POLÍTICA
El termómetro de la derecha ideológica en el mundo🌡️
El mapa de la derecha mundial 2026: libertarismo (Milei), trumpismo (Trump), nacional-conservadurismo (Meloni, Orbán) y la purga lepenizada de Abascal en Vox
domingo, 8 de marzo de 2026
Si alguna vez nos propusiéramos hacer un experimento curioso, algo así como poner un termómetro a las distintas ideologías que recorren el mundo, y decidiéramos medir la temperatura de eso que llamamos "derecha", el resultado sería un mapa fascinante. Porque no todas las derechas son iguales, ni queman con el mismo fuego, ni enfrían con el mismo hielo. Hay derechas de muchas maneras, y cada una tiene su propio color, su propia historia y su propia forma de entender el poder.
En lo más alto del termómetro, donde la temperatura ideológica alcanza su punto más álgido, encontraríamos a esa derecha que podríamos llamar nacional-conservadora liberal. Es una mezcla curiosa, casi una contradicción en los términos, porque lo nacional y lo liberal no siempre se llevan bien. Pero ahí están, en el podio, dos nombres que encarnan esa manera de entender la política: el húngaro Viktor Orbán, con su idea de la "democracia iliberal", ese experimento que lleva años dando que hablar en Europa; y el chileno José Antonio Kast, con su discurso firme, sus convicciones sin complejos y su manera de entender el orden y la tradición. Ellos dos, cada uno en su rincón del mundo, se llevarían la medalla de honor de esta derecha sin matices.
Justo detrás, pisándoles los talones, encontraríamos a otra familia: la derecha nacional-populista. Aquí la temperatura también es alta, pero el termómetro marca un grado menos de intensidad doctrinal y un grado más de llamada directa al pueblo, a la calle, a las tripas. En este grupo hay nombres que ya son familiares para cualquiera que mire las noticias. El estadounidense Donald Trump, con su "America First" y su manera de convertir la política en un espectáculo permanente. La francesa Marine Le Pen, que durante años ha intentado limpiar la imagen del Frente Nacional sin renunciar a lo esencial: Francia para los franceses. El español Santiago Abascal, con su discurso de unidad de España y su defensa sin complejos de la tradición. Y la italiana Giorgia Meloni, que ha conseguido lo que parecía imposible: llegar al poder sin disfrazarse de lo que no es, gobernando con esa mezcla de firmeza y pragmatismo que la caracteriza.
Si seguimos bajando en el termómetro, encontramos una derecha algo más templada. No es que haya renunciado a sus principios, pero los expresa con otros tonos, con otras maneras. Aquí estaría el PP clásico de toda la vida, ese partido que ha gobernado España durante años y que representa una derecha más institucional, más europeísta, más de traje y corbata que de mítines encendidos. Y muy cerca, casi al mismo nivel, el partido polaco Ley y Justicia (PiS), dirigido por Jarosław Kaczyński, con su mezcla de conservadurismo social, nacionalismo económico y esa manera tan polaca de entender Europa: desde dentro, pero con la mano en el freno.
Muy cerca de ellos, casi en el mismo escalón, aparece una figura que rompe todos los esquemas: el argentino Javier Milei. Y digo que rompe esquemas porque, si nos guiamos solo por el termómetro de las ideas, habría que colocarlo aquí, en esta zona templada. Pero Milei es un animal político difícil de clasificar. Porque en lo económico es un liberal radical, casi anarcocapitalista, de esos que quieren dinamitar el Estado desde sus cimientos. Pero en lo social y en lo cultural, su discurso tiene unos componentes que lo acercan a esa derecha más combativa. Está aquí, sí, pero como un invitado incómodo que no termina de encajar del todo en ninguna categoría.
Y si seguimos bajando, llegamos a una zona donde el termómetro ya marca una temperatura bastante más suave. Una derecha light, si se quiere, más centrada, más europeísta, más de consenso que de confrontación. Aquí encontraríamos al francés Emmanuel Macron, que en realidad siempre ha huido de las etiquetas, que se presenta como "ni de izquierdas ni de derechas", pero que en su gestión ha aplicado políticas claramente liberales y favorables a los mercados. Y también, en este mismo escalón pero ya casi en el desván de la historia, al antiguo partido Ciudadanos en España, ese proyecto que un día prometió regenerar la política desde el centro y que, entre bandazos y errores, acabó diluyéndose hasta casi desaparecer.
Así que ya ves: el termómetro de las derechas es un instrumento delicado. Porque no es lo mismo Orbán que Trump, ni Meloni que Macron, ni Milei que Kaczyński. Cada uno tiene su propia temperatura, su propia manera de encender el debate, su propia forma de entender el mundo. Y al final, lo que este recorrido nos enseña es que la derecha, como la izquierda, como cualquier familia política, es un universo diverso, lleno de matices, de contradicciones y de nombres propios. Un termómetro no deja de ser un artefacto simple para medir algo muy complejo: las ideas. Y las ideas, se sabe, nunca se dejan atrapar del todo.
En general, la política mundial se ha vuelto cada vez más compleja. Cuando hablamos de “la derecha” (y ahora vuelvo para analizar las distintas tendencias) solemos meter muchas cosas en el mismo saco, pero en realidad existen corrientes bastante distintas entre sí.
Hoy, dentro de ese amplio espacio político, conviven al menos tres grandes tendencias: la derecha libertaria, la derecha populista o nacional-populista y la derecha nacional-conservadora. Aunque a veces comparten discursos o alianzas, sus ideas sobre el Estado, la economía o la sociedad no son exactamente las mismas.
La derecha libertaria es quizá la más radical en su planteamiento sobre la libertad individual. Su idea central es sencilla: el individuo está por encima de cualquier estructura colectiva. Desde esta perspectiva, el Estado debería ser mínimo, reducido prácticamente a funciones básicas como la policía, los tribunales y la defensa nacional. En sus versiones más extremas incluso se propone algo parecido a un anarcocapitalismo, donde casi todos los servicios —incluidos algunos que hoy consideramos públicos— serían gestionados por el mercado.
En este modelo se defiende un mercado totalmente libre, con muy poca regulación, impuestos muy bajos o inexistentes y una protección absoluta de la propiedad privada. También se apuesta por amplias libertades personales y por limitar al máximo el papel paternalista del Estado. El objetivo no es la igualdad social, sino la igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades dentro de un mercado libre.
Esta visión choca con el conservadurismo tradicional, que suele aceptar un Estado activo para proteger valores morales o culturales. El libertario, en cambio, sostiene que si una conducta no perjudica a terceros, el Estado no debería intervenir, aunque personalmente pueda considerarla moralmente discutible.
El dirigente que hoy representa con mayor claridad esta corriente es el presidente argentino Javier Milei. Su discurso gira en torno a la reducción drástica del Estado, la libertad económica casi absoluta y una fuerte crítica al intervencionismo. Aunque en lo personal mantiene posiciones conservadoras en algunos temas, su planteamiento político coloca la libertad individual por encima de la tradición o del nacionalismo.
Muy diferente es el caso de Donald Trump, que encaja mejor en lo que se suele llamar derecha populista o nacional-populista. Aquí el Estado no desaparece; al contrario, se refuerza en ciertos ámbitos.
Trump defiende un Estado fuerte para proteger las fronteras, controlar la inmigración y favorecer los intereses nacionales bajo el lema “America First”. En economía no apuesta por un libre mercado absoluto, sino por medidas proteccionistas como aranceles o restricciones comerciales. Su discurso mezcla nacionalismo cultural, crítica a las élites y apelación directa al “pueblo” frente a las instituciones tradicionales.
En Europa encontramos otra variante: el nacional-conservadurismo. Un ejemplo claro es la primera ministra italiana Giorgia Meloni. Su política combina defensa de la nación, la familia tradicional y la identidad cultural con una economía de mercado, aunque aceptando un Estado fuerte en materia de orden público y valores sociales.
Meloni es crítica con el globalismo y con ciertas corrientes culturales contemporáneas, pero no pretende reducir el Estado al mínimo como haría un libertario.
Algo parecido ocurre con el primer ministro húngaro Viktor Orbán. Su modelo apuesta por un Estado fuerte que proteja la soberanía nacional, la identidad cristiana y el control de la inmigración. En lo económico combina mercado y cierto intervencionismo estatal. Desde la óptica libertaria, su planteamiento es casi lo contrario: prioriza la nación y la tradición por encima del individualismo radical.
En España, Santiago Abascal y su partido Vox se sitúan en una mezcla de nacional-populismo con elementos liberales en lo económico. El discurso del partido pone el acento en la unidad de España, el control migratorio, la lucha contra el separatismo y la defensa de valores tradicionales.
En economía suele hablar de bajar impuestos y reducir regulación, pero sin llegar al libertarismo extremo. La nación y la identidad cultural pesan más que la libertad individual absoluta.
Las tensiones internas en Vox
En los últimos meses el partido ha vivido además una fuerte reorganización interna. Desde 2025, y especialmente a comienzos de 2026, se han producido salidas, dimisiones y expulsiones de dirigentes históricos.
Uno de los casos más llamativos ha sido la expulsión del fundador Javier Ortega Smith, que durante años fue uno de los hombres más cercanos a Abascal.
También ha habido una crisis importante en la organización de Murcia, donde dimitió buena parte de la dirección regional y se abrió un conflicto con el dirigente José Ángel Antelo. Todo ello ha reforzado la impresión de que el partido está concentrando cada vez más poder en la dirección nacional.
Esta dinámica se suma a una evolución estratégica que muchos analistas describen como una “lepenización” del partido, en referencia al estilo político de Marine Le Pen.
La idea consiste en reforzar el discurso populista, dirigir mensajes hacia las clases trabajadoras y combinar el nacionalismo con críticas a las élites políticas.
Un cambio de rumbo
En realidad, lo que está ocurriendo no es tanto una “derechización” en el sentido clásico —acercarse a un conservadurismo moderado o liberal— como una radicalización populista.
El partido se está volviendo más centralizado, más personalista y menos tolerante con las discrepancias internas.
Al mismo tiempo, el discurso se orienta cada vez más hacia temas como la inmigración, la seguridad, la identidad nacional o el enfrentamiento con las élites políticas. En economía, el liberalismo clásico parece perder protagonismo frente a mensajes más dirigidos a captar voto popular.
En definitiva, el mapa de la derecha mundial muestra hoy una gran diversidad de corrientes. Desde el libertarismo radical de Milei hasta el nacional-conservadurismo europeo o el populismo nacional de Trump. Bajo una misma etiqueta conviven ideas muy distintas sobre el Estado, la economía y la sociedad.
Y esa diversidad explica por qué, incluso dentro del mismo espacio político, las tensiones y las diferencias siguen siendo tan visibles.
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