CINE

5 Goyas para la película Los Domingos, de la directora Alauda Ruíz de Azúa

 El velo que divide “Los Domingos”

martes, 3 de marzo de 2026

Ayer vi “Los Domingos”, la película de Alauda Ruíz de Azúa, y salí con una sensación un poco rara. No porque el tema no sea interesante —lo es— sino porque tengo la impresión de que han querido venderla como una gran película, casi como una obra imprescindible… cuando en realidad, para mí, se queda en algo bastante más normalito. Tirando a mediocre, si soy sincero. Y eso independientemente del guión.

La historia gira en torno a Ainara, una adolescente de Bilbao que, justo cuando debería estar pensando en la universidad, en amigos y en empezar su vida adulta, siente una llamada religiosa y se plantea entrar en un convento. A partir de ahí, la película se centra en la reacción de su familia. Cada uno representa una postura distinta frente a la fe en una España cada vez más secularizada. El conflicto no es tanto contra la Iglesia como dentro de casa: padres, hermanos, dudas, silencios, incomodidades.

La directora intenta tratar el tema con delicadeza, con respeto hacia quien piensa distinto. Y eso está bien. La película habla de aceptar que el otro no es como tú, de escuchar antes de juzgar, de entender que cada uno vive sus creencias —o su falta de ellas— desde un lugar muy personal. También insiste en que, al final, casi todo tiene que ver con una necesidad de amor, aunque cada cual la exprese de una manera distinta.

Hasta ahí, todo correcto. Pero a mí me faltó algo. Me dio la sensación de que todo estaba muy calculado para resultar “importante”: los silencios largos, las miradas contenidas, los conflictos suaves pero intensos… Como si quisiera ser profunda a toda costa. Y en ese empeño, a ratos se me hizo plana, fría, demasiado medida. No vi esa gran revolución emocional de la que tanto se ha hablado. Vi una película correcta, bien hecha, pero nada más.

Es verdad que evita el dramatismo exagerado que tantas veces vemos en el cine español. Eso se agradece. Pero una cosa es huir del exceso y otra quedarse sin alma. A mí no me llegó tanto como parece que ha llegado a otros.

Y, sin embargo, el reconocimiento ha sido enorme. Ganó la Concha de Oro en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián y obtuvo varios premios en los Premios Goya. En taquilla funcionó bastante bien para una producción española de presupuesto medio-alto, acercándose a los cuatro millones y medio de euros y rondando los 700.000 espectadores. No es un bombazo masivo, pero sí un éxito dentro de su liga.

Quizá ahí está parte del “boom”: premios, buenas críticas, boca a boca… y una especie de consenso que la coloca en un pedestal. Pero yo, qué queréis que os diga, no vi esa obra redonda que algunos proclaman. Vi una película digna, con buenas intenciones y momentos interesantes, pero lejos de esa categoría de “gran película” que se le ha querido dar.

A veces el ruido alrededor es más grande que la emoción que deja dentro. Y en mi caso, el ruido fue mayor que la huella.


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