POLÍTICA/SOCIEDAD/REFLEXIONES
La tribu en el Whatsapp: cuando la política divide la mesa
"Todo sucedió en el grupo de WhatsApp de primos, uno de esos espacios virtuales donde la familia finge seguir siendo tribu: un rincón digital donde todos sabemos, por instinto ancestral, qué temas es mejor no tocar. La mañana empezó tranquila, casi doméstica. Compartí un artículo que acababa de escribir y las reacciones fueron armoniosas: emojis de aplauso, algún “¡muy bueno!” y el habitual “cuando lo leo te cuento”.
La calma duró apenas unos minutos. Un primo, con la naturalidad de quien comenta el tiempo, soltó que, por desgracia, en la zona de la que hablaba mi texto abundaban los “okupas”. La palabra cayó como una piedra en un estanque quieto. Otro respondió de inmediato, con un ataque más afilado, metiendo la política de por medio como quien saca un cuchillo en la mesa. Alguno más se sumó, cada uno con su dosis de veneno propio o con la bandera blanca de la paz. La charla se desvirtuó por completo: los mensajes se encadenaban cada vez más rápidos, más cortantes, rozando —y a veces cruzando— lo insultante.
Al final, el administrador (otro primo, cansado de arbitrar batallas que nunca pidió) cortó por lo sano. Borró todos los mensajes relacionados con mi publicación, como quien limpia una escena del crimen antes de que llegue la policía. El grupo volvió al silencio artificial de los stickers, las fotos de bebés y los corazones rojos. Pero algo había quedado roto.
Yo, que esa mañana solo quería compartir un texto, me convertí sin proponérmelo en testigo y partícipe de un ritual antiguo con ropaje nuevo: la guerra civil en miniatura que las ideologías políticas desatan hoy en los lugares más inesperados. Porque lo que presencié y me vi involucrado no fue una simple discusión. Fue la prueba de que las creencias políticas han dejado de ser opiniones para convertirse en identidades sagradas, capaces de envenenar la sangre compartida y el afecto de toda una vida”.
Y esa es precisamente la prueba más cruda de que hemos perdido algo esencial. Ya no estamos preparados —o quizá nunca lo estuvimos del todo— para poner las ideologías políticas sobre la mesa como quien dispone cubiertos y copas: con calma, con distancia, con la posibilidad real de que el otro tenga razón en algo. Aquel espíritu de la Transición, que pedía a gritos pasar página para seguir avanzando, se quedó en eso: en espíritu, en estos tiempos que corren.
Ahora el diálogo ha sido sustituido por otra cosa. Ya no se conversa; se arma. En cuanto aparece la primera bandera —azul o verde, izquierda o derecha, progresista o conservadora—, los comensales sacan las pistolas metafóricas y las dejan sobre el mantel, al lado del pan y el vino. Lo que comienza como un tanteo inocente, un simple “yo creo que…”, se transforma en cuestión de segundos en una batalla campal. Los modales se evaporan. Las formas del saber estar —esa antigua cortesía familiar que permitía disentir sin destruir— se rompen como cristales bajo las botas.
Se grita, se interrumpe, se acusa, se ridiculiza. Se pasa del argumento al insulto con la velocidad de quien ya no discute ideas, sino que defiende su propia piel. Porque eso es lo que hemos convertido a las ideologías: en una segunda piel, en una identidad sagrada e intocable. Ya no se trata de preferir el azul o el verde. Se trata de que el azul se ha vuelto sinónimo de decencia, de inteligencia, de moral superior; y el verde, de traición, de estupidez o de barbarie. O al revés, según desde qué lado de la mesa se mire.
El primo que antes te prestaba la moto ahora te llama “fascista” por discrepar en un punto de inmigración. La tía que te cuidaba de niño te mira con decepción profunda porque votaste “al otro lado”. El amigo de toda la vida, con quien compartiste cervezas y confidencias durante años, te bloquea en redes porque publicaste un artículo que, según él, “blanquea” posiciones inadmisibles.
Lo terrible no es solo la violencia de las palabras. Es la naturalidad con la que aparece. Como si siempre hubiera estado ahí, latente, esperando el detonante correcto. Las ideologías han dejado de ser herramientas para pensar el mundo y se han transformado en tótems tribales: banderas que se izan para reconocer a los propios y expulsar a los impuros. Y en esa dinámica, la familia —ese último reducto donde supuestamente el amor precede a la opinión— se convierte en el campo de batalla más doloroso. Porque duele infinitamente más perder a un primo que a un desconocido en las redes.
Hemos llegado a un punto en el que disentir ya no es un ejercicio intelectual, sino un acto de traición personal. Y así, poco a poco, los grupos de WhatsApp se vacían de voces discordantes, las mesas de Navidad se vuelven más silenciosas o más explosivas, y las reuniones de amigos se reducen a aquellos que piensan exactamente igual. La tribu se purifica. Pero al precio de quedarse más sola, más pobre, más ciega.
Haciendo retrospectiva, hubo un tiempo —no tan lejano— en que la política era solo una idea. Algo que se podía sostener en la mano como un libro, hojear, discutir, dejar a un lado y volver a la mesa familiar sin que nadie te mirara como a un extraño. Se podía ser de izquierdas el lunes y dudar el martes sin que eso definiera quién eras. Era un traje que te ponías para salir al mundo y te quitabas al llegar a casa.
Ya no.
Ahora la política se ha convertido en identidad. En carne y hueso. En el primer rasgo que se menciona cuando alguien te presenta: «Es de los míos» o «Es de los otros». Ya no se dice «piensa diferente»; se dice «es diferente». El azul o el verde ya no son colores de un partido; son marcas en la frente, tatuajes invisibles que determinan con quién puedes compartir el pan y con quién no.
Lo observo en cada grupo, en cada cena, en cada silencio que se instala cuando alguien menciona «el tema». El primo que antes era solo «el que juega al fútbol» ahora es «el de derechas». La prima que estudiaba psicología es ahora «la progre». Y yo, que solo quería escribir un artículo, me convierto automáticamente en «el que piensa eso». La identidad política lo absorbe todo: la profesión, la edad, la forma de vestir, hasta el humor. Se convierte en el filtro a través del cual se lee cada palabra, cada gesto, cada silencio.
Es un proceso casi religioso. Como si las ideologías hubieran ocupado el lugar que antes tenía la fe. Antes uno podía creer en Dios y seguir queriendo al vecino ateo. Hoy, creer en un modelo económico o en una ley de inmigración es un acto de fe que exige conversión total o excomunión. No basta con discrepar; hay que arrepentirse. No basta con tener otra opinión; hay que ser otro. Y si no lo eres, eres el enemigo. El traidor. El que ya no pertenece a la tribu.
Lo veo en los rituales diarios. El perfil de WhatsApp que cambia de foto por una bandera. El tuit que se comparte sin leerlo entero, solo porque lleva el sello correcto. La camiseta que se pone para ir a la manifestación y que luego no se quita ni para cenar en familia. Son señales tribales, como los tatuajes de las bandas o los collares de cuentas de las tribus ancestrales. Sirven para reconocerse a distancia y para expulsar al que no lleva el símbolo.
Y aquí está lo más doloroso, visto desde mi propia piel: esta transformación no es abstracta. Duele en lo concreto. El amigo con el que jugaba a la PlayStation desde los doce años ahora me mira con desconfianza porque publiqué algo que, según su nueva identidad, me coloca en el bando equivocado. La tía que me regalaba libros de pequeño ahora evita mis mensajes porque mi forma de ver el mundo ya no encaja en la suya. Ya no somos personas que pensamos distinto; somos identidades que se repelen. Como imanes con polos opuestos que, en lugar de atraerse, se empujan hasta romper el lazo que los unía.
La política como idea permitía el debate. La política como identidad solo permite la guerra. O la rendición. O el silencio. Y el silencio, en una familia, es la forma más silenciosa de muerte.
Por eso el grupo de WhatsApp de mis primos ya no es un espacio familiar abierto, no cuando se habla de política, cuando se habla de política identitaria, un campo minado donde cada mensaje es un paso en falso. Donde lo que antes era conversación ahora es territorio que hay que defender o conquistar. Donde el azul y el verde, o rojo y amarillo, ya no son preferencias: son uniformes de combate. Y en esa batalla, todos perdemos (o ganamos, si se obvia la política) algo irreparable: la posibilidad de seguir siendo, simplemente, familia.
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