La locomotora de vapor Mikado 141-2240 


miércoles, 25 de febrero de 2026




Ayer, paseando por Las Matas, un barrio perteneciente a Las Rozas, me encontré con este monstruo que veis en la imagen, y me impresionó.

Hay máquinas que no son solo hierro y tornillos. Son memoria, esfuerzo y una forma de entender la vida. La locomotora Mikado 141-2240 es una de esas. Ahora está en su merecido descanso en el Museo del Ferrocarril de Las Matas, en Las Rozas, como quien guarda un recuerdo importante que no quiere que se pierda. Es de las pocas que quedan, y verla es como asomarse a un tiempo en el que todo se hacía a base de fuerza, humo y paciencia.

Su nombre puede parecer frío —141-2240—, pero en realidad esconde su identidad. Ese “141” indica el tipo de locomotora que es, una Mikado, con una disposición de ruedas pensada para agarrarse bien a la vía y tirar de lo que hiciera falta. Y el 2240 es su número, como si fuera su DNI dentro de RENFE.

Y es que esta máquina impresiona. Mide unos 23 metros y pesa alrededor de 120 toneladas. No es un tren cualquiera, es casi un animal de acero. Y lo que más asombra es su potencia: 2.000 caballos (¡¡¡de vapor!!!). Para hacerse una idea, eso es mucho más de lo que tiene un coche normal y comparable al empuje de varios camiones juntos. Era, sin exagerar, una auténtica bestia. Una bestia noble, de esas que trabajaban sin descanso.

Mientras hoy hablamos del AVE, con sus miles de caballos y su tecnología silenciosa, aquellas locomotoras hacían el mismo trabajo con otro lenguaje: fuego, agua y vapor. Eran menos eficientes, sí, pero tenían algo casi humano, una respiración propia que se escuchaba en cada “puff”, en cada arranque.

Porque su funcionamiento era, en el fondo, sencillo y a la vez fascinante. En su interior, el agua se convertía en vapor a base de calor, primero con carbón y después con fuelóleo. Ese vapor, comprimido a gran presión, era la fuerza invisible que movía todo. Empujaba unos pistones, y esos pistones hacían girar las ruedas mediante un juego de bielas, como si la locomotora tuviera músculos de acero. Era como ver a un gigante avanzar paso a paso, con esfuerzo, pero sin rendirse.


Y ese esfuerzo fue clave en su momento. Estas máquinas llegaron en los años 50, en una España que intentaba levantarse tras aquella funesta Guerra Civil. El ferrocarril estaba envejecido, cansado, casi derrotado. Y la Mikado fue como un soplo de energía. Gracias a ellas se pudieron arrastrar trenes más largos, más pesados, cargados de carbón, de mineral, de vida en movimiento. Subían puertos de montaña sin ahogarse, acortaban distancias, ayudaban a que el país volviera a latir.

Fueron los verdaderos “caballos de batalla” de una época dura. Y, como ocurre tantas veces, cuando ya no hicieron falta, se apartaron en silencio. El vapor desapareció definitivamente en 1975, como se apaga una vieja chimenea cuando llega la calefacción moderna.

Hoy, la 141-2240 descansa sobre unos raíles, elevada como si aún estuviera lista para salir. Se puede subir a su cabina, tocar sus mandos, imaginar al

maquinista atento al camino, al ruido, al ritmo de la máquina. Y uno siente algo curioso: una mezcla de admiración y nostalgia, de progreso y pérdida.

Porque estas locomotoras eran, al mismo tiempo, duras y delicadas; primitivas y sofisticadas; ruidosas y casi vivas. Un oxímoron en movimiento.

Y quizá por eso, al verla, no solo vemos una máquina. Vemos un pedazo de historia que todavía respira, aunque ya no se mueva.

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