CIUDADES

San Claudio, el barrio fantasma de Oviedo: Ruinas de porcelana, capiteles medievales y una guerra en su puerta

miércoles, 18 de marzo de 2026

Antigua Parroquia de Santa María de San Claudio

Había algo en el aire de San Claudio que sugería que el mundo no era una esfera, sino una de esas piezas de porcelana fina que, al romperse, revelan un abismo de siglos. Para un hombre como Gabriel Syme, aquel rincón a seis kilómetros de Oviedo no habría sido un simple mapa de coordenadas, sino un campo de batalla donde la eternidad y el caos jugaban una partida de ajedrez sobre un tablero de barro.

El Enigma de la Piedra y el Mono

"San Claudio", diría un detective de lo espiritual, "no es un barrio; es un testamento". Allí, donde el río Nora se desliza como una serpiente de plata, el tiempo se ha plegado sobre sí mismo.

 Hubo una vez un monasterio, allá por el año 1086, tan sólido como el dogma y tan antiguo como la culpa. La vieja iglesia románica no era un edificio, era una advertencia labrada en piedra.

Cualquiera que mirase sus capiteles —aquellos que ahora descansan en el Museo Arqueológico como prisioneros de guerra— sentiría un escalofrío puramente chestertoniano. Pues, ¿qué hace un mono comiendo uvas en el arco triunfal de Dios? Es la imagen misma de la anarquía: lo instintivo imitando lo sagrado sin comprenderlo. Y luego, esos dragones toscos, esas bestias del caos que aplastan cabezas humanas con la indiferencia de un aristócrata pisando un escarabajo. Era una teología para los que no sabían leer, pero que sabían perfectamente cómo se siente el peso del mal.

La Danza de las Sombras en la Frontera

Pero la historia, ese monstruo que prefiere la pólvora a la oración, decidió que San Claudio debía ser la vanguardia del infierno. En julio de 1936, la iglesia ardió. No fue un accidente; fue el fuego devorando la memoria. En marzo de 1937, la ermita se convirtió en un nombre de parte de guerra. El batallón republicano “Asturias 27” tomó la posición en media hora, pero la victoria tiene el rostro de la derrota cuando se cuenta por cientos de heridos y una ejecución sumaria bajo el cielo de marzo. San Claudio se convirtió en "tierra de nadie", ese extraño lugar donde el hombre deja de ser ciudadano para ser blanco de tiro.

La Parábola de la Porcelana Rota

Mientras el mundo se despedazaba, ocurrió un milagro de lo absurdo: la Fábrica de Loza permaneció intacta. Aquel palacio de arcilla, fundado en 1901 por Senén María Ceñal, producía belleza mientras la artillería producía cráteres. Era la segunda fábrica de España, un imperio de quince millones de piezas anuales donde la calcomanía bajo esmalte prometía que los dibujos "no se borrarían nunca". ¡Qué magnífica ironía! El dibujo no se borraba, pero la fábrica sí.La ruina de la fábrica de loza se agrava y «es un peligro para los jóvenes  que la okupan» | El Comercio: Diario de AsturiasFábrica de loza San Claudio - Gema Sánchez Fotografía

Hoy, la fábrica de 108 años es una ruina que se describe como un esqueleto de gigante olvidado en un jardín descuidado. Es un Bien de Interés Cultural que a nadie interesa proteger; un vertedero de neumáticos y grafitis donde la loza rota brilla bajo la luna como los dientes de un muerto. Los vecinos se quejan del olvido, sin entender que el olvido es la forma que tiene la ciudad de confesar su propia fragilidad.La fábrica de loza de San Claudio, a la espera de un comprador que nunca  llega - Noticias RTPA

FÁBRICA LOZA SAN CLAUDIO | Un basurero en pleno San Claudio: el peligroso  abandono de la fábrica de loza

San Claudio es hoy un fantasma de lo que fue. Se ha convertido en una zona residencial, un lugar de casas con jardín y vistas al campo, donde la gente vive sobre capas de cultura musteriense, capiteles medievales y esquirlas de metralla. Es un recordatorio de que somos, al mismo tiempo, la solidez de la sillería románica y la fragilidad de una taza de té.

Pero el destino, ese gran humorista que escribe recto con renglones torcidos, guardaba una última sorpresa para San Claudio. Pues ha ocurrido algo que solo podría pasar en una novela de espías teológicos: los restos de la fábrica de loza han ido a buscar asilo sagrado. En el antiguo monasterio de San Vicente, hoy convertido en Museo Arqueológico, se ha celebrado un rito de despedida bajo el nombre de “San Claudio. In memoriam”.

Allí, diecinueve artistas —caballeros de una orden mística de la creación— se reunieron para demostrar que, aunque la fábrica sea hoy un cadáver de ladrillo, su alma se ha mudado a un catálogo. Los platos rotos de la modernidad dialogando en el claustro con los capiteles medievales. Es el encuentro de dos eras que, al final, han descubierto que ambas están hechas de la misma arcilla y del mismo olvido.

Lo más asombroso es el catálogo mismo, una suerte de misal profano. Mientras los muros de San Claudio se desmoronan bajo el grafiti y la maleza, el Archivo Histórico de Asturias custodia, con el celo de un monje medieval, todos los papeles de la fábrica desde 1911. Es el "fantasma administrativo" de la loza: la fábrica física ha muerto, pero sus planos, sus cuentas y sus secretos permanecen intactos en cajas de cartón, como reliquias de un santo industrial.

Incluso el diseño de este libro de memorias es un símbolo. La portada rescata el logotipo de los años setenta, aquel diseño de Elías & Santamarina que una vez fue el estandarte de la elegancia en las mesas de medio mundo. Y los adornos gráficos no son caprichos del diseñador, sino que están extraídos del "plato de medidas", ese instrumento casi litúrgico que usaban los obreros para que las calcomanías no se torcieran.

San Claudio nos enseña, finalmente, una gran paradoja: nada es tan real como aquello que ya no sirve para nada. Mientras la fábrica producía diez mil platos al día, era solo un negocio; ahora que está en ruinas y que los artistas exponen sus visiones en un museo, se ha convertido en una leyenda.

La parroquia de San Claudio es hoy un lugar donde el Paleolítico, el Románico, la Guerra Civil y la industria de la loza se han mezclado en una misma taza de té... una taza que, aunque esté rota, brilla con una luz que los edificios nuevos y relucientes jamás podrán conocer. Porque, al final, el arte no es más que el intento del hombre de recoger los pedazos de lo que Dios, o el tiempo, han decidido romper.

Pero no se equivoquen, San Claudio no fue solo piedra y vapor. Fue, sobre todo, la mirada de un hombre llamado Luis Fumanal. Llegó en el 52, ocupando el puesto de un amigo cuyos ojos se apagaban por el glaucoma, como si el destino necesitara un par de ojos nuevos para imaginar el futuro de la loza.

Luis Fumanal Otazo (1924-1998), director artístico de la fábrica de loza de San Claudio durante el periodo de 1952-1989, consiguió poner a la fábrica ovetense a nivel europeo en la década de 1970, tanto por el diseño formal de vajillas y otras piezas de uso cotidiano, como por la variedad y riqueza de las técnicas decorativas empleadas.

Fumanal, que decía con sabiduría de profeta que 'tolo que nun ye tradición ye plaxu', convirtió la fábrica en un cónclave de genios: ceramistas ingleses y modelistas sevillanos que trabajaban el barro con la devoción de quien talla un altar. Bajo su mando, San Claudio no solo compitió con La Cartuja; la superó en el arte de lo invisible. Inventaron la decoración bajo esmalte, una suerte de tatuaje sagrado que garantizaba que las flores y los paisajes de los platos duraran para siempre, sobreviviendo incluso al cierre de la factoría en 2009.

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Hoy, mientras el dueño actual se lleva la producción a Marruecos y los muros de San Cloyo se rinden ante la maleza, ocurre algo maravilloso. En las salas del Museo de Bellas Artes, los bocetos a lápiz y guache de Fumanal se exponen como reliquias de una civilización perdida. Allí están los dibujos de flores y los platos para niños que algún día estuvieron en todas las mesas de Asturias.

San Claudio es, en fin, la prueba de que el hombre puede ser derrotado, la industria puede ser liquidada y los templos pueden ser quemados; pero mientras quede una sola taza con ese dibujo indestructible bajo el esmalte, la tradición seguirá burlándose del plagio y la belleza seguirá burlándose de la muerte."

Si te animas a caminar hoy por sus calles, verás el polideportivo y las nuevas casas, pero si aguzas el oído, quizá escuches aún la vihuela del capitel desaparecido o el crujido de la loza fina bajo el peso de la maleza. Porque San Claudio nos enseña que nada es más eterno que aquello que ha sido destruido dos veces.

















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