FÁBULAS
Fábula: Cuando el mal encuentra premio
Hay fábulas que, aun escritas hace siglos, parecen un espejo incómodo del presente. Esta de Fedro, heredera del viejo pulso moral de Esopo, es una de ellas. Su mensaje es tan sencillo como inquietante: cuando el mal obtiene recompensa, no se detiene… se contagia.
La escena es casi grotesca: un hombre herido alimenta con su propia sangre al perro que le ha mordido. Cree curarse, pero en realidad está enviando un mensaje peligroso: morder sale rentable. Y ahí está la clave. No es el daño en sí lo que preocupa, sino el premio que puede venir después.
Si miramos a nuestro alrededor, no es difícil encontrar ecos de esta idea en la España actual.
Ahí tenemos, por ejemplo, los casos de corrupción política que, lejos de suponer un final de carrera, en ocasiones se diluyen en procesos eternos, indultos discutidos o incluso regresos discretos a la vida pública. El mensaje que queda flotando es ambiguo: no siempre pasa factura comportarse mal. Y eso, aunque no se diga en voz alta, lo percibe mucha gente.
Otro ámbito evidente es el de ciertas conductas incívicas cotidianas. El que se salta normas, el que defrauda pequeñas cantidades, el que se aprovecha de resquicios legales… y no solo no es sancionado, sino que a veces presume de “listo”. Ese tipo de éxito pequeño pero visible va calando. Al final, el honrado empieza a sentirse ingenuo.
También lo vemos en algunos espacios mediáticos, donde personajes que han construido su notoriedad sobre el escándalo, la mentira o la confrontación terminan ocupando minutos, portadas y contratos. No importa tanto lo que hacen, sino el ruido que generan. Y ese ruido, paradójicamente, se convierte en premio.
No se trata de caer en el pesimismo ni de decir que todo funciona así. No sería justo. Pero sí conviene reconocer que, cuando la sociedad no penaliza claramente determinadas conductas, o peor aún, cuando las convierte en trampolín, está enviando un mensaje muy parecido al de la fábula: adelante, muerde, que algo sacarás.
Y eso tiene consecuencias profundas, porque el comportamiento humano es, en gran medida, imitativo. Aprendemos más de lo que vemos que de lo que nos dicen. Si el éxito parece desligado de la ética, la ética empieza a parecer opcional.
Quizá la enseñanza más valiosa de esta pequeña historia no esté en condenar al “perro”, sino en revisar qué estamos alimentando entre todos. Porque a veces, sin darnos cuenta, no solo toleramos ciertas conductas…
las estamos premiando.
Comentarios
Publicar un comentario