REFLEXIONES
Por qué la intimidad feminizada apaga el deseo
Cuando la intimidad lo ocupa todo… y el deseo se queda sin aire
Llevo unos días leyendo el libro Inteligencia erótica, de Esther Perel y, sinceramente, me está obligando a replantear muchas ideas que daba por hechas sobre la pareja.
Una de las cosas que más me ha llamado la atención es eso que algunos llaman la “feminización de la intimidad”. Dicho en palabras sencillas: hoy entendemos una buena relación como aquella en la que se habla mucho, se comparten emociones, se explican los sentimientos y se busca una conexión constante.
Esto no siempre fue así. Antes, las parejas funcionaban más desde lo práctico: sacar la vida adelante, apoyarse, cumplir con los roles que tocaban. No es que fuera mejor ni peor, era distinto.
Hoy, en cambio, parece que si no hablamos de todo, si no lo contamos todo, si no estamos emocionalmente disponibles a cada momento… algo falla.
Y aquí aparece el primer problema.
La intimidad que lo llena todo
Hemos convertido la relación en una especie de espacio terapéutico permanente: hablar, explicar, analizar, entender. Todo muy correcto, muy razonable… pero también, a veces, demasiado ordenado. Y esto tiene consecuencias curiosas.
Por un lado, muchos hombres se sienten incómodos en ese terreno. No porque no tengan emociones, sino porque no siempre las expresan hablando. Su forma de conectar puede ser otra: hacer cosas juntos, el humor, el contacto físico, el sexo.
Por otro lado, muchas mujeres acaban cargando con el peso emocional de la relación: son las que inician conversaciones, las que tiran del hilo, las que intentan “arreglar” lo que no funciona.
Y entre unos y otros, sin darnos cuenta, la relación se convierte en algo serio, gestionado… casi como si hubiera que llevarla bien organizada.
Y entonces aparece la paradoja
Aquí es donde Esther Perel pone el dedo en la llaga. Dice algo tan simple como incómodo: El amor y el deseo no juegan al mismo juego. El amor quiere: cercanía, seguridad, previsibilidad, confianza; mientras el deseo necesita: distancia, misterio, sorpresa y cierta incertidumbre. El amor acerca. El deseo necesita que haya algo de separación. Y claro, si lo compartimos todo, si lo sabemos todo, si lo explicamos todo… el misterio desaparece.
Cuando el exceso de intimidad enfría la pasión
Sigo leyendo el libro y Perel plantea una idea que, al principio, cuesta aceptar: demasiada intimidad puede apagar el deseo. No porque la intimidad sea mala —todo lo contrario—, sino porque, llevada al extremo, deja sin espacio a lo imprevisible. Es como si quisiéramos que la misma persona fuera nuestro mejor amigo, nuestro confidente, nuestro apoyo emocional y, además, nuestro amante apasionado. Demasiadas funciones para una sola relación.
Y al final, lo que ocurre es que la relación funciona… pero la chispa se va apagando poco a poco hasta que con los años no hay asomo de chipa, ni se le espera.
El error de pensar que “hablarlo todo” lo arregla todo
Otra idea interesante del libro y me parece muy acertada, es la crítica a esa obsesión moderna por la comunicación. Nos han convencido siempre de que: si algo no funciona, hay que hablarlo más. Y no siempre es así. Hay cosas que no se explican, se sienten, no se analizan, se viven o no se negocian, aparecen.
El deseo muchas veces no pasa por la palabra, sino por la mirada, el gesto, la tensión, lo que no se dice.
El deseo necesita aire
Hay una imagen muy sencilla que resume todo esto: el fuego necesita aire. Si lo encerramos demasiado, se apaga. Y eso es lo que puede pasar en muchas parejas: se cuida tanto la relación, se protege tanto, se habla tanto…que sin querer se le quita el oxígeno.
Y algo muy interesante que propone la terapeuta es que no se trata de volver atrás ni de romper la relación, se trata de algo más sutil como es el aprender a convivir con dos necesidades distintas: la seguridad del amor y la libertad del deseo. Y para eso propone algo que me parece muy sensato: Mantener un pequeño espacio propio que no tiene por qué compartirse, y seguir siendo, en parte, un misterio. El mirar al otro como si no lo conociéramos del todo, y romper la idea de que “ya lo sabemos todo”. Y, super importante, entender que el amor y el deseo no funcionan igual. Lo que va bien para la convivencia…no siempre enciende la pasión.
Quizá lo más provocador de todo es esto, por lo menos a mi me lo parece, es que el deseo no siempre es “correcto”, no es lógico, no es equilibrado, no es justo. Es más bien impulsivo, imaginativo y, a veces, contradictorio. Y por eso, cuando intentamos meterlo dentro de normas demasiado racionales…
pierde fuerza.
La reflexión que me deja este libro es bastante clara: Pienso que hemos mejorado mucho en cómo nos queremos, pero quizá hemos complicado demasiado cómo nos deseamos. Y la clave, como casi siempre, no está en elegir una cosa u otra, sino en encontrar un equilibrio que no apague ninguna de las dos.
Porque una pareja puede funcionar perfectamente…y sin embargo, haberse quedado sin chispa sin saber muy bien por qué.
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