con el tiempo, a base de tropiezos y de ir entendiendo qué era lo mejor para nuestro país, y decantarnos también ideológicamente. Yo tenía 18 años cuando murió Franco, y puedo decir que, aunque jamás me he considerado “franquista”, sí puedo decir que la sensación de seguridad, estabilidad y tranquilidad en la vida cotidiana era una realidad entonces de la que hoy se carece:”Libertas sine licentia”.

Aquel intento de golpe, retransmitido en directo por la radio, asentó definitivamente que el Ejército era una parte más del Estado, necesaria, sí, pero ya no la protagonista. Los tiempos cambiaban y la sociedad quería gobernarse por sí misma, con aciertos y errores, pero libre de imposiciones militares. Quizás aquel episodio abrió definitivamente las puertas a una España integrada en el mundo, que empezaba a mirarnos con otros ojos.

Recuerdo con nitidez esa tarde del 23 de febrero. Pasadas las seis, entré a ducharme con la radio encendida para seguir la votación que debía investir presidente a Leopoldo Calvo-Sotelo. En pleno recuento, se escucharon disparos y los gritos de “¡Al suelo todo el mundo!”. La radio narró la irrupción de guardias civiles armados en el hemiciclo y la interrupción brusca de la sesión.

Faltaban pocos meses para mi boda. En casa, en el barrio, reinaba la incertidumbre: nadie sabía qué podía ocurrir. Hablábamos entre los vecinos y la incertidumbre de lo que podía pasar nos invadía. Unos decían que iban a casa de los padres, o de familiares, otros decidimos esperar a ver qué pasaba. Las pocas noticias se daban por la radio, la televisión interrumpió su programación y emitió durante aquellas horas programas para distraer a la gente, programas como “El libro gordo de Petete”, “Las cuatro esquinas", o “300 millones”. TVE de Prado del Rey fue tomada por el ejército. 

El secuestro del Parlamento nos sumió en más de seis horas de angustia. ¿Volvíamos a una dictadura o seguiríamos avanzando hacia la democracia? El periodista deportivo José María García iba relatanto los hechos casi minuto a minuto, y el país entero estaba pegado al transistor como si se tratase de una final de fútbol.

No fue hasta pasada la una de la madrugada cuando el rey apareció en TVE, con uniforme de capitán general, para afirmar que había ordenado a la Junta de Jefes del Estado Mayor mantener “el orden constitucional dentro de la legalidad vigente”, y que la Corona no toleraría ninguna interrupción del proceso democrático. Su mensaje calmó a una gran parte del país, aunque decepcionó a quienes esperaban que el golpe triunfase.

A partir de aquel día, España ya no volvió a ser la misma, sobre todo para mi. En el verano de aquel año me casaba, y la ilusión de mi boda priorizaba sobre cualquier cosa; casarme y formar una familia. Eso supuso para mí aquel 1981, ajeno a la política pero sí pendiente de los cambios que en España se iban produciendo día a día. 


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