FÁBULAS Y CUENTOS
Fábula de la vieja y el ánfora: Cuando los restos hablan de lo que fuimos
“Una vieja vio tirada en el suelo un ánfora seca que, todavía con pocos falernos (del Falerno, región de la Campania muy famosa por sus vinos), esparcía a gran distancia desde su noble embocadura un delicioso aroma. Después que, ávida, lo aspiró con toda su nariz, dijo:
-¡Oh suave aroma! ¿Cuán bueno voy a decir que tú has sido antes cuando tales son tus restos? Quién me conozca dirá a qué se refiere esto”.
Fedro
Hay fábulas breves que ocupan pocas líneas, pero contienen dentro una verdad enorme. Esta de Fedro es una de ellas. En apariencia, apenas sucede nada: una anciana encuentra en el suelo un ánfora seca, vacía ya de vino, pero todavía impregnada de un aroma exquisito. Ella acerca la nariz, respira con avidez aquel perfume que aún sobrevive y exclama con admiración: si así huelen los restos, cómo sería lo que hubo dentro.
Y ahí termina el cuento. Pero ahí empieza también la reflexión.
Porque esa ánfora no habla solo de vino. Habla de la vida. Habla de las personas. Habla del tiempo y de lo que queda cuando ya pasó lo mejor, o lo más brillante, o lo más visible.
Vivimos en una época obsesionada con la apariencia fresca, con lo nuevo, con lo joven, con lo recién salido del horno. Se valora lo que reluce ahora, lo que impacta, lo que hace ruido. Sin embargo, esta vieja fábula nos recuerda algo más profundo: lo auténticamente valioso deja huella incluso después de haber desaparecido.
Hay personas mayores que ya no tienen la fuerza de antes, quizá tampoco la belleza externa que un día tuvieron, ni la rapidez, ni el brillo social. Pero conservan algo mejor: el aroma de lo vivido. En una mirada serena, en una palabra justa, en una educación natural, en una inteligencia templada por los años, uno adivina que allí hubo calidad humana de la buena.
Como ocurre con ciertos muebles antiguos, ciertas casas nobles o ciertos libros gastados por el uso, hay seres humanos que envejecen conservando una dignidad que perfuma el ambiente.
También sucede lo contrario. Hay recipientes muy brillantes por fuera que, cuando se vacían, no dejan nada. Ni recuerdo, ni aroma, ni enseñanza. Mucha etiqueta y poco contenido. Mucho escaparate y escasa sustancia.
La anciana de la fábula quizá también representa a quien mira atrás con nostalgia. Todos, al llegar a cierta edad, olemos de vez en cuando el ánfora de nuestra propia vida. Un lugar donde fuimos felices, un amor antiguo, una etapa intensa, una juventud que pasó. No queda el vino, pero queda la fragancia del recuerdo.
Y eso tiene algo triste, sí, pero también hermoso. Porque significa que no todo se pierde. Algo permanece siempre: lo que hemos amado de verdad, lo que dimos, lo que aprendimos, lo que sembramos en otros.
Fedro remata diciendo: “Quien me conozca dirá a qué se refiere esto”. Tal vez hablaba de sí mismo. Ya mayor, quizá intuía que su fuerza no era la misma, pero confiaba en que aún quedaba el perfume de su talento.
No es mala enseñanza para nuestro tiempo.
Hay edades que ya no deslumbran, pero iluminan.
Hay cuerpos cansados que aún guardan grandeza.
Hay vidas aparentemente gastadas que todavía desprenden nobleza al acercarse.
Y quizá el verdadero valor de una persona se conoce precisamente así: cuando ya pasó el ruido, cuando ya no queda casi nada exterior... y, sin embargo, todavía permanece el aroma.
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