La sentencia, el odio y esa cosa nuestra de mirar para otro lado
El Tribunal Supremo fija criterio sobre la existencia de delito de odio por insultos racistas y por razón de ser inmigrantes
Confirma la condena impuesta por el TSJ de la Comunidad Valenciana
La sentencia, el odio y esa cosa nuestra de mirar para otro lado
viernes, 20 de febrero de 2026
El Tribunal Supremo acaba de hablar. Y no se anda con rodeos. Lo ha dicho claro: llamar “negro de mierda” a alguien por su color de piel, echarle en cara que no es español, postular que tú, por ser de aquí, mereces un trato distinto… eso no es un arrebato. Eso es delito de odio.
Y uno lee la sentencia y piensa: coño, pues sí. ¿Cómo no lo habíamos visto así desde siempre?
El caso es de traca. Un tipo, una máquina de tabaco que se traga un euro, un dueño de local que no tiene la culpa de nada. Y de repente, la ira busca un nombre, un rostro, un color. “Negro de mierda, te voy a matar”. Y cuando llega la policía, remata: “¿cómo me tratáis a mí, que soy español, y a este no?”.
Ahí está la clave. No es el euro. Nunca es el euro. Es la incomodidad de sentirse uno menos en un país que ya no es solo tuyo. Es la rabia de ver que el mundo cambia y tú no encuentras tu sitio. Y entonces, en lugar de mirarte el ombligo y preguntarte qué coño te pasa, señalas al otro. Al que tiene la piel distinta. Al que vino de fuera. Al que, en tu cabeza de medio pelo, sobra.
El Supremo, con una prosa que parece escrita por alguien que ha entendido de qué va esto, recuerda algo que a menudo olvidamos: el odio no es un sentimiento privado. Cuando se grita, cuando se humilla, cuando se dice “negro de mierda” en público, no se está insultando a una persona. Se está insultando a toda una comunidad. Se está diciendo: “vosotros no pintáis nada aquí”.
Y eso, en un país que presume de democracia y de convivencia, no puede tener cabida.
El condenado, por cierto, se lleva seis meses de cárcel, multa y tres años y medio sin poder trabajar con menores. Que es otra manera de decir: si eres así de ruin, no te queremos cerca de los que vienen detrás.
Pero la sentencia no es solo para él. Es para todos nosotros. Para cuando en una terraza, en un campo de fútbol, en una conversación de ascensor, alguien suelta una de esas frases que huelen a naftalina y a posguerra. Para cuando miramos hacia otro lado porque “total, es un calentón”.
El Supremo dice: no. No es un calentón. Es delito. Y punto.
Y luego está lo otro. Lo que más me duele. Ese “soy español y a ellos no” que el condenado le suelta a la policía. Porque ahí hay algo que va más allá del racismo. Hay una reivindicación identitaria cutre, de esas que pretenden construir una patria excluyendo al que no es como uno. Como si ser español fuera un carnet que te da derecho a menospreciar. Como si la dignidad dependiera del lugar de nacimiento.
Uno recuerda entonces aquello que decía mi abuela: “hijo, la educación no entiende de banderas”. Y mi abuela, que era más lista que el hambre, lo había entendido todo.
La sentencia, además, apunta a algo que me obsesiona: el odio no se manifiesta en privado. Por regla general, se hace público. Se grita en un bar, se corea en un estadio, se escribe en redes sociales. Porque el que odia no quiere solo herir a su víctima. Quiere que todos sepan que esa persona, por su color, por su origen, por su acento, merece ser odiada. Quiere normalizar la exclusión. Quiere que la barbarie parezca sentido común.
Y ahí estamos nosotros, a veces, sin darle importancia. Como si llamar “negro de mierda” a un futbolista fuera parte del espectáculo. Como si lo de “los inmigrantes nos quitan el trabajo” fuera una opinión respetable y no el caldo de cultivo de lo peor de nosotros mismos.
El Supremo no se calla. Dice: ojo, que esto no es libertad de expresión. Es la imposición de un pensamiento único por la vía del miedo y la humillación. Y en un país que se quiere democrático, eso no se tolera.
Me gusta de esta sentencia que no se queda en lo jurídico. Que se atreve a hablar de dignidad, de igualdad, de ese viejo sueño ilustrado de que todos los seres humanos nacen libres e iguales en derechos. Que recuerda que la Constitución, ese contrato viejo y a veces olvidado, no admite ciudadanos de primera y de segunda.
Y me gusta también, aunque suene raro, que el condenado sea uno cualquiera. Un tipo normal, de esos que podrían ser nuestro vecino, nuestro compañero de trabajo, nuestro cuñado en una comida familiar. Porque eso nos obliga a preguntarnos: ¿cuántas veces hemos callado? ¿Cuántas veces hemos escuchado una barbaridad y hemos mirado al techo?
El odio no viene con tambores. Llega en frases hechas, en bromas pesadas, en esa facilidad con la que a veces señalamos al que es distinto. Y cuando llega, si no lo paramos, se instala. Y cuando se instala, ya es tarde.
Esta sentencia es una buena noticia. No porque un señor vaya a la cárcel, que también, sino porque nos recuerda que hay líneas que no se cruzan. Que la dignidad no se negocia. Que el diferente no es un enemigo, es un espejo.
Posdata para el que todavía no lo entienda:
Si insultas por el color de la piel, si echas del barrio al que no nació aquí, si crees que ser español te da derecho a menospreciar… esto va contigo. El Supremo te está mirando. Y la historia, también.
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