LA ESPAÑA QUE LEGISLA EN EL FILO DE LA NAVAJA: CRÓNICA DE UN PAÍS QUE CURA CON VENENO Y MATA CON AMOR (2018-2025)

 LA ESPAÑA QUE LEGISLA EN EL FILO DE LA NAVAJA: CRÓNICA DE UN PAÍS QUE CURA CON VENENO Y MATA CON AMOR (2018-2025)

martes, 8 de noviembre de 2025

Desde 2018, el Congreso de los Diputados ha sido un circo romano donde los leones se llaman ideología y los gladiadores llevan corbata. Cada ley aprobada ha sido un latigazo, un estallido, un ¡CRASH! contra la mesa de la historia reciente de España, dejando cicatrices que aún sangran tinta en los periódicos.

En 2018 llegó la Ley de Protección de Datos como un caballero medieval con armadura de cristal: prometía defender nuestra intimidad, pero se rompía en mil pedazos ante la primera mirada curiosa de las grandes tecnológicas. Al mismo tiempo, la ley del alquiler se plantó en las zonas tensionadas como un cancerbero gruñón: "¡Aquí no sube ni Dios!", gritó, mientras los caseros aullaban como lobos a la luna llena.

2019 fue breve, pero punzante: reformaron el Poder Judicial con la delicadeza de un elefante en una cristalería, y el "juicio inmediato" nació como un oxímoron viviente: justicia rápida que huele a prisa sospechosa.

2020, año de máscaras y miedo, parió el Ingreso Mínimo Vital: una madre protectora que abrazaba a los más pobres… pero con brazos tan burocráticos que muchos se ahogaron en papeles antes de llegar a su pecho. ¡Plop! Se hundían en formularios como en arenas movedizas.

Y entonces, ¡BUM! llegó 2021 con la Ley del "solo sí es sí", esa bella durmiente que besó al príncipe y se convirtió en dragón: rebajó penas a violadores como quien abre jaulas en un zoológico. El feminismo se partió en dos como una manzana envenenada: mitad celebración, mitad grito de horror. Paradoja cruel: la ley más progresista del siglo se convirtió en la mayor traición a las mujeres.

2022 fue un festival de paradojas y estruendos. La eutanasia se aprobó en silencio ensordecedor, como un oxímoron con bata blanca: matar para dar dignidad, morir para seguir viviendo en paz. La Ley de Memoria Democrática exhumó fantasmas con pala y pico, declarando ilegal lo que durante décadas fue legal, como si el tiempo pudiera correr hacia atrás. Y la reforma del "solo sí es sí" llegó tarde, como bomberos después del incendio, parchando una herida que ya supuraba pus político.

2023 trajo la Ley de Vivienda, ese minotauro burocrático que devora alquileres y escupe índices, mientras los jóvenes siguen viviendo en casas de sus padres como eternos adolescentes de 35 años. Y la ley trans, ¡zasca!, abrió las puertas del cambio de sexo con la misma facilidad con que se cambia de camisa, dejando a parte del feminismo gritando "¡herejía!" en medio de la catedral progresista.

2024 coronó la gran paradoja nacional: la Ley de Amnistía, esa dulcísima venganza, ese indulto disfrazado de reconciliación, ese "borrón y cuenta nueva" escrito con la sangre de la Constitución. Sánchez vendió su alma al diablo independentista y el diablo, sonriente, le dio las llaves de La Moncloa. El país se partió en dos: mitad aplaudiendo el "fin del conflicto", mitad rugiendo que era el fin del Estado de Derecho.

Y 2025, año en curso, apenas nos regala migajas: reformas judiciales que prometen eficiencia pero apestan a colapso, y mejoras en incapacidades que aumentan costes empresariales como quien infla un globo hasta hacerlo estallar.

Así, queridos compatriotas, España legisla como quien baila sobre un volcán: cada paso una hipérbole, cada ley una paradoja, cada aprobación un estruendo que retumba en Bruselas y un susurro que se pierde en las calles. Progresamos hacia atrás, sanamos hiriendo, unimos separando. Y mientras tanto, el Congreso sigue ahí, como un corazón hiperbólico que late demasiado fuerte para un país que ya está al borde del infarto.


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