FÁBULAS Y CUENTOS
Fábula: Un pollo a una perla
“En un estercolero un pollo de gallina, mientras buscaba alimento, se encontró una perla. -¡Oh tú, cuán gran riqueza estás tirada en este indigno lugar! -dijo- . Si alguien, deseoso de tu valor, te hubiera visto aquí, hace ya tiempo que hubieras vuelto a tu antiguo esplendor. El hecho de haberte encontrado yo, para quien es mucho más importante el alimento, en nada nos puede aprovechar ni a ti ni a mi. Les cuento esto a quienes no me entienden”
Fedro
Hay historias antiguas que no envejecen, porque aunque cambien los siglos, los hombres seguimos tropezando con las mismas miserias. Esta del pollo y la perla parece sencilla, casi humilde, pero encierra una verdad que hoy sigue caminando por nuestras calles, nuestras casas y hasta por las pantallas donde tantos pasan la vida mirando sin ver.
Cuenta la fábula que un pollo, escarbando en un estercolero, buscaba algo tan elemental como alimento. No ansiaba tesoros, ni gloria, ni joyas de Oriente. Solo un grano con el que engañar al hambre. Y entre la suciedad, la paja húmeda y el barro, apareció de pronto una perla. Blanca, perfecta, luminosa. Un objeto precioso caído en el peor de los lugares.
El pollo la miró y, lejos de burlarse, reconoció su valor.
—¡Oh, cuánta riqueza perdida en sitio tan indigno! Si un hombre entendido te hubiera hallado, ya estarías adornando un cuello noble o guardada en terciopelo. Pero yo necesito comida, no belleza. Nada puedes darme, ni yo a ti.
Y la dejó caer de nuevo entre la inmundicia.
He aquí la grandeza de la fábula: el pollo no era idiota. Sabía que aquello valía mucho. Pero su hambre mandaba más que la belleza. Su necesidad inmediata pesaba más que el valor profundo. Y eso, amigos míos, ocurre hoy a cada instante.
Sucede cuando alguien desprecia un buen libro porque “es largo” y prefiere tres horas de vídeos vacíos que al día siguiente no recordará. La perla estaba en la estantería, pero el pollo necesitaba entretenimiento rápido.
Sucede cuando se ridiculiza a un profesor sabio, a un científico serio o a una persona culta, mientras se aplaude al charlatán gritón que habla mucho y dice nada. La perla habla bajo; el estercolero hace ruido.
Sucede cuando una ciudad abandona sus bibliotecas y llena todo de apuestas, consumo rápido y ocio sin alma. Se cambia el alimento del espíritu por el picoteo instantáneo.
Sucede también en política, cuando se rechaza a quien propone reformas difíciles pero necesarias, y se vota al vendedor de promesas fáciles, eslóganes simples y caramelos electorales. La perla exige reflexión; el grano falso entra mejor por el pico.
Y qué decir de las redes sociales, donde tantas veces una reflexión inteligente pasa desapercibida mientras triunfa el escándalo, la bronca, la banalidad o el exhibicionismo. Nunca hubo tantos pollos juntos alrededor del mismo estercolero digital.
Pero no conviene juzgar demasiado deprisa al pobre animal. El pollo representa también una verdad incómoda: quien tiene hambre difícilmente aprecia un collar. Quien no llega a fin de mes quizá no puede detenerse en filosofía.
Quien vive angustiado por sobrevivir piensa antes en pan que en poesía. Y eso es profundamente humano.
Por eso esta fábula tiene doble filo. Critica al vulgar que desprecia lo valioso por simpleza, sí. Pero también nos recuerda que una sociedad injusta produce millones de personas demasiado ocupadas sobreviviendo como para detenerse ante las perlas de la vida.
El ideal sería otro: tener pan suficiente para no vivir obsesionados con el grano, y educación bastante para reconocer la perla cuando aparezca.
Porque la vida nos pone delante muchas perlas: una conversación profunda, una amistad verdadera, una obra de arte, una idea brillante, una persona noble, una oportunidad de crecer interiormente. Y sin embargo, cuántas veces seguimos escarbando donde siempre, entre lo urgente, lo vulgar y lo inmediato.
Tal vez la gran pregunta no sea si existen perlas.
La gran pregunta es si seguimos viviendo como pollos.
Comentarios
Publicar un comentario