Asturias, un paraíso que envejece en silencio
Asturias: un paraíso que envejece en silencio
viernes, 9 de enero de 2025
Asturias es, sin discusión, un paraíso natural. Un territorio privilegiado en paisaje, agua, clima templado, calidad ambiental y una cultura profundamente arraigada. Pero precisamente por eso, duele más constatar que su gente no esté tan bien como podría y debería. Algo falla cuando una tierra con tanto potencial parece resignada a una lenta pérdida de pulso. Quizá ha llegado el momento de que las políticas de mejora abandonen el exceso de ideología y se concentren, sin rodeos, en lo que de verdad importa a quienes viven aquí.La estructura demográfica es el primer gran aviso. Asturias es una comunidad vieja. Muy vieja. Cerca del 28 % de su población supera los 65 años, frente a un 20 % en el conjunto de España. Solo Galicia, Cantabria y Castilla y León presentan cifras similares. Y esto no es un dato neutro ni anecdótico: condiciona todo. Condiciona la actividad laboral, el crecimiento económico, el consumo, la innovación y, por supuesto, la natalidad. Una sociedad envejecida tiende a conservar, no a transformar; a resistir, no a expandirse.
La juventud escasea, y no porque Asturias no ofrezca calidad de vida, sino porque esa calidad está mal distribuida. Muchos jóvenes de esa “Asturias vaciada” se marchan buscando oportunidades que aquí no encuentran: empleo estable, proyección profesional, salarios competitivos. El resultado es una comunidad que no reemplaza generaciones, algo que sí ocurre en regiones receptoras de inmigración o con economías más dinámicas. La población infantil, ya es baja en toda España, pero en Asturias es aún más reducida, lo que anticipa un problema que no es coyuntural, sino estructural.
En términos económicos, Asturias se mueve en una renta per cápita media. No es una región pobre, pero tampoco una región fuerte. Solo Extremadura, Andalucía y Canarias se sitúan por debajo. Falta músculo competitivo, capacidad de atraer inversión, generar valor añadido y retener talento. No sorprende entonces que su contribución al PIB nacional sea apenas del 2 %, una cifra muy baja si se compara con una media nacional que ronda el 6 %. Y aquí conviene subrayarlo: Asturias pesa poco en el conjunto nacional más por demografía que por ineficiencia. No es tanto que haga mal las cosas, sino que hay poca gente haciéndolas.
El mercado laboral refleja con claridad esta paradoja. La tasa de actividad ronda el 52 %, una de las más bajas de España, frente a un 60 % nacional. El envejecimiento y las jubilaciones tempranas —históricas en Asturias— explican buena parte de este dato. Y, sin embargo, la tasa de paro es relativamente baja, alrededor del 8 %, frente al 10–11 % nacional. Parece una buena noticia, pero es engañosa: no hay menos paro porque se cree mucho empleo, sino porque hay menos gente buscando trabajo. Menos activos, menos presión, menos dinamismo.
La baja presencia de población extranjera refuerza este círculo. Asturias apenas recibe inmigración, y eso se traduce en menor rejuvenecimiento demográfico, menor movilidad laboral y escasa renovación social. Mientras otras regiones se oxigenan con nuevas energías humanas, Asturias permanece cerrada sobre sí misma, envejeciendo en silencio.
A todo ello se suma otro fenómeno, no exclusivo de Asturias pero muy visible aquí: la concentración urbana. El área central con Oviedo, Gijón y Avilés, concentra población y servicios, mientras amplias zonas rurales sufren despoblación, envejecimiento extremo y abandono progresivo. El territorio se vacía por dentro, perdiendo cohesión y futuro.
Y, sin embargo, conviene decirlo con claridad: Asturias no es una región pobre ni atrasada. Tiene un elevado nivel de bienestar social, servicios públicos sólidos y una cohesión comunitaria que muchas otras regiones ya han perdido. Pero suspende claramente en lo esencial para el futuro: una población excesivamente envejecida, escasa atracción para la inmigración, baja actividad laboral y un peso económico nacional muy reducido.
Comparada con España, Asturias funciona bien… pero se apaga lentamente. No por falta de recursos, sino por falta de impulso. Y ese impulso no vendrá de discursos, sino de políticas realistas, valientes y centradas en recuperar savia joven, actividad y horizonte.
Asturias se ha convertido en una tierra de oficinistas. Una administración autonómica hipertrofiada, costosísima y, sin embargo, esencial para mantener la cohesión de un territorio viejo y en fuga. Es la red que sostiene los servicios, pero también el ancla que frena cualquier impulso productivo, anclando la economía a la nómina pública. No es casualidad que ocupe el podio del funcionariado: veinte empleados públicos por cada mil asturianos, justo el doble que Madrid o Valencia, que cierra la lista con diez. Una grieta que define dos Españas.
Ese club de regiones abonadas al Estado —Extremadura, Asturias, Castilla y León, Galicia— comparte un mismo mal: población que se apaga, economía raquítica y una dependencia estructural de lo público. No es una desviación, es la lógica pura y dura de un bienestar asumido —sanidad, educación, servicios sociales— y una administración sobredimensionada. Una población clientelizada por ese sistema, mientras el denominador demográfico no deja de caer. Así, el ratio se dispara aunque los funcionarios sean los mismos en número o incluso aumentan.
Esa diferencia no es un dato técnico: es una losa presupuestaria. Para ofrecer lo mismo, Asturias debe dedicar una parte descomunal de sus fondos a sueldos públicos. Lo que sobra para inversión, para aligerar deuda o para bajar impuestos es migaja. Quien ignore esta cuenta —veinte por mil— habla desde la arena, no sobre tierra firme.
Porque ningún paraíso pervive si se queda sin quien lo habite.
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