POLÍTICA
“Solo los ignorantes o los tontos se permiten la insensatez de no estar al corriente de la política que los afecta"
-Apolonio Molón
Hay frases que no buscan agradar, sino despertar. Frases que no acarician, sino que golpean suavemente la conciencia, como un aldabonazo en la puerta de la razón. La sentencia atribuida a Apolonio Molón pertenece a ese género incómodo de verdades que, al oírlas, obligan a detenerse un momento y pensar.
No es una frase diplomática ni pretende serlo. Está construida con una contundencia casi teatral: coloca frente al oyente una disyuntiva brusca y sin escapatoria. Según ella, solo dos tipos de personas pueden permitirse ignorar la política: los que no saben y los que no quieren saber. Dicho de otra manera, los ignorantes y los tontos.
La fuerza de la frase
La eficacia de esta sentencia reside en su simplicidad. Reduce la cuestión a una dicotomía directa y provocadora. Es una técnica retórica muy antigua: simplificar el mundo para sacudir al que escucha. Y en ese gesto hay algo profundamente humano, porque la política —aunque a veces la olvidemos— es una realidad que nos atraviesa a todos.
Las leyes que se aprueban, los impuestos que pagamos, la sanidad que recibimos, la educación de nuestros hijos, el precio de la energía o incluso la decisión de ir a una guerra… todo eso nace de decisiones políticas. Podemos ignorarlas, pero ellas no nos ignoran a nosotros.
Por eso suele decirse con cierta ironía que si uno no se interesa por la política, la política terminará interesándose por él. Y normalmente lo hará en forma de factura.
La vieja figura del “tonto”
La frase de Apolonio Molón introduce además una figura muy conocida en la cultura popular: el tonto. Pero conviene aclarar que no se refiere a una limitación intelectual, sino a una actitud frente al conocimiento.
El tonto, en sentido clásico, no es el que no sabe. Todos nacemos sin saber. El tonto es el que no sabe… y además está convencido de que sabe.
El refranero español, siempre tan agudo, lo ha retratado con una precisión casi científica:
“El tonto, si es callado, por cuerdo es reputado; si abre la boca, su tontería se nota.”
“No hay peor tonto que el que no quiere oír.”
Hay muchas variedades de esa especie humana.
Está el tonto útil, que trabaja para intereses ajenos creyendo que actúa por cuenta propia.
Está el tonto listo, que presume de inteligencia y por eso mismo se equivoca con más solemnidad que los demás.
Está el tonto integral, que mantiene una coherencia admirable en su torpeza.
Está el tonto con suerte, salvado una y otra vez por el azar.
Y existe incluso el tonto sabio, aquel que dice verdades profundas sin darse cuenta.
La literatura española ofreció uno de los retratos más entrañables en la figura de Sancho Panza, creado por Miguel de Cervantes. Sancho parece simple, pero a menudo termina siendo más sensato que su propio amo.
De hecho, quizá la mejor definición sea esta:
El inteligente duda, el sabio reflexiona… y el tonto lo tiene todo claro.
La tontería, a diferencia de la falta de conocimientos, es muchas veces una postura mental. Una especie de cerrazón frente a la realidad. Y como actitud podría corregirse con algo tan sencillo como la humildad intelectual: reconocer que uno no lo sabe todo.
Pero ahí aparece el problema: el tonto, por definición, rara vez sabe que lo es.
Los ignorantes… y los que no quieren saber
Junto a los tontos, la frase menciona a los ignorantes. Y aquí la palabra tiene otro matiz. No se refiere tanto a la incapacidad, sino a la renuncia voluntaria al conocimiento.
Ignorar la política no es una posición neutral. Es más bien una forma de delegar completamente el propio destino en manos de otros.
Quien no mira lo que ocurre en el espacio público acaba viviendo dentro de decisiones que nunca ha examinado. Y de alguna manera se convierte en un pasajero dentro de su propia sociedad.
En ese sentido, la advertencia de Apolonio Molón tiene un fondo muy claro: la ciudadanía exige un mínimo de atención. No hace falta ser experto en geopolítica ni leer tratados de economía, pero sí conservar una cierta conciencia de lo que ocurre alrededor.
Pero la realidad es más compleja
Ahora bien, como ocurre con casi todas las frases rotundas, esta también simplifica demasiado la realidad.
Hay personas que se alejan de la política no por ignorancia ni por torpeza, sino por fatiga. En nuestra época la información circula a una velocidad vertiginosa: noticias, debates, escándalos, opiniones, redes sociales… todo al mismo tiempo. La sobreinformación puede producir el efecto contrario al deseado: saturación.
Otros se apartan por desencanto. Tras años de promesas incumplidas, corrupción o enfrentamientos estériles, muchos ciudadanos sienten que la política se ha convertido en un espectáculo donde el ruido importa más que las soluciones.
Y existe también un factor que a menudo olvidan los analistas: el tiempo.
Quien trabaja doce horas al día para mantener a su familia tiene otras urgencias. Para esa persona, leer largos análisis políticos puede parecer un lujo reservado a quienes disponen de horas libres.
Su distancia no nace de la estupidez, sino de la necesidad.
La política que no sale en los telediarios
Además, hay otra forma de política que raramente aparece en los titulares.
Cuando una comunidad de vecinos se organiza para mejorar su edificio, cuando unos padres reclaman mejoras en el colegio de sus hijos o cuando un agricultor sigue de cerca las ayudas de la PAC, ahí también hay política.
No es la política de los parlamentos ni de los debates televisivos, pero es la política real: la gestión de lo común.
Y muchas personas participan activamente en ese nivel cercano aunque desconfíen profundamente de la política partidista.
Una verdad incómoda… pero incompleta
La frase de Apolonio Molón funciona como un eslogan cívico: sacude al ciudadano y le recuerda que vivir en sociedad implica responsabilidad.
En su núcleo tiene razón. La política nos afecta queramos o no. Y quien se desentiende completamente de ella corre el riesgo de que otros decidan por él.
Pero también es cierto que la realidad humana es más matizada. El cansancio, la desinformación, la lucha diaria por sobrevivir o el desencanto pueden explicar por qué muchos ciudadanos se apartan del debate público.
Quizá por eso la idea podría reformularse de una manera menos agresiva y más precisa:
Quien renuncia por completo a interesarse por la cosa pública termina convirtiéndose, sin darse cuenta, en rehén de las decisiones que otros toman por él.
Una reflexión desde el presente
Si uno observa la historia, descubre que las sociedades más sanas no son las que tienen ciudadanos permanentemente enfadados con la política, pero tampoco las que viven completamente ajenas a ella.
Las sociedades maduras son aquellas donde la gente mantiene una vigilancia tranquila sobre el poder. No una obsesión constante, pero sí una conciencia crítica.
Porque la política, en el fondo, no es más que la administración de la vida común.
Y cuando los ciudadanos dejan de mirar, el poder —como el agua— siempre encuentra el modo de ocupar el espacio vacío.
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